Artigas ya no sabía en quién podía confiar

El Protector de los Pueblos Libres había decidido encabezar él mismo esa expedición en búsqueda de los preciosos caballos que habrían de consolidar la resistencia contra el invasor portugués.

Karay Guazú

Texto:
Ilustración: Sol Re


Solo algunos sobrevivientes consiguieron llegar, con sus últimas fuerzas, hasta Mataojo: sabían que debían llevar la terrible noticia de Tacuarembó a oídos del propio Artigas en persona. El Protector de los Pueblos Libres había decidido encabezar él mismo esa expedición en búsqueda de los preciosos caballos que habrían de consolidar la resistencia contra el invasor portugués, no sin el temor de que su alejamiento hacia el sur pudiera alentar a los lusitanos a intentar un ataque por la retaguardia. Esos pocos hombres, heridos y maltrechos, habrían de confirmar sus recelos. Sentado sobre un cráneo de vaca, a la orilla del fogón, Artigas habría de escuchar el relato desgarrado de esos pocos que pudieron escapar a la emboscada portuguesa; de cómo fueron sorprendidos mientras dormían, de cómo la mitad de la tropa quedó aislada e impotente en la margen opuesta del río crecido, de cómo los invasores degollaron a más de 800 hombres antes de despertar y de cómo otros cientos murieron ahogados tratando de cruzar el Tacuarembó embravecido. Artigas escuchó con toda su atención y un silencio que sólo se interrumpía cuando su mate reclamaba más agua. Con estoicismo y amargura el Protector había venido soportado las iniquidades que arreciaban contra sus hombres, incluso cuando uno de ellos –con cierto temor en la selección de las palabras– le contó que dos de sus lugartenientes, Fernando Otorgués y Fructoso Rivera, se habían pasado al bando del enemigo.

webcuentos19_xsolre2Artigas agradeció la sinceridad y el valor de los mensajeros y se retiró a meditar en soledad. Sabía que nada podía esperar de Rondeau como no lo había hecho de Pueyrredón anteriormente. “(…) Confiese, Vuecelencia (…)” –desafiaba Artigas en una carta al mismísimo Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón– “(…) que sólo por realizar sus intrigas puede representar ante el público el papel ridículo de un neutral. El Supremo Director de Buenos Aires no puede, ¡No debe serlo! Pero sea Vuecelencia un neutral, un indiferente o un enemigo, tema justamente la indignación ocasionada por sus desvíos, tema con justicia el desenfreno de unos pueblos que –sacrificados por el amor a la libertad– nada les acobarda tanto como perderla.” Sentado en su escritorio, el caudillo abrió el pequeño arcón donde guardaba la correspondencia de importancia y hurgó entre los papeles hasta encontrar la carta que San Martín le enviara desde Mendoza casi un año antes, el 13 de marzo de 1819. Releyó: “Me hallaba en Chile acabando de destruir el resto de maturrangos que quedaban y aprontando los artículos de guerra necesarios para atacar a Lima, cuando me hallo con noticias de haberse desatado las hostilidades por las tropas de usted y de Santa Fe contra las de Buenos Aires. (…) Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón (…)”.

¡Cuánta necesidad tenía en esos momentos aciagos de conocer la opinión de San Martín respecto a su situación actual! Especialmente luego de las recientes defecciones de sus lugartenientes, Artigas ya no sabía en quién podía confiar, y uno de los pocos hombres en los que lo hacía se encontraba en Chile. El oriental sabía muy bien que San Martín había dilapidado su prestigio ante los ojos del Directorio en el momento en que decidió desobedecer las órdenes que lo conminaban a replegarse para combatir al propio Artigas. Esa desobediencia no podía significar para el correntino otro futuro que el mismo aislamiento por parte de Buenos Aires al que estaba siendo sometido en carne propia. “No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas” susurró para sí mismo las palabras finales de la carta.

A pesar de los sabios consejos, el Protector comprendió en ese momento que tanto el futuro de la Banda Oriental como el de la propia campaña sanmartiniana dependían, por esas horas, de la destitución de un gobierno centralista que no había hecho otra cosa que buscar por todos los medios reemplazar a la corona española en su hegemonía, convirtiendo a las provincias en sus propias colonias con el puerto como el corazón de sus miserables negocios. Nada les importaba a esos porteños la causa de la independencia ni la unidad americana; bien por el contrario, estaban dispuestos a negociar con cualquier potencia extranjera que garantizase su estilo de vida y sus privilegios. A él tampoco le gustaba la idea de desangrarse en guerras estériles por cuestiones de política chica, cuando los tres imperios más importantes del mundo se jugaban en una mesa de naipes los pedazos cercenados de la América criolla. ¿Pero acaso el gobierno de Buenos Aires no se estaba comportando como un enemigo más, ciertamente el más peligroso aliado de los extranjeros, enquistado el propio corazón de la revolución libertadora? Nadie mejor que Artigas conocía los ardides intrigantes, las maniobras conspirativas y los tratados secretos que esa runfla de contrabandistas y mercachifles porteños tenían con cuanto charlatán europeo llegase con algún negocio de compraventa.

En ese preciso momento el General José Gervasio de Artigas, Protector de los Pueblos Libres, comprendió que el único camino para terminar de una buena vez con el proyecto emancipador era arrancar el poder político de las garras de los gerentes locales de los intereses foráneos: sólo un gobierno centralizado en manos federales tendría los medios para dar la estocada final para la conformación de una nación sudamericana, unida e independiente de toda dominación extranjera. Pero las recientes noticias respecto al desastre de Tacuarembó habían diezmado sus fuerzas casi por completo. A pesar de ello sabía perfectamente que si él mismo en persona comenzaba una recorrida por Entre Ríos, Santa Fé, Corrientes y las Misiones su mera presencia convocaría a decenas de miles de gauchos, negros, mulatos, zambos, indios, mestizos y criollos a seguirlo, y en pocas semanas volvería a tener un ejército invencible. Por eso Artigas sabía que debía ganar tiempo para poder rearmar sus filas. Para ello, ordenaría a sus lugartenientes Estanislao López de Santa Fe y Pancho Ramírez de Entre Ríos a avanzar con todas sus fuerzas para derrocar al gobierno entreguista. Mientras tanto, él reagruparía fuerzas para expulsar definitivamente al invasor portugués.

López y Ramírez avanzaron sobre Buenos Aires el 1º de febrero de 1820, obteniendo una victoria aplastante sobre las fuerzas de Rondeau en lo que se llamó “la batalla de Cepeda”. Los caudillos litoraleños decidieron acampar junto a sus hombres en las inmediaciones del pueblo del Pilar, a unas quince leguas de Buenos Aires, a la espera de la aceptación por parte de la derrotada oligarquía porteña de su pliego de condiciones para la rendición. Pero los mercaderes del puerto, más hábiles en las lides de la traición y el soborno que en tácticas militares, consiguieron con el bolsillo lo que habían perdido en el campo de batalla: los dos principales laderos que le quedaban a Artigas aceptaron traicionar a su líder por treinta monedas. Así, con las armas y municiones llegadas desde Europa, con los dineros del puerto y con los caballos y el ganado de los terratenientes bonaerenses, “Pancho” Ramírez inicia una persecución sin descanso a su antiguo jefe, sabiendo que el tiempo sólo jugaba a favor del oriental. En su retirada, Paraná al norte, Artigas recibía entre sus filas a los voluntarios que a su paso se sumaban, pero los medios económicos que la metrópoli había puesto en manos de su perseguidor hacían que cualquier número de hombres se volviera insuficiente ante el asedio constante del entrerriano. Así, jaqueado y traicionado por sus amigos, Artigas se vio obligado a cruzar el Paraná y refugiarse en el Paraguay del Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, quien le brindara asilo y protección junto al cariño y el respeto de un pueblo que habría de reconocerlo con el apodo de “Karay Guazú [1]”.

Cinco años tuvieron que pasar desde el exilio del Protector de los Pueblos Libres para que la Banda Oriental (rebautizada como “provincia Cisplatina”) volviera a desperezarse del sopor embriagador de las cortes portuguesas con quienes las aristocracias montevideanas se encontraban tan a gusto. La aventura quijotesca de Lavalleja y sus treinta y tres orientales habría de despertar ante los ojos de la opinión pública porteña una cierta simpatía que sería aprovechada por la corona británica. Dicha corona otorgaría, a su vez, los medios para que su más ferviente admirador, Bernardino Rivadavia, inventase el sillón de sí mismo por medio de un golpe de Estado contra Las Heras. La guerra entre Buenos Aires y Río de Janeiro era fundamental para Londres, puesto que resultaba de los altos intereses de Su Majestad Británica el Rey Jorge IV que al menos una de las puertas de entrada a los ríos interiores del cono sur estuviera en manos “independientes” tanto del Imperio Portugués como de las Provincias Unidas.

Así, 10 años después de la invasión inglesa, finalmente Buenos Aires declaraba la guerra al usurpador lusitano, ya no por la causa de la libertad americana, ya no por la importancia del mantenimiento de la unidad territorial, sino para mayor gloria del comercio inglés. Así, la eficacia de la caballería del General José María Paz, las victorias de Mansilla en la batalla del Ombú y de Lavalle en Bacacay habrían de disimular la inoperancia del General Alvear, poniendo a las tropas del emperador de rodillas en la batalla de Ituzaingó. Es con el enemigo derrotado y esperando el tiro de gracia que Rivadavia envía a Manuel José García a Río de Janeiro, a pactar los términos de la rendición con el emperador Pedro I y con el mediador británico, Lord Ponsomby. El 27 de agosto de 1828, ante el asombro de propios y extraños y con una guerra ganada en la manga, el embajador de Rivadavia firma un tratado de paz en el que las Provincias Unidas –lejos de volver a recibir en su seno a la hermanita usurpada– acepta la creación de un tercer Estado independiente tanto de vencedores como de vencidos.

Los largos años de la guerra infructuosa, el peso de la sangre y de los muertos, la vejación espiritual de los traidores, la victoria que se escapa al alcance de los dedos, todo el pasado que cargaba sobre los hombros quien otrora fuera el Protector de los Pueblos Libres parecía ahora otorgar una tregua al atribulado corazón de Artigas. La vida era tranquila en la Villa de San Isidro Labrador de Curuguaty, Paraguay, donde los días del exilio transcurrían apacibles en compañía de su esposa Clara y de tal vez su único amigo, el Negro Ansina. Al antiguo guerrero le aliviaba los recuerdos esa paz que le traía el cultivar la tierra, cuidar de la huerta y del corral o de jugar con su hijito Juan Simeón, de apenas un año. La plácida rutina del mate bajo el naranjo centenario se vio interrumpida aquella tarde cuando tres hombres de a caballo llegaron a la villa. Uno de ellos declaró ser emisario del Doctor Francia, para hacerle llegar la noticia al General Artigas de la firma del tratado de paz entre las Provincias Unidas y el Imperio del Brasil en el que ambos aceptaron la creación de un tercer Estado independiente de unos y de otros. En ese momento el viejo caudillo cerró los ojos con fuerza y apretó el mate entre las manos. Él, que supo ser el único en cuidar las fronteras exteriores frente a tres imperios –español, portugués, e inglés– al tiempo que evitaba que las oligarquías locales en Buenos Aires y Montevideo se inventaran nuevas fronteras interiores, debía ahora –además– recibir la última bofetada del destino. Una lágrima amarga cruzó los zurcos en el rostro del Protector de los Pueblos Libres, del custodio de la unión de la América del sur. Cargado de amargura y de fantasmas, con su provincia cercenada para siempre y su sueño hecho pedazos, el más grande de los argentinos orientales sólo atinó a musitar: “Ay… Ahora sí que me quedé sin Patria.”

[1] Karay-guazú: palabra guaraní compuesta, cuya traducción más frecuente es Gran Señor. Nombre por el que se conoce en la cultura guaraní al más grande señor o profeta. Este nombre y título se le otorgó a dos líderes carismáticos del siglo XIX: José Gaspar Rodríguez de Francia y José Gervasio Artigas como una expresión de las poblaciones con linajes guaraníes para identificarles como sus “caudillos”.

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