Cuentos Con Historia

Cuentos con Historia: Banco de Sangre

Texto: y
Ilustración: Sol Ré


El 2001 había sido un año particularmente duro para los jóvenes. Si bien resultaba muy difícil conseguir trabajo para todos por igual, para quienes recién se incorporaban al mundo laboral resultaba prácticamente imposible. Millones de personas con mucha mayor experiencia habían sido lanzados al desempleo. En su lógica desesperación, se habían regalado por monedas para ocupar puestos menores empujando –sin querer– a toda una generación de pibes y pibas a vagar sin rumbo en la más absoluta de las nadas. Pero ese diciembre Gustavo estaba contento: luego de meses de presentarse a incontables entrevistas, Gustavo había conseguido un puesto como repositor de verduras en una sucursal del supermercado “Día” que quedaba a pocas cuadras de su casa, en la Tablada. Estaba contento porque a los 25 años, tras la trágica muerte de su papá en manos del cáncer, él había quedado como único sostén de su mamá y de su hermana. Pero su alegría duraría apenas una semana. Esa mañana fue a trabajar con cierta preocupación por lo que habían visto por televisión la noche anterior: miles de manifestantes habían colmado la plaza del Congreso exigiendo la renuncia del presidente. Sus temores fueron rápidamente confirmados: el supermercado había sido completamente saqueado por vecinos desesperados por el hambre y al gerente de la sucursal no le tembló el pulso para despedir a todos sus empleados. Indignado, Gustavo volvió a su casa. Al llegar, se encontró a su mamá y a su hermana clavadas frente al televisor: una nueva manifestación estaba comenzando, esta vez en la Plaza de Mayo. Gustavo llamó por teléfono a sus amigos para que fueran todos a sumarse a la protesta. Pero no pudo contactar a ninguno. A pesar de eso, y de los pedidos de su mamá y de su hermana, Gustavo dejó su casa de La Tablada y tomó el colectivo 126 en busca de su destino.

WEB_Banco de Sangre x sole re

Jorge Varando vivía en La Tablada, junto a su mujer y sus hijos. Jorge Varando era militar, graduado de la Escuela de las Américas. Años atrás había sido denunciado por organismos de Derechos Humanos por su desempeño en el Destacamento 103 de Inteligencia del Ejército durante la última dictadura militar. Pero las leyes de “Obediencia de vida” y “Punto final” lo habían beneficiado, por lo que permaneció impune y continuó en la fuerza. En enero de 1989, ostentando el rango de Mayor, participó en la recuperación del cuartel de La Tablada, ante el accionar de un grupo de militantes extremistas del “Movimiento Todos por la Patria” que había tomado por la fuerza el regimiento. Si bien Varando actuaba en representación de las fuerzas constitucionales, una vez que hubo entrado en acción sintió que un viejo fragor le retornaba al cuerpo. A Varando no le importó que esos dos militantes, Iván y José, se hubieran entregado sin resistencia. Cegado por un morbo casi orgásmico, los fusiló para luego incinerar sus cuerpos con fósforo. No pareció importar que existiera una fotografía periodística que mostraba a los dos militantes vivos y desarmados con las manos sobre sus cabezas bajo la custodia del militar armado. Una maraña de medidas cautelares, jueces amigos de la corporación militar y medios de comunicación cómplices de la dictadura garantizaron que Varando volviera a quedar impune hasta pedir su retiro de la fuerza en 1994 –no sin antes recibir un ascenso– para convertirse en el flamante Jefe de Seguridad del banco HSBC ubicado en la esquina de Avenida de Mayo y Maipú.

Gustavo bajó del 126 a pocas cuadras de la Casa Rosada. Se sumó a esa marea humana que, tal como ocurriera un 17 de octubre lejano, ese 20 de diciembre de 2001 se movilizaba con una conciencia colectiva que los empujaba a ocupar la Plaza de Mayo.

Eliana, hermana de Gustavo, estaba sentada en la cocina junto a su mamá mirando atónitas lo que la televisión mostraba desde el lugar de los hechos. De pronto, el móvil que se encontraba en Avenida de Mayo al 600, frente a las puertas del banco HSBC comenzó a transmitir en vivo y en directo. “¡Mirá, mamá, ese es Gustavo!”, alcanzó a señalar Eliana.

Adentro de la sucursal del banco HSBC, el Jefe de Seguridad, el Teniente Coronel (r) Jorge Varando, giró la cabeza buscando a un gerente de traje oscuro que se encontraba parado frente a la puerta de un ascensor. Enardecida por los gases lacrimógenos, la multitud había roto uno de los vidrios del edificio. Las miradas se encontraron en silencio y el gerente, a la distancia gesticuló una orden silenciosa al asentir con la cabeza. Varando repitió la señal en muestra de haber comprendido su misión. Otra vez, aquel viejo fragor que sintiera en su juventud y luego en el regimiento de La Tablada volvió a apoderarse de él. “Tiren, carajo, no sean cagones”, ordenó.

A las 16:27 comenzaron a escucharse disparos de armas de fuego en la puerta del Banco HSBC. Las cámaras llegaron a captar un grito lejano que decía “¡Tiren, carajo, no sean cagones!”, y luego otro más cercano que exclamaba “¡Están tirando desde adentro!”.

A las 16:28, al ver que sus hombres dudaban, el propio Varando se adelantó, desenvainó su pistola 9 mm y buscó un blanco al azar. Encontró a un joven muy alto y delgado al que asestó un disparo certero en la cabeza. En ese momento comenzó una balacera que llovió cobardemente sobre los manifestantes.

A las 16:28 Eliana y su mamá vieron, en vivo y en directo, cómo Gustavo era alcanzado por una bala y se desplomaba frente a las cámaras. Al igual que Darwin Pasaponti, el joven mártir de aquel lejano 17 de octubre, Gustavo se convertiría en el primer muerto de ese 20 de diciembre.

La causa judicial que sobrevino fue oscura y enmarañada. Una red de medidas procesales, jueces dilatorios, políticos implicados, policías encubridores y medios concentrados de comunicación (que manipularon a la opinión pública) garantizaron que nadie fuera condenado por las muertes de aquella jornada. Si bien todas las pruebas fílmicas y los testigos apuntaban al Teniente Coronel Varando como el autor material del asesinato de Gustavo Benedetto, la Corte Suprema de aquel entonces determinó que, por no haberse encontrado el casquillo servido de la bala que provocara la muerte, primaba el beneficio de la duda. Así, una vez más, el asesino y represor quedaba impune. Tampoco se pudo comprobar en sede judicial que el Jefe de Seguridad hubiera recibido una orden directa del Gerente del Banco para comenzar una represión absolutamente ilegal por parte de una entidad privada en contra del pueblo. A pesar de los hechos acaecidos, o tal vez gracias a ellos, el banco HSBC nunca lo removió de su cargo.

Años más tarde, con un gobierno diferente dirigiendo las riendas del país, una investigación judicial originada en Francia demostró la existencia de, por lo menos, 4040 cuentas secretas de ciudadanos argentinos radicadas en el exterior. Grandes empresas, empresarios poderosos, narcotraficantes, políticos y faranduleros habían utilizado los servicios ilegales de ese banco para lavar dinero y fugar cientos de miles de millones afuera del país, en una verdadera asociación ilícita en contra del Estado Nacional y de todo el pueblo argentino. Muchos recordaron a aquel jefe de la mafia norteamericana que, siendo culpable de cientos de crímenes terribles habría de ser finalmente encarcelado por evasión de impuestos. Un Banco que no tiene reparos en contratar a alguien acusado de ser autor de delitos de lesa humanidad es, sin dudas, capaz de hacer cualquier cosa.

Hoy, en Avenida de Mayo casi esquina Maipú, en la puerta del banco HSBC, un humilde monolito de azulejos blancos reza: “Aquí murió Gustavo Benedetto. Tu mamá y tu hermana no te olvidan”.

  • Facebook
  • Google Plus