Entrevista a Elena Caranci, artista plástica

Creo que la obra puede denunciar, pero no creo que pueda cambiar algo. No creo que el artista sea el encargado de eso. Creo en el compromiso personal, en la honestidad personal, en la ética, en tu discurso.

Para que no me olvides

Texto:
Fotografia: Veronique Pestoni


El camino artístico de la artista plástica Elena Caranci empezó desde que era muy chica. “Yo dibujaba. Recuerdo un hecho que para mí fue fundacional que fue visitar un taller de pintura por primera vez. ¡Quedé enloquecida! Lo recuerdo como si fuera hoy, había una naturaleza muerta que me llamó la atención. Recuerdo que al irme el maestro me regaló una carbonilla. Cuando llegué a casa hice la naturaleza muerta. Jamás me lo voy a olvidar”, cuenta. Hoy, Caranci, forma parte de Carta Abierta, ilustra libros, utiliza técnicas japonesas de caligrafía y mantiene la misma pasión por el arte que cuando era una nena.


Primeras tardes 1100¿Cómo fue que elegiste ser artista?

Me hace recordar el cuento de Antonio Tabucchi “Pequeños equívocos sin importancia”, que habla de cuando alguien elige una carrera por error, en ese caso era un error administrativo, en el mío no. Preocupada en ese momento por “de qué iba a vivir” y con una gran presión familiar seguí Derecho. Era “la defensora de pobres y ausentes en el colegio”, pero no necesariamente uno tiene que ser abogado. Pues yo lo hice y cuando terminé la carrera colgué el título. Mis años de estudio abarcaron desde 1971 a 1979. O sea está todo dicho. No seguí Bellas Artes. No quería tener una educación que me aprisionara con horarios y entregas. Así que una vez que me recibí comencé mi formación artística.

A partir de este sinuoso camino, ¿quiénes fueron tus maestros o referentes?

Estudié en la Escuela de Estímulo de Bellas Artes, ahí empecé. Iba a los talleres de dibujo. Para mí fue la liberación. Fue además encontrarme con mi gente. Después, fui al taller de Aníbal Carreño en la Boca. Siempre recuerdo de él esa observación que hacía entre la conexión del arte y la vida. Lo que uno vive lo vuelca en la obra pero a su vez la obra te da algo, algo de vos mismo que vas observando. Hay una dialéctica entre ambos. Después estudié con Kenneth Kemble, con Gorriarena al que considero un gran maestro, desestructurando todo, perdiendo el miedo al color, viendo el cuadro de otra manera. También alguien importantísimo fue Emilio Renart. Hice los cursos de creatividad en el Sivori y después fui a su taller a hacer análisis de obra. En este punto termina toda una etapa de mi formación. Después, empiezo a andar ya sola.
Lo que siempre me gustó, donde siento que me expreso mejor, es con la línea. Muchas veces digo que elegí un camino de tinta ya que me encanta la sensibilidad de la línea, los contrastes que provoca. La tinta además tiene algo que es el riesgo. A veces es escalofriante. Suceden azares, hay manchas. Algunas veces esas manchas se capitalizan bien, te hacen ir por otros lados. Esto me atrapó por un tiempo, por eso hice caligrafía gestual, caligrafía japonesa. Aprendí a usar las tintas y, sobre todo, los pinceles. Hay una posición especial y es muy sensible preparar esa tinta para que tenga el espesor exacto. Era algo que no había probado. Hasta ese momento abría un frasco de tinta y usaba plumín o pincel. Esto es diferente, es una ceremonia a lo que los occidentales no estamos acostumbrados. Sin embargo, me parece que los artistas en general tienen sus rituales antes de empezar a trabajar, esto también es una ceremonia.

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En relación con esto último, ¿cómo es tu ritual para que la idea se plasme en el lienzo?

Busco fotografías. Tuve un archivo de fotos, ahora internet facilita muchísimas cosas. Voy buscando y es intuitivo. Últimamente trabajo niñas por ejemplo. Y yo sé cuáles son, las encuentro y no te podría definir exactamente por qué. Ese es el punto de partida. Con ese punto, en general, hago un boceto pequeño que lo suelo guardar porque me gusta saber cómo fue el proceso. Me gusta el camino.
Alguna vez mientras aprendí caligrafía gestual probé con una prensa pequeña y ahí me enamoré del grabado. Yo que pensaba que no iba a tener otro aprendizaje de taller, sino lo que surgiera de la propia actividad me encontré aprendiendo grabado. Estudié con Alicia Díaz Rinaldi en el 2007. El grabado permite la experimentación, las variaciones de una misma estampa. De eso me enamoré. Sentí que allí se unieron varios aprendizajes del pasado. Esos colores plenos del grabado dan una fuerza a la obra muy especial.
Hay algo que es muy interesante, nunca se sabe quién gana: “a veces gana el dibujo y en otras gana el grabado” y no lo sé hasta que termino el recorrido de ese camino. Esto es lo que más disfruto, ese partir del boceto pequeño, que es casi como una nebulosa y empezar el camino. Porque el camino es lo increíble.

Tus ilustraciones en libros y tapas destacan gran parte de tu hacer. Contanos esa experiencia.

Recuerdo sobretodo las que hice para un libro de leyendas de todo el territorio argentino. Sentí que dos caminos se estaban uniendo. El aprendizaje sobre textos en mi pasaje por la Universidad de Letras, me sirvió para la imagen. En vez de hacer una monografía generé a través de la imagen, un desafío para leer de otra manera. Ilustrar fue una experiencia muy grata. En “Cartografía mítica del territorio argentino” la técnica que utilicé fue tinta y aguada sin color que fue lo que me pidieron específicamente. Me daban los textos para leer, siempre leí todos porque considero que debe haber un diálogo entre esa obra escrita y uno. Fue muy interesante ya que te daban una consigna y una consigna restringe, hay un montón de cosas para tener en cuenta. El tamaño, el uso del color, la posición del personaje en la hoja. Con este trabajo vivía feliz, incluso con la parte de los nervios que trae la entrega y la selección de los bocetos realizados. También hice tapas que fueron 16 libros para Ediciones Alfaguara. Lo considero un camino muy interesante porque es trabajar sobre lo que no estás haciendo habitualmente.

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¿Que significó para vos “El arte con Cristina”? ¿Cuál fue tu aporte?

Me gustó la idea porque era una sumatoria, al ser muchos, tuvo mucha fuerza. Volvería a hacerlo. Me gustaría que volviera a pasar, no importa cómo se llame, es la idea lo que me gusta. Ese colectivo llamado “El arte con Cristina”, fue una idea maravillosa pero lamentablemente no continuó. Se hizo un libro. Una de las consignas fue hacer una imagen e intervenirla, un acuerdo para tener una armonía en la totalidad del libro. Buscaban una unidad en la diversidad.
Entonces me encontré con la primera dificultad. Yo no hago arte político. Las veces que quise hacerlo, sentí que no era yo, que ese no era el camino. En esa búsqueda nació “No me olvides”. Es un personaje que así se llama por la resistencia peronista porque esa era la manera de identificarse. Por decreto de la fusiladora no se podía nombrar a Perón, no se podía cantar la marcha peronista ni usar distintivos. Entonces se reconocían por medio del ramito celeste de no me olvides.
Con esa nena fue impresionante lo que pasó. Después de hacerla me sucedió algo increíble, leí un poema de Marechal que decía: “La patria era una niña”. Esa serie de niñas que se ven en el blog tirando papelitos celestes y blancos, son esas niñas festivas que celebran la patria. Por primera vez sentí que tenía patria. Era el festejo desde Néstor hasta acá. Hay otra de las “No me olvides”, otra intervención, donde la niña está sentada en una cúpula, como mirando hacia arriba, como mirando qué sucede. Esa es una “No me olvides” festiva. Hay otra que recuerda a Néstor Kirchner que apenas se puede entrever ese poema que dice: “Quiero que me recuerden…”. Así surge “No me olvides”. Siento que es alguien que va a aparecer de vez en cuando.

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¿Que opinás sobre el arte político?

Creo que la obra puede denunciar, pero no creo que pueda cambiar algo. No creo que el artista sea el encargado de eso. Creo en el compromiso personal, en la honestidad personal, en la ética, en tu discurso. Muchas veces trato de convencer al otro, trato de hablar, de interrogarlo y en eso me va mejor con la palabra. Otras veces como en el caso de las “No me olvides”, es mi poética con respecto a ella y siento que de alguna manera también está en los otros personajes. Dependerá de la mirada de cada espectador. Yo siento un compromiso interno enorme, participo de Carta Abierta. Me encanta escuchar y formarme para después hacer esa labor de hormiga incesante.

Publicado el 19 Febrero del 2014
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