Escribe Natalia Morandeira [+]
Ilustra: Lurdes Pogoriles
Cuento
La isla de Samora
Este cuento nació después de oír el relato de Martín Langbeing, isleño del Río Victoria.
Con el tanque de nafta vacío y el Victoria que se oscurece no se puede pensar así de fácil si se está amarrando en tierra segura. Árbol más, barranca menos, a tipos como esos no les hace ninguna diferencia esa isla y cualquier otra donde los lleve la corriente. Eso no se los achaco. Pero hay que ser zonzo para entrar a casa ajena así de confianzudos, con su aire aporteñado y pisando fuerte. No sabían, no tenían por qué saberlo, que estaban en la isla de Samora. El gualicho estaba de antes, estoy convencido. Pero esos dos lo ayudaron.
Los tipos llegaron una mañana por el lado del albardón, descalzos y en cueros. Temblaban en pleno verano, los mosquitos los cubrían de cabeza a pies y ellos parecían ni enterarse. Yo todavía no sabía que venían de lo de Samora; igual fue verlos y tener el mal presentimiento. Habían pasado dos semanas desde la bola de plumas, todo cerraba. Una bola de plumas que se te aparece en tu propia huerta no puede significar nada bueno, sobre todo si es una esfera perfecta, sin costuras visibles, y con las plumas grises brillosas. De paloma montera, quizás. Entreveradas unas con otras en una tarea del demonio. Una maraña de plumas la pueden armar unos gurises, un gato, hasta un lechuzón. Pero tal bola, no. Así, del tamaño de una pelota de fútbol y bien redonda y acabada seguro lleva malicia. Eso pensé en ese momento, antes de tirarle kerosene y prenderla fuego. Y eso volví a pensar cuando los vi aparecer a los dos desdichados. Malicia y desgracia.
–Buen día, don –me dijo uno que era pelado, con voz demasiado pausada, como en los programas de radio de la medianoche. El otro asintió con un gesto.
–¿Gustan pasar? –Me asombré de no conocerme a mí mismo porque fueron más las ganas de hablar un rato que las de echarlos con cualquier excusa. Los isleños tenemos un poco de eso, una necesidad de soltar las palabras y de afinar al detalle en qué anda el otro. A veces siento que es la curiosidad del río que nos empapa y pide que la calmemos; el río es uno sólo más allá del nombre que tenga en cada lado y va marcando a la costa, a los troncos de los árboles y a nosotros mismos con esas ansias de ocuparlo todo. Esperé a que dejaran de acercarse y les tendí la mano. Todavía tenían las palmas grasientas, como si los pajonales que cruzaron hasta llegar a mi casa ni los hubieran rozado.
–Con su permiso –dijo el pelado antes de pasar a mi casa, de nuevo con voz lenta. El otro se rascaba la nuca, no supe si por una picadura o si era un gesto de nerviosismo.
Adentro de la casa estaba más fresco que afuera y sin embargo fue entrar y que dejaran de temblar. Les señalé las sillas y puse la pava al fuego, dándoles la espalda unos minutos mientras el agua se calentaba. Eso es raro en mí, así me salió, sentía que la conversación no venía y los pensaba rascándose y soltando mosquitos como caspa. Cuando el agua estuvo, me senté y cebé el primer mate. Cuatro ojos marrones, blanqueados como con lavandina, me devolvieron la mirada.
–Preferimos agua–, me dijo el que aún no había hablado, con la voz también pausada pero algo más ronca–. Gracias igual.
La jarra estaba sobre la mesa. Bajé dos vasos del estante, se los alcancé y les pregunté de dónde venían. Los tipos se turnaron para contarme la historia. Qué decir del tiempo que estuve sentado a esa mesa escuchando a uno y a otro, que se pasaban la posta, se interrumpían, se interrogaban, hacían silencios mientras tomaban agua y discutían si una cosa fue antes de la otra a un punto insoportable. Así y todo falté a la changa que me había conseguido Guzmán, tampoco salí a buscar huevos de pato a la laguna y para peor trasnoché con sólo mate en el estómago. Todo el día me tuvieron, o los tuve yo a ellos, porque en un principio más bien depende de cómo uno quiera ver las cosas.
Parece ser que el plan era pasar un día navegando con la lancha de un tal César que no había podido tomarse el día en el trabajo, o que sí tenía franco pero su mujer no lo dejaba irse (en eso no se ponían de acuerdo). Habían salido bien de madrugada de Buenos Aires, primero en auto hasta Rosario y de ahí en lancha. Eso habrá sido varios días antes de que llegaran a mi casa, no me arriesgo a afirmar que fue el mismo día en que se me apareció la bola de plumas pero por ahí andamos. Cuestión que calcularon mal la cantidad de nafta. Acá también hubo discusión. El pelado decía que él había calculado bien y que fue el otro el que compró la mitad de lo necesario; el de voz ronca decía que su compañero le había pasado los litros de la ida nomás, sin contar el trayecto de vuelta, y que él no era adivino. No se peleaban, se contestaban con una calma impropia de la situación y nunca saldaban la disyuntiva.
Sea por lo que sea, que se quedaron sin nafta, se quedaron sin nafta. Unos improvisados. Ahí es donde digo que tendrían que haber bajado la cabeza y pedir ayuda. Y en cambio esperaron a que se les viniera la noche y remaron hasta la isla que tenían más cerca. La isla de Samora, justamente. La costa limpia, la barranca alta, los cuatro sauces bien alineados y la casa elevada varios metros sobre una montaña de tierra. Cualquier isleño la reconoce, la haya visto o no, desde pibitos llevamos bien adentro la imagen. Los tipos, con su ignorancia de ciudad, hasta pasaron por alto la descripción de la isla en su relato, se las tuve que sacar a tirabuzón. Y apenas supe que venían de lo de Samora, la bola de plumas se me hizo una obsesión de la que ya no pude salir. Adonde mirara la veía, era como si la tuviera detrás de los ojos, a punto de aplastarme los sesos.
El resto de la historia la escuché a medias. Los retos de mi padre cuando insistía en preguntarle por Samora se me mezclaban con el sonido de las palabras de esos tipos, y el color de sus ojos se me hacía uno con las manos de mi madre el día en que olvidó su enojo con Dios y rezó por mí y por los hijos de los vecinos. Samora propiamente dicho estaba en la voz de esos dos tipos cuando contaban que la casa estaba vacía, que parecía abandonada sobre todo por el olor a humedad y que durmieron en el piso de tierra. Recién al otro día amanecieron con hambre y uno corrió la cortina de la alacena y encontró los frascos. Tenía razón mi madre, los guardaba en frascos. Creo que fue el pelado el que primero habló del sabor, el mejor escabeche de su vida, mejor que el de vizcacha de Concordia, mejor que el de no sé qué restorán de Buenos Aires. Al otro le brillaron los ojos y creí ver la hebilla del cinturón de mi padre. “Ya sabés lo necesario”, me decía. La curiosidad del río ya me había nacido y yo seguía preguntándole a riesgo de que me castigase y encerrase. Los tipos habían metido las manos en los frascos y se habían mandado la carne a la boca, con una ansiedad que yo casi podía tocar en el aire.
Así que se quedaron un día más en la isla de Samora. Y otro, y otro. Mientras siguieron sacando frascos llenos, se quedaron. Sólo salían de la casa para tomar agua del río y para hacer sus necesidades, el resto del día comían y dormían. El cambio se dio de a poco y lo notaron recién cuando se quedaron sin escabeche. Parece ser que antes sabían reírse y hablaban acelerado como buenos porteños, y según dijeron todo eso lo perdieron por el empacho, por la pesadez de una digestión que se les hizo demasiado larga. Eso dijeron, pero fue por el gualicho, que ya estaba de antes y que los tocó a ellos y a mí. Entonces se encontraron solos con los frascos vacíos desparramados por la casa. Veintitrés frascos, es el día de hoy que lo pienso y me vienen arcadas.
Los tipos revolvieron bien al fondo de la alacena, con la ilusión de que apareciese algún resto de conserva. Si tuvieron suerte o no, no soy capaz de juzgarlo. Lo que pasó fue que debajo de un estante encontraron un sobre de papel madera y lo abrieron desesperados. Eran recortes de diarios. Samora había guardado todas las noticias, desde la de la desaparición de Cecilia Acosta hasta las más terribles de cuando ya se le había puesto el apodo. Los tipos cayeron en la cuenta y salieron disparados hacia el fondo de la casa. Se les habrá hecho un revoltijo, o no, ya estaban distintos. Sin saber bien a dónde iban, estuvieron varios días recorriendo campos y pidiéndole a otros isleños que los cruzaran de costa a costa. Fueron a mi casa por azar, dijeron; yo digo que algo tuvo que ver la bola de plumas, la desgracia que cayó en mi casa y los arrastró a ellos. Hablaban lento y tomaban agua. Cebados con el hambre de Samora. Conocían el gusto, tenían los ojos demasiado blancos. No tenían vuelta atrás, por más que hubieran venido a pedirme ayuda. Cebados con carne de niños. Así que en una de esas discusiones calmas que tenían, descolgué de la pared la carabina y les metí una bala en el pecho a cada uno. No reaccionaron, yo tampoco. Esperé sentado a que el sol saliera y despejara a la niebla de la mañana. Recién entonces los arrastré hasta la costa y los devolví al río.














