Por Gabriel Martín Cócaro
“Hay tipos que tocan muy bien y hay otros que son la música”
En guitarra, Tomás Gubitsch

Tomás Gubitsch es guitarrista, compositor, director de orquesta y dueño de una trayectoria sin par. Nacido en Buenos Aires, fue criado en un ambiente intelectual y melómano. Su padre, inmigrante húngaro, poseía una fabulosa biblioteca que era consultada por Jorge Luis Borges. Su madre, de origen rumano, era dueña de una galería de arte y se vinculaba con pintores como Xul Solar, Antonio Berni y Raúl Soldi. Además de libros casi inhallables y cuadros de prestigiosos artistas, en la casa familiar había discos e incluso una guitarra con la que el pequeño Tomás jugaba. En 1967, con apenas diez años, era un asiduo concurrente al Teatro Colón para escuchar piezas de Ludwig van Beethoven o Wolfgang Amadeus Mozart. En una de esas visitas, descubrió “La consagración de la primavera”, de Igor Stravinsky. El impacto fue brutal. Similar al que, días después, sintió cuando adquirió “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, de Los Beatles. En la adolescencia, bajo influencia beatle y de Frank Zappa, formó diversas bandas. Cierta vez, el vendedor de un negocio de instrumentos musicales, lo vinculó con un sello que necesitaba un guitarrista de perfil rockero para una grabación. Tras ella, la discográfica lo contactó con el bandoneonísta Rodolfo Mederos, quien reclutaba músicos para un incipiente proyecto. Gubitsch entró al conjunto Generación Cero y registró el álbum “De todas maneras”. “Mederos me hizo escuchar a Troilo, Salgán, Pugliese y Piazzolla para mostrarme lo que no quería hacer. Si bien les tenía mucha admiración, su idea era generar algo nuevo incorporando al tango elementos del rock y de otras músicas”, recuerda el creador.
En paralelo al trabajo con Mederos, comenzó a relacionarse con Luis Alberto Spinetta. “El Flaco” lideraba Invisible, un sorprendente trío de rock progresivo que mutó con la incorporación de Gubitsch. Tras un par de shows de “fogueo” en la provincia de Santa Fe, su debut formal con el combo fue el 6 de agosto de 1976 en un colmado Estadio Luna Park. El cuarteto, completo con Héctor “Pomo” Lorenzo en batería y Carlos “Machi” Rufino en el bajo, grabó “El jardín de los presentes”, una obra plagada de viñetas urbanas, con una melancolía casi tanguera (reforzada por los bandoneones de Juan José Mosalini y Mederos) y portadora de gemas como “Los libros de la buena memoria”. “A ese disco le tengo muchísimo cariño. Sigue siendo escuchable, quizá más que otros, porque tiene un formato de canciones. A veces, las cosas menos pretenciosas son las que más perduran”, reflexiona el guitarrista. Tras la separación del grupo, se sumó al octeto electrónico de Astor Piazzolla con el que realizó actuaciones en Italia, Suiza, Bélgica y una seguidilla de conciertos en el Teatro Olimpia, de París, durante abril de 1977. Mientras tanto, en Argentina, el gobierno militar llevaba adelante su empresa criminal. Y Gubitsch, desobedeciendo la recomendación del autor de “Adiós Nonino”, denunció ante la prensa europea las atrocidades de la dictadura. Esto le valió: el fin de su vínculo laboral con Piazzolla, el secuestro de su pasaporte a manos del cónsul argentino en el país galo y el inicio, forzado, de una nueva vida.
En Francia, grabó discos en dúo, en trío, en quinteto y dirigió orquestas de cámara. ¿Con cuál de esos formatos se sintió más cómodo?
La fórmula del dúo permite mayor diálogo musical y libertad de movimiento. El trío o el quinteto enriquece más la propuesta en términos tímbricos, aunque da menos margen de improvisación. Ahora, trabajo mucho con grandes orquestas pero todo lo encaro con el mismo compromiso: dar lo máximo.
También colaboró con varios artistas, entre ellos, con el violinista Stéphane Grapelli. ¿Qué enseñanzas le dejó?
Él, poseía la capacidad de meterse dentro de la música. Tenía un compromiso físico, psíquico y afectivo con lo que estaba haciendo. Toqué con otros grandes como Steve Lacy y Michel Portal. De todos, rescato la misma actitud.
En el 2005, tras 28 años de ausencia, volvió a actuar en Argentina. Habrá sido una experiencia muy fuerte.
Viéndolo en retrospectiva, el país me echó. Durante mucho tiempo sentí un profundo dolor y no pude afrontar el regreso. Cuando estuve en condiciones de hacerlo volví y fue emocionante, difícil de describir con palabras. Hace 34 años que vivo en París, hablo muy bien el idioma, mi mujer es francesa y mis hijos también. Agradezco todo lo que me dio la vida en Europa pero esta es mi casa.













