Más unidos, más organizados

No es el movimiento el que se tiene que acomodar al dirigente, sino el dirigente el que tiene que conducir al movimiento.

Editorial #NoNosQuedaOtra 7 de marzo

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Con la misma lapicera que estoy escribiendo ahora, acabo de pinchar una piñata. Costumbres que heredamos de nuestros padres y que repetimos con nuestros hijos. Los pequeños hamartianos se abalanzaron sobre la lluvia de papel picado y glucosa. En ese momento, la emoción parece no tener límites pero a la hora de hacer el recuento, siempre hay uno que se llevó la mejor parte. Recién ahí quedan expuestas las desigualdades: cuando el otro tiene lo que a uno le falta y viceversa. Entonces, el ritual festivo se desvanece en una carrera de canibalismo, devoración y celos. Los hamartianitos se empujan para llegar primero a soplar. Todos quieren cumplir años. Festejan como bomberos cuando el fuego se apaga y aprovechan para chorearle una frutilla a la torta en el clamor de los aplausos. Dentro de la lógica infantil es común encontrarse con el egocentrismo y chocar con el compañero, por eso cuando estalla la piñata, todo vale.
Lo cierto es que acá no estamos hablando de niños. Estamos hablando de una fuerza política que sufrió en estos últimos tiempos, tantas transformaciones que no es posible delimitar de qué lado quedaron los caramelos. Precisamente porque con rapidez de Halcón, muchos funcionaros se acomodaron, se adaptaron enseguida al cambio. Pido disculpas si entrometo en este editorial algunos conceptos zoológicos. Pero al igual que las cucarachas, algunos hombres de la política cuentan con el privilegio de la variabilidad genética. Cuanto más impredecible es un ambiente, mayor probabilidad habrá de que sus organismos cambien y, por lo tanto, se adapten. Este es el caso de algunas especies que pueden modificar su modo de reproducción, según las condiciones ambientales. Lo que en idioma criollo podríamos resumir en la siguiente hipótesis: No hay cópula que le venga mal siempre y cuando se asegure la perpetuación de la especie.
Como decíamos, acá no hablamos de niños. Aunque no puedo dejar de remarcar que el infantilismo que existe en la política respecto de los egos y los personalismos termina muchas veces por determinar cuál es límite de la maduración de un proceso político. Nosotros ya no somos los adolescentes que nos hacíamos lugar entre los guardapolvos blancos para pedir un espacio físico para el centro de estudiantes o desempolvar la lucha por el boleto estudiantil. Ha pasado mucha agua debajo del puente y cada vez estamos más cerca de encarnar la generación que faltaba en nuestra época. Cuando a los 16 años empezábamos nuestra militancia en los noventa, la edad promedio de nuestros referentes oscilaba entre los 60 y los 70 años. Como ustedes saben ese fenómenos tiene una explicación bastante sencilla: desde el 73 hasta el 82 hicieron desaparecer a 30000 compañeros, en su mayoría jóvenes. De hecho, el 80% de los asesinados tenían entre 16 y 35 años. Momento para hacer un paréntesis y recordarnos que lo que hoy llamamos neoliberalismo pisó fuerte por primera vez en nuestro país por esas época a través de la violencia y la opresión antidemocrática.
Según Marco Polo, las piñatas son originarias de china. Se usaban para celebrar el año nuevo. Él mismo se atribuye haber llevado esta tradición a Italia como experiencia de sus viajes. Tradición que llegó hasta España. Así es como a principios del siglo XVI, los misioneros españoles que vinieron a América atrajeron a los habitantes locales a sus ceremonias utilizando piñatas. Los lunes por la mañana me subo al subte línea B para venir a la radio. Pero no hay caso: Los que viajan en subte modelo 81 parecen contar también con el privilegio de la piñata, con particular sexualidad infantil se plantan al piso como árboles y osan rechazar a la muchedumbre que se avalancha para entrar y, si alguno de los empujadores lo logra, lo miran con altanería y dejan salir un tímido y asqueroso “No hay lugar”. La semana pasada me subí al Sarmiento en Ciudadela. El tren viene hasta las bolas desde Moreno pero uno se queda quietito en el andén y sin apurarse da un paso y ya está adentro. Las reglas son otras en el transporte nacional. Apenas ponés un pie del lado de adentro, con vocación de hormigas, los pasajeros se corren unos centímetros en bloque y, sin empujar a nadie, en 15 minutos estás en Once. Como anticipé y en mi condición de fumigador, me voy a permitir introducir algunas nociones zoológicas.
Las Hormigas, las que viajan en el Sarmiento las podríamos ubicar dentro de las hormigas obreras. Entre los fumigadores urbanos siempre es motivo de conversación el éxito o fracaso que se tiene con las dos plagas principales que abundan los edificios y casas porteñas. Una de ellas es la que representa la hormiga argentina, la que en Brasil arruinó varios campos de soja, en Estados Unidos está cambiando prácticamente el ecosistema, en Europa arrasó con todas las especies locales y aquí, en la Ciudad de Buenos Aires, lidera el mal humor de los más finos edificios con doble mucama y quíntuple pantalla. Las hormigas dominan el cemento. Se instalan desde que el primer camión de arena desembarca en un baldío antes de que se empiece a construir un edificio. En poco tiempo, dominan cuanto intersticio, hendija o hueco se genere entre las paredes. Para ellas, no hay medianera ni separación. Con privilegio de espíritu atraviesan las paredes. Son ingenieras invisibles que, sobre la base de nuestras rutinas, edifican un futuro que las perpetuará.
La Linepithema humile, conocida como “hormiga Argentina”, nació en las riberas del Paraná, se calcula allá por 1890. Se ha expandido a todos los continentes, excepto la Antártida. Las reinas miden unos 4 mm y las obreras entre 2 y 3 mm. Importante advertir que no existe división de castas entre las obreras. Una de las principales características de estas hormigas es que son poligínicas. Esto implica que tienen varias reinas dentro de un mismo hormiguero. Las reinas ponen entre 20 y 30 huevos diarios en condiciones ideales y una vez que la cópula está completada, los machos mueren y las hembras permanecen vivas poniendo huevos por el resto de sus vidas. Algunas feministas dicen que ellas tiene ovarios, no huevos. Y en cierto punto tienen razón, pero las hormigas nos enseñan que las fórmulas de la sexuación no necesariamente están dadas por una condición biológica sino por el sentido organizativo de cada colonia. Un estudio de la Universidad de Girona, en España, estableció que mantienen un sistema de vida cooperativo y no admiten peleas internas. También son feroces con las hormigas rivales y otras especies. En Europa su presencia se extiende sobre 6.000 kilómetros, bordeando la costa del Mediterráneo y el Atlántico. ¿Cuál es la razón de tanto éxito?, se preguntan científicos de varios países. “Los hormigueros dejaron de lado sus diferencias para crear la unidad cooperativa más grande jamás descubierta”, señala un entomólogo suizo. Son los poderes cooperativos, los que las han convertido en una peste seria. De hecho la colonia europea representa la mayor unidad de organismos cooperando descubierta en la historia.
Las hormigas son pequeñas pero actúan en masa. Estas hormigas poligínicas, no sólo tienen muchas reinas sino que van eliminando algunas para darle lugar a otras más jóvenes. Las obreras no luchan unas con otras aunque sus nidos se encuentren a miles de kilómetros de distancia.
Los más destacable de estas hormigas es su capacidad organizativa. Mientras los humanos nos creemos re pulenta porque manejamos comunicaciones instantáneas y damos conferencias por what sap, ellas no requieren del lenguaje para coincidir en un objetivo. Su estructura organizativa y comunicacional es de un nivel tan alto que sus cambios para adaptarse a nuevas realidades se tramitan a nivel genético. Ellas entendieron hace mucho tiempo que no se trata de ocupar un territorio y perpetrarse en el lugar. Por eso, a las hormigas argentinas les alcanza con dar un golpe certero en el momento indicado. Son vietnamitas y peronistas. Vietnamitas porque aparecen de cualquier lado y atacan en el momento menos esperado. Peronistas porque la única manera de pararlas es eliminando a su líder, es decir, matando a la reina. Para combatir esta plaga, los fumigadores recomendamos usar un buen gel hormiguicida. El gel es un cebo, una porción de comida con veneno. Y, tanto en el mundo de las hormigas como en el mundo de los humanos, este método tiene un sólo nombre: Traición.
La tecnología nos traiciona. Nos hace creer que todo se vuelve más sencillo, que se achican los tiempos y se extienden los espacios. Vivimos con la ingenua ilusión de que podemos ir al ritmo de la tecnología. Las hormigas argentinas y las del tren Sarmiento nos enseñaron que no hace falta apurarse para llegar más rápido. Nombramos a la tecnología como un medio pero en el fondo todos sabemos que se volvió un fin en sí mismo, un objeto, un fetiche. Tenemos una relación sexual con los aparatos tecnológicos, nos rendimos a la pantalla como ancestralmente lo hicimos ante los espejos. Somos lo que hacemos. La pantalla nos mostró un Boca exitoso y ahora nos muestra un Macri presidente. El candidato del imperio, se quedó con la mejor parte de la piñata y eso muestra a las claras que no alcanza con pretender pincharles el globo. Tenemos que mirar adentro nuestro. Cuando militábamos en secundarios Hebe nos decía que teníamos que ponernos en frente del poster del Che y conectarnos con su mirada. Que teníamos que ser rebeldes. Nuestra pantalla tiene que ser la utopía y nuestra tecnología, la historia. Hay dos razones por las cuales las hormigas argentinas triunfan sobre el resto: La primera es que tienen más de una reina, más de un referente, más de un líder. Y la segunda es que su tecnología es, simplemente, su sabiduría. No sirve enojarse con la realidad, eso es ya de por sí, una posición de derrota. No podemos acusar de gorila al votante macrista. La política no es River-Boca, no se trata de ganar o meter más goles en el arco contrario y después, gozar con la derrota ajena. Nosotros, los seres humanos, tenemos mucho que aprender de las hormigas y, como ellas, meternos por todos los huecos que genera la miseria y poner el cuerpo, llenarlos de amor, movernos en bloque sin apuro y sin descanso, hacia un único objetivo: la profundización del proyecto nacional y popular. Está claro que perdimos el gobierno y muy poco claro cómo vamos a ejercer nuestro poder.

 

Parque 1

Ayer en Parque Chacabuco, intentamos hacer un pequeño aporte en ese sentido. Mientras despiden trabajadores, le dan carta blanca a las fuerzas de seguridad para que repriman, resucitan represores de la sombra y utilizan la amenaza y la violencia para amedrentarnos, nosotros salimos a la calle. Pero no se trata de una cuestión caprichosa, de salir a la plaza a darnos besos y abrazos. Los jóvenes tenemos que tomar la iniciativa. La vacancia de ciertos liderazgos políticos y la consternación con la que muchos de nuestros jóvenes esperan, casi asustados, la reaparición de Cristina, nos motiva a empezar a hablar de unidad, de cooperación, de organización. Y es bueno saber que cualquiera de estas cualidades requiere de trabajar el sectarismo y el dogma. No para con la derecha neoliberal, no para con los fondos buitre, sino para con el propio movimiento. Es hora de que dejemos de subestimar cuánto intento organizativo se produce espontáneamente, se trata de conducir el movimiento no de moverlo. No es el movimiento el que se tiene que acomodar al dirigente, sino el dirigente el que tiene que conducir al movimiento.

Ayer, mientras hablaba Gustavo López, cerrando el acto de No Da Lo Mismo, alguien se atrevió a chicanearlo cuestionándolo por su genética radical. Nunca lo había visto a Gustavo tan sólido y tan fuerte como ayer. Y nunca había visto a un disparador de chicanas tan decepcionado con su tiro. Es que no tiene que ver con el color de la bandera sino con la consigna. Perón anticipó que el año 2000 nos iba a encontrar Unidos o Dominados. El che Guevara decía aquello de que “si fuésemos capaces de unirnos”… Alfonsín dijo alguna vez que se votaba pueblo o anti-pueblo. Cristina lo dejó claro: Democracia o Corporaciones. La mejor autocrítica que podemos hacernos en este momento es por qué no supimos construir la unidad del campo popular. Es cierto que aquél gobierno de Néstor allá por 2003 supo interpretar como nadie aquella pregunta que dejó flotando la crisis de 2001. ¿Qué viene después del vacío de “que se vayan todos”. Lo que vino fue la participación, la autogestión, fueron las asambleas populares. Uno podría preguntarse de qué sirvió todo eso. Y uno también podría responderse que fue la base política para que se constituya un movimiento amplio. El lugar vacío, la vacante no siempre es sinónimo de falta. A veces es necesario que falte algo en un lugar para que ese lugar se ocupe. Se sature incluso, al punto de que quede otro lugar vacío para que advenga un líder. Ayer en Parque Chacabuco no nos encontramos con un acto multitudinario en donde el micrófono es compartido por tres o cuatro caras. La ciudadanía, la militancia y los dirigentes se ubicaron de manera transversal en el mismo pasto. Y claro que me lo pregunté, porque es condición para cualquier militante político interrogarse acerca de cualquier acto. ¿De qué sirvió que nos juntemos mil personas a debatir sobre el futuro del país? Quizá, sirvió para mirarnos las caras que no es poco, pero creo que fue algo más que eso. Sirvió para darnos cuenta de que la única manera de sortear la agenda hegemónica es hegemonizando nuestro deseo de salir a ser protagonistas, de encarnar eso que falta. Porque los seres humanos actuamos en masa cuando nos identificamos con el semejante y para ello tiene que haber un ideal en común. La pelota la tienen ellos compañeros. Hay que dejar de echarle la culpa al arquero y poner la cabeza en el arco contrario. No para jugar su juego sino para romperlo y recuperar la pelota. Porque aunque reforcemos la defensa, juguemos al achique y pongamos al más alto a cabecear al área, alguien tiene que tirar el centro, y para eso hay que tener la pelota y sólo el que tiene la pelota puede pretender jugar su propio juego.

Con esta misma lapicera, esbozo relatar la esencia de lo que nos conmueve. Quizá el encuentro que se dio ayer en Parque Chacabuco fue una puesta en acto de varios pensamientos que nos cuesta ordenar. Cuando uno tensa el arco para disparar la flecha, hay un momento de concentración en dónde es fundamental fijar la mirada en el blanco. Una vez que el tiro se ejecuta, la concentración se disipa y afloran pensamientos nuevos. Por eso, lo que valió del encuentro de ayer, fue entender como dirigentes, militancia y ciudadanía coincidieron fundamentalmente en un punto: Unidad y Organización.

Bienvenidos a No Nos Queda Otra, un grupo de hormigas argentinas que esquiva el cebo del triunfalismo y se va por otro caminito.

PARQUE 2

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