Escribe Enrique Vázquez
Hay otros sectores que también son pueblo y no son peronistas
Peronlandia
Más que la inesperada diferencia de votos entre Cristina Fernández de Kirchner y el resto, la gran revelación de las elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias –increíblemente malinterpretadas y desaprovechadas por todo el arco de partidos políticos- fue la existencia de un país peronista. Vivimos en Peronlandia.
Si a los votos propios del Frente para la Victoria –entre los cuales hay radicales como los de Misiones, Corrientes, Santiago del Estero y Río Negro, sin contar municipios del GBA más grandes que varias provincias juntas, como Vicente López y San Martín- les sumamos los de Duhalde, los de Rodríguez Saá, los de De Narváez, los de Juez y los de partidos que hace ya décadas se llaman neoperonistas como el Movimiento Popular Neuquino- para la oposición pura y neta apenas quedaría un 15 por ciento
Es muy cierto que el peronismo ha experimentado diversas y asombrosas mutaciones con el transcurso de los años. Algunas las protagonizó el propio fundador del “Movimiento”, que pasó de predicar “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, a conceder que “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”; de meter preso a Balbín a recibirlo con un abrazo en su propia casa. Otras las introdujo el presidente Menem, en alianza con Bunge y Born primero y con los Alsogaray después. Y todas esas variaciones tanto diluyeron la hosquedad del peronismo inicial –aquel del “cinco por uno”- como amalgamaron la polarización interna de los ’70, en un mundo que colaboró en ese sentido con la amputación ideológica que supuso el fin de la Unión Soviética, la caída en cascada de los regímenes socialistas y, casi por ley de gravedad, la volatilización de lo que alguna vez se llamó Tercer Mundo.
También es cierto que “la víscera más sensible del ser argentino es la billetera”, como ironizaba el líder guiñando un ojo, y en tiempos de bonanza económica nadie quiere cambiar el rumbo de las cosas. Pero si CFK cuadruplicó los votos de todos los otros peronistas juntos no fue como resultado de aquellas mutaciones, ni por el “viento de cola”, sino por méritos políticos exclusivos. El primero de ellos, haber gestado y expuesto una reformulación doctrinaria fundamental, cuando en Parque Norte corrigió al propio Perón: “Nosotros, los peronistas, somos pueblo, pero no todo el pueblo: hay otros sectores que también son pueblo y no son peronistas”.
Esa admisión de igualdad para los demás distintos, que deriva en la anulación implícita de la matriz totalitaria del peronismo (“el pueblo es peronista, por lo tanto el que no es peronista no pertenece al pueblo”, como se repitió desde los ’50 hasta los ‘70) fue decisiva para que, a pesar del dedito índice en ristre y los retos de maestra primaria, CFK recibiera un alud de votos previstos e imprevistos.
El otro factor imperceptible pero eficaz para licuar las resistencias del otrora antiperonismo duro fue la reaparición del debate en la escena intelectual argentina.
La discusión de ideas -obturada por la violencia de los ’70, el terrorismo de Estado de la Triple A y la dictadura, el posibilismo de la primera etapa de la transición democrática y la claudicación ante el Consenso de Washington en los ’90- resurgió de manera caótica con la crisis del 2001 y encontró cauce y estímulo desde los medios estatales de comunicación del 2003 en adelante. La última gran etapa de discusión de proyectos de país, de modos de construcción política, de soluciones imaginativas para los problemas coyunturales y estructurales de la Argentina, se había silenciado con la Noche de los bastones largos. Después ya no se intentó persuadir sino imponer; y llegado el caso, silenciar el disenso mediante el deletéreo recurso de hacer desaparecer al disidente.
Lo auspicioso es que el debate entre grupos y personalidades –desde Carta Abierta hasta el Grupo Aurora, o desde Horacio González hasta Santiago Kovadloff, pasando por Ricardo Forster y Marcos Aguinis, María Pía López y Beatriz Sarlo, Martín Caparrós y Juan José Sebrelli- tiene entre sus fogoneros al propio staff de funcionarios gubernamentales, como Aníbal Fernández y Héctor Timerman.
No deja de ser una pena que algunos periodistas -es decir: empleados de empresas de comunicación social- se sientan a sí mismos como protagonistas de la elaboración y el intercambio de ideas sobre el país y su pueblo. Ese papel nos excede largamente, por más que en algunos casos la actividad periodística se haya alternado o superpuesto con la docente o académica. El papel del periodista es el de transmitir, y eso que transmita debe haberlo percibido con sus sentidos o a través de fuentes diversas y confiables.
Si coincidimos en que la definición de Paul Shulze es idónea (“Comunicación social es la utilización, por parte de un grupo de expertos, de inventos mecánicos o tecnológicos para transmitir elementos simbólico-significantes a un publico vasto, heterogéneo y geográficamente disperso”) debemos admitir que hay un convencimiento previo, en el público receptor, acerca de la “expertez” de los comunicadores. Si esos comunicadores no son expertos, no saben hacer bien su trabajo, o admiten que les paguen para no hacer bien su trabajo (cosa muy frecuente en los medios de comunicación), se defrauda al público y sobreviene una merma de credibilidad.
Porque, entre otras cosas, la credibilidad se obtiene mediante recursos tangenciales: si un Canal transmite los partidos de fútbol en los que el resultado de su transmisión coincide con las estadísticas de la AFA, habrá una tendencia natural del público a creer que muchas de las otras cosas que diga ese Canal serán igualmente ciertas. Si no, que lo diga el resultado de las primarias.












