Cuentos con historia

¿Cómo le explicás a una hija de diecisiete años lo que es la política, cuando nada parece que le importa demasiado? ¿Cómo le explicás lo que es la militancia?

Flores florecidas

Texto:


¿Cómo le explicás a una hija de diecisiete años lo que es la política, cuando nada parece que le importa demasiado? ¿Cómo le explicás lo que es la militancia? Tampoco puedo culparla, si yo la tuve en pleno menemismo, y la primera vez que me preguntó algo fue cuando tenía 8 o 9 años y estaba aterrorizada con lo que veía en la tele el 20 de diciembre. Yo la tuve que llevar conmigo a las asambleas populares, pero en ese momento todo era “que se vayan todos”; además, yo sé que se dio cuenta de que lo del “Club del Trueque” era porque no nos alcanzaba. ¿Qué puede hacer una mamá sola como yo? Yo, que nací con Videla, que me ilusioné con Alfonsín cuando era una nena y descubrí la democracia y que me comí la película del “Primer Mundo” hasta que fui mamá, a los 20 años. Fue en ese momento que me cambió la cabeza, y por esas cosas de familia me empecé a acercar a la Jotapé. Ahí empecé a darme cuenta de que eso no era el peronismo que mis viejos me habían contado toda la vida, y desde entonces no dejé la militancia. ¿Qué le puedo explicar de la resistencia que hicimos en los noventa, o de Néstor y Cristina, si todo lo bueno que está pasando a ella le resulta natural, como si siempre hubiera sido así? Y cuando le quiero contar de todas estas cosas me dice “ay, mami, a la profesora de historia dejála en el colegio, no me vengas con tu trabajo a casa”. O hace diez días, que fue 17 de Octubre y cometí el error de invitarla a que fuéramos juntas al acto que se hizo en River: “no puedo, me voy a juntar con las chicas en el shopping”, dijo, y me partió al medio. A veces me parece que la presiono demasiado, que tengo que dejarla hacer su propio camino y si la militancia le llega, que le llegue cuando sea su momento. Pero es que se me estruja el alma de saber que se está perdiendo este momento histórico, que tiene la suerte increíble de ser joven en una época de avance del pueblo y de conquistas sociales. Si hasta me cuestionó esta mañana cuando salí temprano de casa para hacer el censo. “Te matás trabajando en tres colegios distintos, y encima vas a trabajar gratis para esto del censo”, me acusó. “Es que éste censo es muy importante para el país, vamos a tener los datos de cómo impacta la inclusión social”, quise explicarle, pero me di cuenta de que ella hubiese preferido que me quedara en casa para pasar el día las dos juntas. “Entonces yo me voy a la casa de papá, vuelvo mañana a la noche”, me dijo al despedirla casi como un castigo por irme.Esa mañana de octubre el clima estaba incierto. Me había tocado censar una villa más o menos cerca de casa, pero esos pasillos no me eran desconocidos. Yo daba clases en el barrio, y casi todos por allí eran alumnos míos, o lo habían sido, o lo habían sido sus padres en la nocturna. Me causó gracia porque anoche en el noticiero del 13 decían que en muchos barrios no te iban a abrir la puerta por el miedo y la inseguridad. Acá, en la villa, el barrio estaba más limpio que nunca; la gente te abría sus casitas pobres e impecables, y tuve la sensación de que usaban sus mejores prendas para recibir al censista. Ya llevaba tres casas hechas y me habían convidado mate y tortas fritas como para engordar a un regimiento. Cuando me dispongo a golpear la puerta de la cuarta casa, me detuvo un lamento desgarrador que venía desde adentro. Mi puño se congeló cerrado, y lo primero que se me cruzó por la cabeza fue que podía tratarse de un caso de violencia doméstica, por lo que golpeé la puerta enérgicamente. La chapa se abrió, y una mujer de mi edad se asoma bañada en llanto. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró de los hombros y me abrazó como si fuera una hermana suya o algo así. “¿Qué pasa, qué pasó?”, le pregunté, pero la mujer no podía articular palabra entre sus quejidos de angustia. Me agarró de la mano y me llevó adentro. Tapándose la boca con una mano, señaló el televisor. “MURIÓ NÉSTOR KIRCHNER”, decía la placa roja. Al principio no podía creer lo que estaba leyendo. La madre de casa estaba llorando; dos pibas adolescentes, una de ellas con su beba y la abuela, todas estaban llorando. En ese momento comprendí que era cierto. Néstor había muerto. No pude ni quise contenerme, y me largué a llorar yo también, y tuve que abrazar a la mujer para poder llorar juntas, y una de las hijas vino a unirse a nosotras. En ese momento veo que la abuela, caminando como podía, le puso una vela encendida al retrato de Eva Perón. Y entonces me vino a la mente esa foto de Evita en la que está flaquita, en la cama, consumida por los dolores y casi sin fuerza, pero colocando su voto en la urna. Miré a mi alrededor, y pude ver a un grupo de mujeres de varias generaciones llorando porque tenían conciencia de lo que acababan de perder. Pensé en Cristina, que se había quedado sola. Pensé en mi hija, y en mí misma. Y no tuve ninguna duda de lo que tenía que hacer: Si la vida y la militancia me llevaron a estar en esa casita justamente en ese día, yo no podía fallarle a ninguna de todas esas mujeres. Decidí que mi mejor homenaje a Néstor sería continuar con el censo hasta el final. Ser el hombro que contenga la tristeza de los más pobres si fuera necesario. Mi corazón y mis entrañas se llenaron de fuego femenino, y me entregué a la tarea que me había propuesto.La jornada fue larga y agotadora. Llegué a casa tardísimo, muerta de hambre y a punto de caerme de cansancio. Cuando abrí la puerta y estaba todo apagado me acordé de que Victoria se quedaba a dormir en la casa del padre. Abrí la heladera y encontré una pata de pollo y dos alitas. Después me tiré a la cama y me dormí vestida.

De pronto un portazo me hizo despertar de un salto. “¡Mamá, mamá!” escuché los gritos de Victoria, y el reloj marcaba las 13:30. Me abalancé hacia la puerta del cuarto, cuando ella me ganó de mano y me abrazó llorando desconsolada. “¡Se murió Néstor Kirchner, mamá! ¡Se murió Néstor Kirchner!”. En ese momento, llorando con mi hija en brazos, acariciándole el pelo para poderla calmar, miré al cielo y me pareció escuchar la voz del flaco que decía: “Florecerán mil flores”.

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