Escribe Julián Saúd [+]
La historia la ganan los que escriben
Abran cancha
¿Qué mágico somnífero adormeció a nuestro país en una larga noche? ¿Qué sucedió mientras pensábamos que estaba todo perdido, que el fin de las revoluciones gobernaría nuestra historia para siempre?
Los vencedores de cada época hicieron desaparecer a sus oponentes física y culturalmente, quitándoles la altura de rival político. Siempre fueron los indios, los negros, los gauchos, los vagos, los inmigrantes, los cabecita negra, los subversivos, los villeros. Lo intentaron con San Martín cortándole los suministros, obligándolo a volver sin liberar Chile ni Perú. Antes lo hicieron con Belgrano “matándolo” de hambre. También con Moreno, esperaron que se vaya de viaje para envenenarlo. Dorrego, hijo de la patria, murió fusilado. Felipe Varela, con todo un pueblo atrás, no pudo contra los fusiles de Mitre que eran infinitamente más modernos que las lanzas de las montoneras. En el Paraguay, fue destruido el único foco de carácter nacionalista no controlado por los ingleses. El General que estaba al frente de la batalla era Mitre. Se calcula que el 75% de la población paraguaya fue exterminada.
Nos mintieron descaradamente. El gobierno de Mitre se estudió en las escuelas como el de la paz y la organización nacional, pero fue responsable de una sangrienta dictadura oligárquica. Sarmiento, el padre del aula, escribió a Mitre: “Si mata gente, cállese la boca. Son animales bípedos de tan infame condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor” (Refiriéndose al Chacho Peñaloza).
Los medios son la piel de la política
Basta revisar la tapa del diario Clarín del 24 de marzo de 1976: “Nuevo Gobierno”. La operación de los medios es la de contar la parte como si fuera el todo. Kirchner visibilizó lo invisible. Lo trajo a Magnetto a la contienda. Descubrió el velo de un poder acostumbrado a manejarse oculto: la dictadura fue una articulación militar con sectores civiles, grupos empresariales y mediáticos.
La dictadura necesitó a los medios para legitimar socialmente la represión y la entrega económica. A cambio se le “cedió” el control de Papel Prensa. La ecuación es simple: controlando el papel, controlan la palabra. Al nombrar lo innombrable, el gobierno logró que Clarín asuma su parte. La Ley de Medios los obligó a defender sus posiciones, sacando a luz un tramado monopólico de empresas que organizan la máquina de construir sentido común, desde el canal de noticias hasta las radios o internet. Un gran grupo económico que construyó un multimedio capaz de condicionar a cualquier gobierno o actor político, económico o social que interfiera en sus dominios.
Ya nadie podrá representar a “todos” y este es el punto creativo, la nueva realidad: si un medio se erige nuevamente como portavoz de todos, habremos retrocedido ya que es en la creación de un nuevo espacio de debate donde se reorganiza la disputa del poder. La Ley de Medios es sólo el primer paso para construir nuevas voces que expliquen viejos conflictos, porque los medios son la piel de la política, el instrumento de contacto con lo demás.
El conflicto llegó para quedarse
Vivir en el conflicto, con grises. Es muy cómoda la paleta de dos colores y sobre todo, si uno piensa que siempre está parado en el blanco. Afirmar con tanta severidad que este proceso es una continuidad inexorable del peor neoliberalismo, es no poder ponerse en el lugar del otro, es negar al sujeto que pretendemos protagonista. En criollo: “Si te llenás la boca hablando de los pobres y después decís que este gobierno es continuidad de los anteriores, no te estás poniendo en el lugar de esos pobres que hoy viven mejor”.
Que el voto cuota, que la asignación universal por hijo genera vagos, que lo que triunfa son los oficialismos, que no es más que una buena administración, que son puro cuento. Ahí están, esos son, los que siempre piden el agua antes que el vaso. Siempre están ahí, dando indicaciones de cómo ser más revolucionarios, de cómo darle una solución rápida a los problemas de fondo. Expropiando por acá, cortando cabezas por allá y de gobernar ni hablar. Porque cuando se trata de pararse en el centro del conflicto y meter las manos en la mierda, no están, ya se borraron, ya se fueron a seguir perfeccionando sus teorías, esculpiendo en sótanos ensombrecidos la luz de un nuevo mundo que nunca engendrarán. Las revoluciones son como aparecen, no como nos gustaría que fueran. Una revolución es fundamentalmente un proceso, no un hecho que cambia todo de la noche a la mañana.












