Reversión del Cuento” La Cenicienta”

Le decían “la madrastra”. Petiso y con manos gigantes cuenta que llegó al país hace doce años y que fue allí, donde aprendió a cocer en la máquina recta.

“El hada del Once” cuento

Texto:
Fotografia: mundotextilmag.blogspot.com


talleres

Levantó la aguja hasta su posición más alta y girando el volante hacia ella reguló su altura. Levantó el prensatelas. Colocó un carrete de hilo color azul, en el cilindro pasador situado en la parte superior de la máquina. Tomó el extremo del hilo y lo deslizó hacia abajo, en el ensamblaje de tensión para regular su flujo. Guiñando un ojo para mayor precisión, lo pasó a través de los puntos de rosca en la parte superior izquierda de la carcasa y volvió a insistir sobre el ensamblaje de tensión para atravesar el siguiente punto de rosca. Empujó el hilo a través de la palanca y luego hacia la parte inferior izquierda a través de los puntos de enhebrado. Miró atenta el ojo de la aguja y lo traspasó de izquierda a derecha. Dejó caer unos cuantos centímetros de hilo sobre el costado de la máquina, acomodó su banqueta y se preparó para la costura.

Levantó la vista y miró hacia el extremo superior izquierdo de la pared. A través de los cuatro vidrios diminutos recubiertos con malla de alambre, vio la claridad del día. Deseó apoyar su nariz sobre la hendija de la ventana y pedirle al viento frío que le devolviera un impulso de vida. Pero aún, no había terminado con su trabajo.

El aire viciado por el polvo que emanaban los hilos y los restos de género penetraban en sus vías respiratorias cada vez que inhalaba.

Hacía unos días, un terrible dolor de espalda no la dejaba enderezarse con facilidad. El pecho se le hundía hasta la sexta vértebra dorsal cada vez que tosía. Intentó incorporarse. Un sudor frío acarició sus hombros. Las axilas mojadas penetraron la remera que vestía. Tocó su frente y sintió el calor de la fiebre. Con un movimiento brusco estiró el brazo izquierdo intentando alcanzar el pañuelo de tela antes de estornudar. No lo logró. Volvió a toser y esta vez una espesa flema mezclada con sangre manchó su mesa de trabajo. Imaginó su pulmón infectado y maldijo el exceso de mucosidad que habitaba en su tracto respiratorio. El color rojo brillante de su sangre contrastaba con el ocre, el marrón y el negro que la rodeaban. Se apuró a limpiar, pues los pasos de Oscar se escuchaban cada vez más cerca y aún no había terminado con su labor.

El brillo filoso de los dientes enmarcados en oro de Oscar, se dejaban ver cuando, en el fragor de la ronda de vino tinto, olvidaba taparse la boca y estallaba en carcajadas al contar sus aventuras como patrón.

Antes del primer ¡salud!, Oscar tiró un poco de su bebida al suelo. “Hay que challarle a la Pachamama”, explicó serio.

Después, el alcohol se encargará de soltarle la lengua y él mismo contará como inventaba su cumpleaños cada tanto, para emborrachar a las empleadas y pedir “su regalito”, ahí, entre las máquinas donde dormían.

Le decían “la madrastra”. Petiso y con manos gigantes cuenta que llegó al país hace doce años y que fue allí, donde aprendió a cocer en la máquina recta.

También aprendió a decir “bolu” y “papi” al comenzar y terminar una frase, a exprimir los espinazos ajenos y a despedir a todos y empezar de nuevo cada vez que lo necesitaba.

Rosa, que ya no podía ver con nitidez, intentó acercarse a Oscar. Le pidió ausentarse un momento para ir en busca de algún medicamento que aliviara sus síntomas.

De manera severa, Oscar, le advirtió que la dejaría siempre y cuando antes terminara con su trabajo. Allí, el encargo parecía no finalizar nunca. En aquel lugar, ni los días ni las noches, mostraban sus filos. Donde se comía, se dormía y donde se dormía, se trabajaba.

Caminó cuatro pasos hasta la puerta de rejas corrediza. Desobedeció. Bajó las escaleras con cuidado. Acariciando el piso de cemento con la punta del pie, sintió el vacío y bajó otro escalón. Estaba oscuro y con las manos tocó las paredes para no caerse. Le dio asco sentir la humedad que se impregnaba en los muros del lugar. A contraluz vio su oportunidad.

Siempre entraba y salía gente, entonces aguardó a un costado y en cuanto pudo salió.

Con poco dinero, sin conocer la ciudad, aquel cuarto diminuto repleto de polvo, de maltratos y abusos, era su único refugio.

Caminó hasta la esquina de Paso y Sarmiento, chocó su hombro derecho con el brazo izquierdo de un señor que caminaba y al mismo tiempo se ponía su campera, sin pedir disculpas se corrió bruscamente intentando hacer equilibrio para no caerse encima del puesto de gorros, medias y calzas color fucsia que vendía una mujer que ni siquiera la miró a los ojos. Las numerosas aberturas comerciales funcionaban como bocas hambrientas capaces de quitarle un pedazo de su escaso y reducido pellejo. Al atravesar el aroma a cilantro que emanaban los secos de pollo y cerdo, cocinado a gusto por las mamitas peruanas, recordó lo hambrienta que estaba. Su estómago vacío de alimento hacia días, provocaba un ruido escandaloso que se apaciguaba al entremezclarse con las bocinas, las sirenas y los caños de escape que a toda velocidad se dirigían hacia el centro de la ciudad. Sin detener la prisa, los autos avanzaban ante la presencia de una mujer judía decidida a cruzar la calle con sus cuatro hijos de la mano.

El dolor en su espalda aún persistía y la tos sonaba cada vez más peligrosa. Decidió caminar unos metros más y llegó a la plaza.

La “plaza de los prostituyentes” la llaman en el barrio. Para que quede claro que es una zona liberada por la policía y la justicia. El tráfico, la explotación y la prostitución de mujeres conviven con los vendedores ambulantes, los predicadores de la iglesia y los potenciales clientes que ejercen a diario su voluntad a la vista de todos.

Cruzó la mirada con una jovencita dominicana. Sus ojos oscuros y sus labios rosados que contrastaban con su piel de chocolate suave, le recordó el rostro de su hija. Su llanto era la mezcla de dolor proveniente de sus pulmones arruinados por el hacinamiento y por su brutal desarraigo forzado por el anhelo de un futuro mejor.

El Hada siempre estaba en el mismo lugar de la plaza. Junto a un puesto de panchos y gaseosas que según la temporada del año, también cocinaba “chipá” endulzando la plaza con el aroma de la mandioca.

La llamaban “Hada” porque siempre conseguía lo que sus clientes le pedían. En su cuerpo se concentraba la expresión del funcionamiento del barrio de once. Con su flequillo planchado color azabache balanceaba su torso y sus caderas con un movimiento para nada sutil, haciendo rebotar su melena de bucles logrados en la peluquería de Karen, con una veintena de ruleros de color flúo, que quedaron tirados en el piso luego de un escándalo que las sumergió en una laguna de griteríos histéricos.

Rosa sólo quería fumar y apaciguar sus dolores, durante el poco tiempo que le quedaba afuera del taller. De todos modos, pronto debería regresar, Oscar y sus amigos volverían de jugar al fútbol después de la medianoche.

El “Hada” cumplió el deseo de Rosa, como lo hizo desde que la conoció. Le entregó en mano el menjunje de pasta elaborado con residuos de cocaína, procesada con un poco de bicarbonato de sodio, cafeína y anfetaminas.

Rosa, sin disimular demasiado, tomó formalmente el desecho químico, lo acomodó en su pipa cacera y lo mezcló con un poco de viruta de metal y con ceniza de cigarrillo de tabaco a modo de filtro, antes de encenderlo.

Su efecto tan efímero como etéreo para todo el organismo, le generó una rápida dependencia, incentivándola a aumentar con frecuencia su uso cada vez que podía.
Pagó siete pesos y dejó que el humo ingresara en su cuerpo emprendiendo el camino de regreso al taller.

Sus músculos se secaban y se afinaban a cada paso provocándole un debilitamiento en su caminar.

Una intensa y fugaz sensación de placer y omnipotencia recorrió su cuerpo. La cola de un pez Koi intensamente colorida la guió en su trayecto. Nadó velozmente en contra de la corriente atravesando horribles adversidades. Encontró la cascada y ascendió sobre ella. Sabía que la perseverancia y la fortaleza, la persistencia y la paciencia la ayudarían en el camino hacia la gloria. Conseguiría convertirse en un dragón, lo sabía. Se sentía inmensa.

Nuevamente sentada frente a su máquina de coser, de sus pies pequeños chorreaba fuego, cenizas y más fuego, mientras apretaba el pedal eléctrico dibujando un zig-zag interminable.

Sintió un palazo que retumbó en los huesos de su cráneo. Cayó al suelo. Sobre su espalda sintió el sudor de Oscar. Sus poros emanaban aguardiente. Acarició su voluntad, de adelante hacia atrás y de atrás hacia delante. Se esforzó por cerrar las piernas y no lo consiguió. La levantó con un solo movimiento y la puso de rodillas frente a él. Le daba arcadas, mientras le empujaba su cabeza con furia hacia su pelvis. Uno de los amigos de Omar la agarró de los pelos y la arrastró hacia un rincón. Entre gritos ahogados, no pudo evitar que entrara y saliera de su cuerpo cuantas veces quiso. Entumecida, intentó alejarse del piso e incorporarse. No lo logró.

Recordó el fuego que le había proporcionado el Hada. De inmediato, encendió el cordel color azul y éste contagió a una especie de plástico que se apoyaba sobre una guata recubierta por planchas de poliuretano que recubría un baúl viejo. El foco de incendio comenzó a expandirse rápidamente liberando abundante gases tóxicos. El humo se enlazó a la gran temperatura que comenzó a sentirse dentro del taller y tapizando sus mucosas, formó una capa impermeable al oxígeno impidiéndoles respirar con facilidad.

Rosa, que era la que estaba más cerca de la puerta se arrastró hacia la reja. Oscar estiró su brazo lo más lejos que pudo hasta lograr tomar el tobillo de Rosa. Ella se aferró al vértice del escalón y flexionó los codos haciendo palanca para escurrirse. Oscar, apretó su mano aún más, cerrándola con fuerza sobre el tobillo de Rosa como una pinza amperimétrica.

De todos modos, logró escabullirse de los gigantes dedos de Oscar, después de un largo forcejeo. Bajó las escaleras corriendo lo más rápido que pudo. El fuego ardía, allí adentro. A su camisa, que ahora permanecía sin botones, le hizo un nudo y la metió dentro de su pollera a tablas color marrón como pudo. Corrió tratando de esquivar el aglomerado de gente que se agolpaba en las veredas para ver el espectáculo. Ya no del lujoso Versalles, sino de una ciudad que sin poder esconder sus miserias, expone a los que menos tienen al ardor de la muerte.

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