Escribe César Morielli [+]
Diez años despues
Agonía, sangre y renacimiento
Por Cesar Morielli

A pesar de lo que manifestó el ex presidente Fernando De La Rúa durante su campaña, los dos años que duró su gestión tuvieron muy poco de aburrido. Y mucho de desgracia. La crisis estalló en las casas y en las calles. Los medios estuvieron al pie del cañón para reproducir al instante los nuevos capítulos que escribía la historia, cada uno con su línea editorial. Los militantes y ciudadanos, germen de las prominentes juntas barriales que buscaban ocupar el vacío institucional del estado y que funcionaron a pleno luego de la crisis, coparon las plazas y las principales arterias porteñas. Nadie estuvo al margen de la hecatombe político-financiera que marcó un quiebre en la democracia institucional argentina.
¿Cuándo empezó todo? ¿Con el corralito o con el corralón? ¿Con el megacanje o con el blindaje? ¿Con el desfile de Ministros de Economía o con el Palacio de Hacienda a disposición del FMI? ¿Con la derrota del oficialismo a manos del PJ en las elecciones legislativas de ese año, o con el triunfo del voto en blanco o voto bronca? ¿La decisión de decretar el Estado de Sitio fue solo la frutilla del postre? Antes de que todo eso suceda en un puñado de semanas, hubo un neoliberalismo feroz y desideologizado que arrasó con todo. Un rejunte de espejitos de colores, camisas floridas, vacaciones en el exterior, microondas en cuotas, canchas de paddle, cocaína barata por doquier y montones de corruptelas que permitieron que el por entonces Jefe de Gobierno Fernando De La Rúa diera en la tecla afirmando que la fiesta se había terminado. Para algunos nunca había comenzado. Eran las palabras que casi todos querían escuchar. Pero no dejaban de ser solo eso, palabras.
Los capitales extranjeros favorecidos por el menemismo no se inquietaron ante la llegada del nuevo gobierno de la Alianza, una mezcla entre un ala supuestamente progresista de la UCR y el FREPASO, sectores del peronismo alejados del oficialismo del caudillo riojano. Hace poco más de diez años atrás, eran esos intereses financieros internacionales los que digitaban el rumbo político de la Argentina.
El fin del menemismo fue el fin de una burbuja que se debilitaba cada vez más. La ficción le estalló a De La Rúa, que siguió y obedeció al pie de la letra lo que le dictó el Fondo Monetario Internacional. El propio ex presidente admitió hace poco en una entrevista que una de las cosas que le admira a los Kirchner es la relación no dependiente que mantuvieron con el FMI y los órganos financieros internacionales. También admitió que en esos días de fuego fue un error escuchar los consejos que llegaban de afuera o nombrar a Domingo Cavallo al frente del Ministerio de Economía. Demasiados errores para admitir. El primer signo de un gobierno débil fue la renuncia del vicepresidente “Chacho” Álvarez.
Las medidas económicas poco felices le sacaron el reconocimiento popular de las urnas, y las elecciones legislativas del 2001 las ganó Clemente, Mafalda o alguna feta de mortadella. Así, el Peronismo consiguió la mayoría de ambas cámaras en el Parlamento, Ramón Puerta se quedó con la presidencia del Senado, y exigieron a De La Rúa que ceda en la agenda y que haga cambios. Y además, la realidad de aquellas horas generó un mito, que el propio ex presidente alimentó también en una reciente entrevista: “El peronismo instrumentó un golpe civil, trajo violencia a la Plaza de Mayo y conspiró con el FMI”. En ese diálogo con la prensa apuntó directamente a Eduardo Duhalde y a Carlos Ruckauf. Lo cierto es que los saqueos se dieron en las principales metrópolis del país, incluso minutos antes que en Buenos Aires. En el comienzo fueron sólo alimentos, pero luego se llevaron artículos de tecnología y de valor. Incluso cargados en automóviles que nunca podría poseer algún ciudadano de la clase marginal.
No se sabe puntualmente cómo empezaron los saqueos. Pero con la extracción de salarios controlados por el sistema financiero, el pago de alimentos en las despensas y supermercados acotados por la tarjeta Banelco, la fuga casi delictiva de los depósitos bancarios, la creciente pobreza y desocupación, y la ira irrefrenable contra la estructura política y sus representantes, es sólo un dato menor conocer dónde y cuándo comenzaron. Sin embargo, la denuncia de De La Rúa merece cierta atención y evidencia que el caldo se calentó también en la esfera política y partidaria. El presidente, además, perdió la confianza y el acompañamiento de sus propios correligionarios.
Con la furia social ganando las calles, también llegaron los muertos. Decenas a lo largo y ancho del país. El infierno institucional y económico se hizo sangre.
De La Rúa anunció el Estado de Sitio por televisión. Y, entre tantas anécdotas increíbles de aquellos momentos, llamó al director del FMI para pedirle disculpas. En una de sus últimas decisiones antes de abandonar la Casa Rosada en helicóptero, convocó al fotógrafo presidencial a su despacho y pidió que lo retratara mientras realizaba sus últimas tareas. De La Rúa hacía de cuenta que hacía cosas, solo para las fotos. Desenfocado, le preguntó a su secretario privado si había sacado todo, si había retirado la jabonera del baño. La literatura de lo que sucedía en el entorno presidencial parece salida del realismo mágico de García Márquez más que de las crónicas periodísticas.
Piqueteros, Madres y Abuelas, asambleas, vecinos indignados, militancia de base. Todos empezaron a copar la Plaza de Mayo desde bien temprano el 20 de diciembre. Las protestas habían comenzado el 19 y no se detuvieron durante la madrugada. La ciudadanía desafió al poder político y nació el “que se vayan todos”.
La oposición reclamó a De La Rúa un gesto de grandeza y el ex presidente terminó presentando su renuncia. Ramón Puerta fue nombrado en ejercicio del Poder Ejecutivo. Después llegaría la transición, con cinco presidentes y una navidad sin razones para festejar. El helicóptero despegó de la Casa Rosada y poco a poco los ánimos se aplacaron. Lo que vino después es motivo de otra historia, más reciente, que tuvo su bautismo de fuego en diciembre del 2001.












