Cuentos con historia

“Tenés que rajarte, Puño, que vas a ser boleta”, le decían sus compañeros mineros de la Patagonia. Luego de muchos dimes y diretes, el “Puño” aceptó partir.

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Cuando la sirena del barco sonó grave y penetrante anunciando el arribo al puerto de Buenos Aires, Bergel, otro inmigrante español entre tantos miles, estaba releyendo (con muchas dudas) la carta entre sus manos. En ella, unos compañeros republicanos que también habían escapado del régimen franquista, lo invitaban a un lugar más lejano todavía que Buenos Aires, una tierra inmensa y vacía a la que llamaban “Patagonia”, y a un pueblito muy pequeño, pero con gran futuro, al que denominaban “Caleta Olivia”. Le hablaron de petróleo, de trabajo, de casas para los obreros y de algo que llamaban “YPF”. La sirena lo hizo comprender que para desembarcar era hora de recoger la pequeña maleta y el estuche conteniendo su saxofón. Bergel cenó, se bañó y durmió esa noche en el Hotel de los Inmigrantes, cerca de la zona conocida como “el Retiro” y, para su sorpresa, no le cobraron nada. Incluso, cuando a la mañana siguiente manifestó su voluntad de radicarse en Caleta Olivia para trabajar en el petróleo, los funcionarios rápidamente le consiguieron un pasaje gratuito. En medio de su asombro, pensó: “Esto no parece ser 1947”.Un viaje que parecía interminable por un mar de llanuras y estepas lo depositó en el abrazo de los compañeros que lo esperaban. Apenas unos días después se encontraría a sí mismo convertido en un trabajador petrolero y recibiría una casa en el llamado “Barrio YPF” en Cañadón Seco, a unos 12 kilómetros de Caleta Olivia. Pero su pasión por la música y el saxofón que lo llamaba desde el estuche fueron más fuertes que él. Pronto había organizado una orquesta con los mismos compañeros de YPF, en la que era el director. La orquesta amalgamaba una variedad de ritmos acordes a las procedencias de los músicos: los pasodobles y las canzonettas se entremezclaron con los valses y los tangos. Así, la pequeña orquesta de trabajadores petroleros se fue convirtiendo en uno de los más esperados eventos culturales de una comunidad casi aislada en el fin del mundo. En una de esas presentaciones, Bergel conoció a Hortensia.Hortensia era una maestra local proveniente de lo que por ese entonces llamaban las “familias pioneras”. Si bien era muy joven, contaba con el respeto y el cariño de toda la comunidad y de múltiples generaciones: había enseñado a leer y escribir a niños y ancianos por igual. Hortensia era hermosa e idealista. Cuando concurrió aquella noche a la peña organizada en la escuela, nunca pensó que habría de conocer al amor de su vida. Por supuesto que la presentación de la orquesta era un acontecimiento social de alta envergadura. Pero en el momento en el que Bergel, en medio de una pieza, se puso de pie y ejecutó su solo de saxofón, ella sintió en el centro de sus vísceras que la sensualidad de ese instrumento que la invadía era el espíritu del hombre que lo ejecutaba. Una vez finalizado el número musical, Hortensia se esforzó por ponerse en la línea visual de Bergel (aún sin saber su nombre) buscando que él la notase y le hiciese algún comentario. Pero Bergel nunca se animó. Sin embargo, la joven maestra, acostumbrada a los vientos del sur, no habría de quedarse conforme. “Hola, yo soy Hortensia”, se acercó extendiendo la mano. Él sólo reaccionó estrechando la de ella. Apenas bastó ese contacto para que ambos supieran que habrían de estar juntos para toda la vida.En 1952 no había hospital en Caleta Olivia, por lo que todas las parturientas se trasladaban hasta Comodoro Rivadavia, al hospital de YPF. Bergel esperaba ansioso en la sala de espera cuando una enfermera se acercó y le dijo que Hortensia y él ya eran padres, y que se trataba de un varón. Bergel convidó cigarros gruesos y carísimos a sus compañeros españoles, los mismos que lo habían recibido años atrás. Rato más tarde pudo conocer a su hijo en brazos de su mujer. “¿Cómo le ponemos?”, preguntó ella. “Walmir Oscar Montoya”, dijo el padre. Y así fue bautizado.

Walmir nació en 1952 y creció en Cañadón seco. Tal vez por la influencia de la sangre o por esa orquesta de trabajadores que dirigía su papá, el “Puño” (como le decía su abuelita) mostró desde siempre una pasión por la música y las artes. Desde su niñez se inclinó por las percusiones, y se hizo baterista. Walmir amenizaba el tedio patagónico en las reuniones sociales. Además de integrar la orquesta que dirigía su papá, supo brillar como mago, payaso y actor.

El sueño adolescente de Walmir duraría poco. El Servicio Militar lo convocó en plena dictadura de Onganía. Nadie sabe qué pasó ni qué cambió en el corazón de Walmir en ese período. Muchos sostienen que un suboficial de raíz peronista les explicó a esos jóvenes lo que estaba sucediendo. Lo cierto es que, una vez finalizada la colimba, el “Puño” Montoya era un hombre; un hombre diferente. Salido de la conscripción, consiguió trabajo en las minas de Río Turbio, donde se convirtió rápidamente en dirigente del “Frente de Masas Gremial”. El 24 de marzo de 1976 lo sorprendió luchando por la causa obrera.

“Tenés que rajarte, Puño, que vas a ser boleta”, le decían sus compañeros mineros de la Patagonia. Luego de muchos dimes y diretes, el “Puño” aceptó partir. Pero partió hacia la ciudad de La Plata, para seguir militando. Ya en la capital bonaerense, y en la clandestinidad, Walmir conoció a una chica preciosa: se llamaba Laura.

Laura era estudiante de historia en la Universidad Nacional del La Plata. Su militancia política y el peligro que corría la habían alejado bastante de su mamá, Estela. Estela era una maestra de grado muy respetada en su comunidad, a la que su hija adolescente le dio una enseñanza que Estela nunca habría de olvidar: “Muchos de nosotros vamos a morir, pero no será en vano”, le dijo Laura. Estando ya en la clandestinidad de la dictadura de Videla, Laura conoció a un payaso, actor, músico y minero que venía del sur. Su nombre era extraño. Se llamaba Walmir, aunque el resto de los montoneros le decían “Chiquito” o “Capitán Jorge”. Ella se esforzó por ponerse siempre en la línea visual de Walmir (aún sin saber su nombre) buscando que él la notase y le hiciese algún comentario. Pero él nunca se animó.

Finalmente, la joven se acercó y le dijo: “Yo soy Laura”. Walmir “el Puño” la miró por primera vez frente a frente: era una morocha bellísima, con unos ojos enormes y rasgados y unas pestañas infinitas. Y fueron esas pestañas infinitas las que, al cerrarse, le soplaron en su rostro los vientos del sur que traía en el alma. Corría un tiempo de clandestinidades, pero no de amores clandestinos: en todo caso, eran amores ocultados.

Meses más tarde, Laura y Walmir se encontraron en un bar de la ciudad de Buenos Aires. Algunos afirman que fue en “La Perla”, en la esquina de Rivadavia y Jujuy. Cuentan que en esa mesa de la ochava, Laura le dijo escuetamente: “Vamos a tener un hijo”. Los ojos de Walmir se llenaron de orgullo, justo cuando la puerta vaivén se abrió estrepitosamente. Un “grupo de tareas” los arrastró de los pelos, los metió en un auto y los encapuchó para siempre. Laura se despertó del desmayo con la voz de Walmir suplicando que se detengan. Alguien le quitó la capucha y la visión pasó de turbia a focalizada. Laura gritó: “No lo maten, que estoy embarazada”. Un breve silencio se produjo. Entre las sombras, un personaje de gafas negras preguntó: “Así que estás embarazada…” Walmir llegó a decirle: “Ponele como a tu papá”, a lo que varios respondieron con una balacera sobre el arrodillado. Catorce impactos en total, frente a los ojos atónitos de Laura. Pocos días después la trasladaron a otro sitio ignoto. Su embarazo avanzaba. Para cuando estuvo cerca del término, volvieron a llevarla a otra locación desconocida. Pronto comprendió que se encontraba en un hospital y, por la manera en que se hablaban las enfermeras y los médicos, supuso que se encontraba en el Hospital Militar. Allí nació Guido, su hijo. Una enfermera anónima, por algún motivo de humanidad, se lo trajo. Y ella pudo poner a Guido a beber en su teta amorosa de leche de madre. Estuvieron juntos sólo por cinco horas. Luego se lo arrancaron para siempre. Testigos del evento cuentan que una enfermera desconocida lloraba tapándose la boca.

Carlos “Pancho” Aguilar era criador de caballos “pura sangre” en Olavarría. Además, era el Presidente de la Sociedad Rural de la zona y muy amigo de Ramón Camps, Jefe por ese entonces de Policía Bonaerense. “Pancho” Aguilar había conseguido un bebé, un recién nacido que su amigo Ramón le había “entregado” bajo el pretexto de que “hay qu evitar que se hagan subversivos”. En uno de los vastos campos de Carlos “Pancho” Aguilar, trabajaban como puesteros un matrimonio de peones rurales, Juana y Clemente. Ellos deseaban ser padres, pero la biología no se los permitía. “Pancho” Aguilar llegó un día al rancho de ellos con el bebé. Juana preguntó por el paradero de la madre y recibió una respuesta tajante: “Lo abandonaron en la iglesia; pero ustedes no pueden decir nada”, sentenció Aguilar.

Juana y Clemente criaron con amor y dedicación a quien dieron el nombre de Ignacio. Se sorprendieron cuando desde la niñez el pequeño afirmó su vocación de ser músico. Los padres adoptivos lo apoyaron y muchos años después, Ignacio se convirtió en el director de la Orquesta Municipal de su pueblo. Para orgullo de Juana y Clemente, Ignacio se volvió un músico destacado, sin saber que también lo habían sido su padre y su abuelo. A instancias de un querido amigo suyo que había descubierto que era hijo de desaparecidos, pero sin saber que él mismo lo era, Ignacio se comprometió con la comunidad y con la democracia y participó de un ciclo conocido como “Música por la identidad”. Un día, Ignacio reunió el valor necesario y se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo para dar muestras de su sangre. En algún rincón del alma siempre había tenido dudas sobre su identidad. Poco después, recibió un llamado telefónico: “Vos sos Guido, el nieto de Estela”, le dijo su tía.

Hicieron falta treinta y siete años para que Bergel y Hortensia; Estela y Guido; Laura y Walmir pudieran volver a abrazar a Guido. Y en ese momento, sin que ellos lo supieran, se abrazaron cuarenta millones.

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