Cuento. Por Leonardo Cofré

La vio salir desnuda del baño y vestirse frente a él prenda a prenda.

Residencia

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


Por Leonardo Cofré

El centro de acreditación no quedaba muy lejos, el subte lo resolvía en un nada de tiempo. Una buena perspectiva si se tiene en cuenta el avión, papeles inmigración y el tienda León al hotel.

Urgía dejar las valijas y asegurarse de cumplir el trámite pronto; era conocido y no ofrecía dificultad.

Presentar documentación y bajar por las escaleras mecánicas, con el cartón asegurado. La idea era acceder a la apertura luego del almuerzo de bienvenida junto con las delegaciones sin las habituales dificultades que se presentan en países como estos, caóticos y poco afectos a la organización, pensó. Recordó cuando le tocó cubrir la gira del director ruso Kirill Petrenko y la filarmónica de San Petersburgo y una sonrisa complaciente se le descolgó de la cara.

En el molinete un petite incidente, a ella se le trabó el pase, él puso su tarjeta y ella pasó. Estaba habituado a repentizar soluciones. Había dos asientos libres, y ya sentados examinaron credenciales en idéntico acto. Siempre pensó cuál de todas ellas era la de la foto., Examinó mentalmente su catálogo y supo bien quién era esa. “Tengo que cambiarla”, se prometió. Le costaba descifrar y peor aún pronunciar el español. El año de nacimiento delataba unos 34 años, leyó bailarina en negritas y le pareció decirlo bien. Él en un movimiento calcado examinó el plastificado, un borde no estaba bien, intentó alisarlo. Fotógrafo era lo más destacado; no chequeó las fechas, se sabía de sobra sus cincuenta. Solo detuvo sus ojos en el nivel de acceso. “Free pass”, leyó y respiró alivio.

En el viaje ella sacó unas pastillitas rosas acorazonadas y le ofreció. Aceptó. Le pareció haberlas probado en algún país del este europeo.

San Martín, sí, esa era la estación en la que los dos sabían que debían descender. Ella pasó y encaró la salida, él la siguió mientras calculaba el cambio del dólar Le eran más fáciles los cálculos para mezclar químicos y hacer el líquido del revelador en su laboratorio de estudiante. Y se resignó – no le salían las cuentas-, fastidiado.

Con mecánicos pasos hicieron las dos cuadras hasta el hotel. Ya en el lobby él pidió las llaves, ella sus valijas que aún no habían subido al cuarto. Entonces él oyó claro al conserje: Erika Froides. El ascensor estaba del otro lado del hall. Esquivó un contingente de brasileños y llegó. Ella lo siguió muy cerca, casi pegada. Subieron en silencio. Él insertó su tarjeta, sintió que ella estaba detrás, la puerta cedió sin más. Entraron, ella dejó abrigo y cartera en la cama y se apresuró con un “me voy a bañar y comemos”. Asintió él. Con ella ya en la ducha pensó en todo lo que debía hacer, repasó nuevamente su rutina, y sobre todo no olvidar enviar las fotos antes de las 21, y contar las horas de diferencia para que llegaran antes del cierre de la edición del diario. No pudo eludir la idea de que su cara tenía algo que lo perturbaba y atraía a la vez. Oyó cerrar la ducha, tomó el bolso ya ordenado, sus dos cámaras y un juego de lentes. La vio salir desnuda del baño y vestirse frente a él prenda a prenda. Advirtió un cuerpo joven, de nena casi, piel cetrina que contrastaba con el color de su abundante cabello, los ojos en la penumbra aun brillaban.

―Conozco un restaurante que está cerca y es confiable- dijo él.
―Yo no conozco nada– dijo Erika y fueron..

Los días transcurrieron con jornadas largas, agotadoras. A veces coincidían en alguno de los tantos eventos programados. Otros días se veían en la cena y caían en la cama con un cansancio de bueyes. De los tres días, solo dos veces tuvieron sexo. Cada uno respondía a los estímulos del otro como si fueran ejercicios largamente repetidos y caían exhaustos. Hablaron de libros, cine y revistas femeninas, a ambos los perdía el género. Atronaron el cuarto con sus bandas favoritas, Los Sexs, The Who, Bjork, The Residents., El punk inglés ganaba repeats. La única discusión la tuvieron por la Fura Dels Baus y Nick Cave.

Una noche se perdieron en el barrio chino, fumados ya estallaban entre risas y besos, al decir de ella, brujos. Él intento fotografiarla pero fue una empresa imposible de acometer.

Se despidieron en Ezeiza. Un largo beso fue el final. Cierto es que nunca se habían visto ni se conocían. Ignoraban sus ciudades de origen, sus números telefónicos, si eran casados, si perpetraron hijos. Ignoraban edades y sueños. Sí sabían que nunca se prometieron futuro.

  • Facebook
  • Google Plus