el 16 de junio de 1955

Mariano se bajó del subte D en la estación Catedral. Venía del lado de Palermo. Desde afuera llegaban los rugidos insoportables. Ocultó una mueca de desprecio.

No bombardeen Buenos Aires

Texto:
Fotografia: Sol Re


Mariano se bajó del subte D en la estación Catedral. Venía del lado de Palermo. Desde afuera llegaban los rugidos insoportables. Ocultó una mueca de desprecio. Recorrió los túneles en dirección a la estación Perú de la línea A, donde se reuniría con Roque y con los hermanos Lanusse. Hacía casi un año que habían constituido esa especie de sociedad secreta, clandestina. Roque era un joven ingeniero y uno de los ideólogos del grupo, tal vez por ser uno de los mayores, con 34 años, o tal vez porque era quien sabía fabricar los explosivos caseros. Mariano tenía apenas 21 años y, como algunos de sus cófrades, era estudiante de derecho. La organización completa no contaba con más de 15 o 20 miembros en total, todos muchachones de familias acomodadas —profesionales o estudiantes—. Había adquirido cierta notoriedad gracias al éxito reciente de algunas misiones donde habían conseguido colocar y detonar con éxito varias bombas en distintos objetivos estratégicos. Pero todas aquellas operaciones habían sido “sólo una práctica, un aprendizaje para el grupo”, como el propio Roque había subrayado. Este sería el verdadero bautismo de fuego.

PREF Dibujo + Fotomontaje - x Sol Re web

Al llegar al andén de la estación Perú, los hermanos Lanusse —Alberto y Ernesto— ya estaban allí aguardando. Junto a ellos había una gran valija de viaje. Mariano se acercó y, sin saludar, se paró junto a ellos fingiendo esperar el tren. En ese momento llegó una formación proveniente de Primera Junta. Repleta hasta el límite, quedó casi vacía cuando la mayoría de los pasajeros descendió entre cantos y vítores para abarrotar aún más una Plaza de Mayo que ya se encontraba saturada de gente. Mariano miró de reojo a los Lanusse y todos intercambiaron una sonrisa de malicia. Uno de los últimos en descender fue Roque, que traía una valija igual a la anterior. Los cuatro hombres se acercaron, Alberto apagó un cigarrillo en el piso y Mariano se ocultó aún más bajo el ala del sombrero.

—¿Qué sabés de la otra? —preguntó Alberto.
—Está en la azotea del Banco Nación. Si todo sale bien, los tapamos de escombros. Esa se la llevan ustedes. El Hotel Mayo, ahí en la calle Defensa, lo dejaron abierto para nosotros. Déjenlo hablar 10 minutos y la activan. Ojo que tienen 5 minutos para rajar. ¿’Tamos listos?

Los cuatro hombres se miraron. Otro tren llegaba al andén, y una vez más una nueva masa compacta de hombres y mujeres se convertía en un río humano que fluía indetenible al grito de “¡Perón, Perón!”. Los cuatro hombres abordaron el tren con las dos valijas. Al llegar a Plaza de Mayo, los hermanos Lanusse desaparecieron en la multitud. Roque y Mariano quedaron solos en el andén. El ingeniero abrió el costado de su valija, activó algo y la volvió a cerrar. Luego se la extendió a Mariano. El joven lo miró con sorpresa. Roque señaló con un movimiento de cejas al final del andén. Mariano deslizó la mirada y vio una pequeña escalera que descendía hasta el nivel de las vías.

—Bajá por ahí, vení hasta acá y dejála acá, justo abajo del andén. —El joven estudiante lo miró con terror e incredulidad—. Dale, pichón, metele que no tenemos todo el día.
Mariano alzó la mano temblorosa para tomar la manija, pero el propio Roque lo detuvo.

—¡Serán cagones los conservadores! Dejá, tomátelas que voy yo… ¡A ver si encima nos hacés volar a nosotros!
En ese momento, una formación salía rumbo a Primera Junta, mientras que otra llegaba. Marianito corrió a refugiarse en la seguridad del tren que partía. A través de la ventana, las miradas de Roque Carranza y de Mariano Grondona habrían de encontrarse por última vez en más de treinta años. El próximo encuentro ocurriría cuando el joven estudiante de abogacía —luego devenido en periodista— habría de entrevistar al joven ingeniero —luego devenido en Ministro de Obras Públicas— en un conocido programa de televisión.

Mariano se quedó mirando a Roque mientras su tren se alejaba y aquél quedaba sumergido en una nueva marea humana que llegaba para escuchar el discurso del General Perón. Pero el morbo fue más fuerte que la cobardía del joven estudiante, quien decidió bajar del tren en la estación Perú. Recuperó la calle con las manos en los bolsillos, escondiendo la mirada. La muchedumbre le provocó náuseas, ese verdadero aluvión zoológico que venía al centro en mangas de camisa y sin sombrero, el olor a transpiración, los empujones. Pensó en que la bomba del Banco Nación los aplastaría como a insectos. En ese momento la multitud rugió enfervorizada y desde los altoparlantes se escuchó al caudillo inconfundible: “Y para los comerciantes que quieren los precios libres, he explicado hasta el cansancio que tal libertad de precios por el momento no puede establecerse. Bastaría un rápido análisis…”. En ese momento, una terrible explosión resonó a la distancia; y luego otra.

Dos años más tarde, esa misma Plaza estaba colmada de ómnibus escolares que habían llevado a cientos de niños a presenciar la exhibición aérea que la Marina de Guerra había anunciado en homenaje al General San Martín. Poco después del mediodía, ante el aplauso de chicos y grandes, más de 30 aeronaves aparecieron de pronto por detrás de la Casa Rosada, provenientes desde el río. Volaban elegantes y en perfecta formación, y la muchedumbre rompió en júbilo cuando vio que los aviones giraron al unísono y parecían acercarse en picada. Destellos intermitentes de pirotecnia parecían iluminar desde sus alas, cuando de pronto hombres, mujeres y niños comenzaron a volar por los aires, despedazados por el fuego de metralla. La confusión se convirtió en pánico cuando una bomba que cayó del cielo alcanzó a uno de los ómnibus anaranjados del que los guardapolvos blancos no pudieron escapar. Luego otra bomba, y otra. El humo y la pólvora no dejaban ver ni respirar, las explosiones y las ráfagas de ametralladoras arrancaban pedazos a los edificios. Los niños lloraban o corrían sin sentido, un barrendero caminó unos cuantos pasos sostenido de su carrito pero sin cabeza. La Casa Rosada eructó una bola de fuego que se convirtió en columna de humo negro.

Mientras tanto, en la Base Aérea Morón, toda la oficialidad se encontraba frente a la radio, atónitos ante lo que sucedía en Plaza de Mayo: “El Regimiento de Granaderos a Caballo, junto a las tropas del Ejército bajo el mando del General Lucero, repelen en estos momentos los intentos de las tropas sublevadas por tomar la casa de gobierno. Por su parte, los aviones de la Marina de Guerra continúan con el bombardeo sobre la Plaza de Mayo, la Casa Rosada y el Banco Nación”. Ante la sorpresa de los acontecimientos, la oficialidad se debatía acaloradamente sobre si debían participar o no, e incluso sobre en qué bando debían hacerlo. En ese momento, el Teniente García tocó los hombros de tres de sus colegas —Olezza, Rosito y Adradas— y los llamó aparte.
—Compañeros, yo sé que ustedes son peronistas. ¡No podemos hacerle esto al General! ¡Si fue el General el que hizo la Fuerza Aérea! ¡Tenemos que ir a defender al General!

Los cuatro tenientes se alejaron del resto. Pronto, despegaron a bordo de sus Gloster Meteor a reacción para ir a la caza de los bombarderos criminales. Pocos minutos después los cuatro tenientes se encontraban en las inmediaciones del teatro de operaciones. Pero el grueso de las aeronaves terroristas se alejaba río adentro, con rumbo a Uruguay. A través de la radio, el Teniente Orlezza señaló a dos aviones AT-6 Texan que todavía estaban en la zona. Uno de ellos cambió su curso, buscando seguramente el refugio de Montevideo. García y el propio Orlezza se dieron a su persecución sobre el río abierto, ametrallándolo por la cola y obligando al piloto a saltar en paracaídas.

Pero el otro piloto tenía planes muy distintos. Tal vez sabiendo que el combustible no le alcanzaría para llegar a la costa uruguaya, el piloto del AT-6 decidió desprender uno de los tanques auxiliares convirtiéndolo en una bomba incendiaria que cayó sobre la multitud indefensa. Al ver esto, el Teniente Adradas comenzó a perseguirlo con la mirada cargada de odio. El otro intentó deshacerse de su perseguidor volando a muy baja altura por entre los edificios de Retiro, pero su cazador era igualmente diestro y lo fue atosigando de un lado y del otro con el objetivo de obligarlo a ir a una zona más descampada. Llegando a la Costanera Norte, a la altura del el aeroparque Jorge Newbery, el Teniente Ernesto Adradas aferró su comando, gritó “¡Viva Perón!”, apretó el gatillo y ajustició al asesino prófugo.

El 15 de abril de 1953 una célula terrorista conformada por jóvenes profesionales y estudiantes provenientes de familias aristocráticas colocó una bomba en un Hotel y otra en las escalinatas de la estación Plaza de Mayo del subte “A”. Una tercera bomba, ubicada en la azotea del Banco Nación (hoy Banco Central) nunca estalló. El saldo fue de 5 muertos y 93 heridos, entre ellos 19 lisiados permanentes.

Dos años más tarde, el 16 de junio de 1955, treinta aviones de la Marina de Guerra bombardearon la Plaza de Mayo en lo que constituye el peor ataque terrorista de la historia argentina, con un saldo de más de 300 muertos civiles, entre ellos decenas de niños.

A las oligarquías conservadoras, a los supuestos defensores del “diálogo” y “La República” nunca les preocupó ahorrar en sangre de gaucho.

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