Cuentos con Historia

En ese momento ella comprendió profundamente lo que el viejo caudillo había sentido

El presidente que no fue

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


Otra vez la misma sensación terrible, después de tantos años: la de estar sumergido en medio del río tratando de dilucidar dónde era arriba y dónde era abajo, y el brazo fantasma le volvió a quemar. En el ‘bunker’ muchos lloraban; su mujer de toda la vida abrazaba a su hija; algunos maldecían; otros estaban simplemente atónitos, boquiabiertos, sin poder reaccionar. En cambio el candidato estaba, como siempre, tranquilo. La campaña había sido larga y agotadora, y la segunda vuelta electoral se encontraba ya definida. Más de una hora había transcurrido desde que él en persona fuera ante las cámaras del mundo a admitir la derrota. Con una habilidad asombrosa deshizo el nudo de la corbata y desabotonó el primer botón de la camisa. En un movimiento automático, casi como quien comprueba si las manecillas de un reloj se han detenido, golpeó suavemente con el dedo la pantalla de un monitor como si eso pudiera arreglar algo. Los resultados del conteo de votos se venían actualizando automáticamente cada cinco minutos desde el principio del escrutinio, pero desde hacía un buen rato el porcentaje de mesas escrutadas se había congelado en el 99,17%. Esto llamó su atención, especialmente porque en la última hora el margen de diferencia que lo separaba del ganador se venía reduciendo cada vez más, hasta que misteriosamente la cuenta se detuvo en ese enigmático 99,17%. El candidato preguntó en voz alta si alguien lo había notado, o si alguien sabía los motivos de aquella particularidad. Las miradas sin respuesta recorrieron el salón, cuando sonó el teléfono. Miró la pantalla para saber quién era, y atendió. Era el Director Nacional Electoral. “Tenemos un problema” anunció el otro. El rostro se fue convirtiendo a medida que escuchaba lo que tenían para contarle. La ansiedad de los presentes intentando descifrar qué era lo que estaba sucediendo los llevó a ir cerrando más y más la ronda en torno al candidato, tratando de pescar una línea, una pista, una palabra. “Está bien. Gracias por llamar. Ya veré qué hago”, fue lo único que dijo, y cortó. Todos los presentes se abalanzaron aún más intentando obtener una respuesta, cuando el teléfono volvió a sonar. Consultó una vez más la pantalla sólo para confirmar que ésta vez se trataba del candidato rival. Atendió el teléfono con un escueto “te escucho”. Del otro lado, el ingeniero se apresuró a sentenciar con el tono soberbio de un patrón de estancia: “Vos sabés que nadie te va a creer”. Tiró el teléfono sobre la mesa de café y se pasó la mano por la cabeza, peinándose hacia atrás. Señaló a uno de sus colaboradores: “llamá a la Presidenta”.
El teléfono sonó en la madrugada de Olivos. La Presidenta estaba en piyamas y pantuflas, con las piernas cruzadas sobre el sillón de cuero mientras soplaba cada tanto la taza de té que calentaba sus manos. Esperaba el llamado que finalmente llegó. Atendió el teléfono. Del otro lado, su candidato preguntó: “Presidenta, ¿Qué hacemos?”. Ella se levantó y fue hasta el ventanal. Del otro lado, en los jardines de la Quinta, un manchón de luz alumbraba el rosal que ella tanto cuidaba y que era el favorito de Néstor. El reflejo de su rostro en el cristal se convirtió en otro, o en realidad en la versión adolescente de sí misma reflejada en la ventanilla del tren que iba desde La Plata a Constitución. Sentada a su lado estaba su madre. Iban a escuchar el primer discurso desde el regreso del General en la Plaza de Mayo. Recordó que en aquella oportunidad venían discutiendo ya que ella –desde su juventud- criticaba duramente aquella decisión que tomara Perón en el 55 cuando aceptara mansamente el exilio mientras que el movimiento obrero estaba más que dispuesto a tomar las armas en defensa del gobierno popular si él se los ordenaba. Recordó también las imágenes de un documental en blanco y negro que posiblemente nunca existió, en el que se veía al General en posición de firme y haciendo la venia, con su sobretodo jaspeado, bajo una llovizna gris en la cubierta de una cañonera paraguaya. Los años volvieron al presente en el reflejo del cristal, y recién en ese momento ella comprendió profundamente lo que el viejo caudillo había sentido. Acercando el teléfono a su boca, dijo con gran mansedumbre: “Dejá, Daniel, no hagas nada. No voy a cargar para siempre con un baño de sangre entre mis manos. Preparémonos para volver.”

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