La Pilastra de Arturro

Hola, mi nombre es Arturro Jauretche y por mí que el doctor Castro se vaya a la recalcada vida paradisíaca que le espera luego de su muerte. El Síndrome de Hubris del que habla el doctor es lisa y llanamente un invento de mierda. Agarrate cuando a la señora le dé una gastroenteroCastritis aguda y te asalte el Cuartel Moncada.

El virus de la tilinguería

Texto:


EL REY ARTURRO

Es que es así compatriota. La inflación te toma el pelo. No sabés como me bajó el nivel de queratina con el asunto del tomate. Tomátela. Siempre lo mismo. No me gusta eso de andar gondoleando por los mercados sin poner nada en la canasta. Además son bravos los chinos. Te cobran el frío y te filman. Cada tanto se cargan a alguno. Si se zarpan con los precios bajos, los bajan. El tema es cuando nos zarpamos con los precios altos. Y el problema no es el precio del tomate sino su capacidad de verosimilitud y contagio. Hay mucha gente que piensa que el tomate no es una fruta. Que el tomate es una verdura. Y efectivamente hay que señalar que el tomate suele tirarse a la verdura. Justamente es la verdura el problema del tomate. Que esté a cuarenta pesos puede generar indignación, resignación o renuncia. Lo patológico, es atomatarse. Encapricharse con el tomate. ¿Cuarenta mangos? ¡Metételo en el upite! Me quedo con el médico de los pobres, me quedo con el repollo. ¡Por supuesto que sí! Ni lo dudo hombre. Y si no llega a ser pollo, le pongo huevo. ¿Sabés lo que hice? Me crucé a la pescadería y me compré 2 kilos de rabas.

El gran negocio no está en el precio sino en lo que se genera alrededor de ello. La inflación es una fisura. Un pequeño intersticio que es pan comido para los productores de la seguridad. Claro que es una representación social que está en crisis pero vender su ausencia se ha convertido en la acrobacia de la tilinguería. El gran tema de los argentinos es el miedo. Por eso amamos a Maradona, porque él no lo conocía. La cosa está en lo que podría llegar a pasar. El escenario del futuro se convierte en una gran presión para la vida cotidiana. El verbo condicional abre una puerta trasera que instala la sospecha. La vida y la muerte también son variables de consumo. En un país que todavía no ha terminado de reparar en el vaciamiento del Estado y en cuyo agujero más profundo yace la creencia de que el dólar es moneda nacional, hay que saber cuidarse el culo. Lo que simula ser moneda nacional, se vuelve corriente y te atomata. Te mata.

Gastroenterocolitis. El doctor lo dijo clarito. Es una estructura de orden viral. No tiene nada que ver con los ocho platos de rabas y los doce litros de cerveza que nos clavamos mirando el partido de Argentina. En el programa de los gordos dijeron que algo así era un exceso. Pero yo no me hice cargo. Conservo la cintura a pesar de mis tantos años. En unos días cumplo 112 y les puedo asegurar que nunca me había pasado algo semejante. Me acuerdo del partido entre Cláypole y Victoriano Arenas en donde hubo 36 tarjetas rojas. Los 22 titulares y los 14 suplentes. Con la nómina de “gresca generalizada” el árbitro Damián Rubino dio por finalizado el encuentro una vez que los rajó a todos. Es el ejemplo más alto de la expulsión. Y así me siento. Hueco. Vacío. Pero no limpio. Más bien me siento cagado y vomitado por el peor de los verdugos, mi propio cuerpo.

Y claro que me dio fiebre en un momento. Pasé los 39 y todo. Pero estuve investigando un poco del tema. Las estructuras de orden viral son creadas en los laboratorios de la tilinguería y difundidas por las calles a través de tecnologías elitistas, desconocidas por la genética de las clases medias bajas en ascenso. La gastroenterocolitis viral es una afección que se produce por una variedad de organismos unicelulares que obtienen vida chupándole la sangre a las células ajenas. Así como existen las armas bacteriológicas, existen las armas virales. Luego de varios experimentos, llegué a la conclusión de que hay otro tipo de gastroenteritis a la que voy a llamar satelital o de fibra óptica. Se trata de un puntero parasitario que a través de promesas vitales, absorbe la identificación de los órganos y le manipula los deshechos. La bajada de línea inflama los intestinos y el estómago. Estos fulanos pueden contaminar cualquier muestra de la realidad que uno pretenda incorporar a su organismo. Son microscópicos fragmentos de pantalla que salen de ella imperceptiblemente y se cuelan por la retina de los ojos hasta invadir la corteza cerebral. Un neurotransmisor interpreta la intromisión como una señal bioquímica que proviene del estómago y el aparato psíquico devuelve a la conciencia un representante lingüístico al que normalmente conocemos como mierda. Hola, mi nombre es Arturro Jauretche, y con las nuevas pastillas de carbón de YPF que empecé a tomar, la industria del odio perderá su hegemonía.

Por supuesto que yo me pregunto, ¿qué es una gastroenterocolitis viral al lado de una colección subdural crónica? Yo me vomito una rabas en tempura lupular y me echo unos buenos sifonazos de mierda que los limpio apretando un botón y me quejo como si fuera imprescindible para alguien. Bueno, lo soy para el pescadero. Pero el caso de la señora jefa es mucho más grave. Parece haber acumulado tal colección de mierda que se le inundó la terraza. Y cuando digo colección no abrevio la cantidad aunque la calidad es impactante. Se superan. Una y otra vez. No alcanzaría el riachuelo para fabricar tanto tereso y arrojarlo al mundo como si fuera un arma bacteriológica o un virus subdural, que dura en el subconsciente y se instala como un agente teresocrático capaz de colarse por el recto cada vez que uno se tira un pedo. Porque la televisión a veces entra por el culo. Y ojo los que se duermen con el aparato encendido porque la zona está más fértil. El polo motor se apaga y las ideas entran por los agujeros. Por las orejas y por el culo. Yo nunca le daría la espalda a la pantalla. Primero se apagan los ojos, mucho después la tele. Y cuando uno se despierta piensa que todo está como lo dejó antes de dormirse. Pero eso es un gran error, de las ingenuidades más peligrosas que atraviesan a nuestra sociedad. Porque es hora de que todos sepan de que lo que no entra por el esófago, entra por el ojete.

Recién vino el médico y me dio el diagnóstico en el ascensor. Ni me revisó el muy cagón. No chequean nada estos impresentables. ¿Qué me dijo? ¿Qué me va a decir el medio pelo? Gastroenterocolitis viral. Lo miré con la ironía de Juan. Con la sonrisa de Luis. Como si la medicina no fuera también un negocio de la vida y de la muerte. No me quedó otra que apagar la tele. Me fui hasta el chino convencido como nunca de qué era lo que iba a buscar. Pedí 50 pesos de frío para bajar la calentura. Tuvieron que vaciar la heladera y me dejaron meter la cabeza unos sesenta segundos. ¡Qué buen invento la heladera! No hacía falta inventar un aparato para quemar cabezas. Todo por culpa de la Guerra Fría. ¡La heladera! Ahí tenemos que meter los precios pero no los valores. Las cosas valen por lo que son, no por el miedo de que no sean más lo que eran. ¿Querían que me enferme? ¿Querían que se enferme la señora? Bueno sí, me terminé cagando. Pero no les tengo miedo. Sé perfectamente lo que es cagarse bien encima. Así me desperté esta mañana. Como un niño. Te lo digo en tu idioma, tilingo: como un enfermo mental que no tiene otra cura que la libertad.

Hola, mi nombre es Arturro Jauretche y por mí que el doctor Castro se vaya a la recalcada vida paradisíaca que le espera luego de su muerte. El Síndrome de Hubris del que habla el doctor es lisa y llanamente un invento de mierda. Agarrate cuando a la señora le dé una gastroenteroCastritis aguda y te asalte el Cuartel Moncada.

  • Facebook
  • Google Plus