Escribe Mariel Iglesias
No hay peor mentira que la mitad de la verdad
La educación empieza por casa
Qué fácil es decir que un país necesita más educación. Está bien visto en cualquier programa político; para el discurso de la dama y el bolsillo de algún juez. Este año me pregunté por vez primera qué hacía un ángel en la Revolución de Mayo. Yo iba al San Roberto, una escuela primaria católica apostólica romana y privada, claro. Recuerdo que en el acto de tercer grado para el 25 de mayo del ‘95 estaban los indios (siempre con plumas y taparrabos), las negritas mazamorreras, los españoles colonizadores y los ángeles. Causa gracia desde mi posición actual, pero me desespera haber construido ciertas ideas en base a información que desinforma. Vestía una túnica blanca y bailaba en ronda junto a todas las otras identidades culturales: un ángel. Qué quilombo en la cabeza.
La escuela pública y obligatoria de Sarmiento, para todos excepto para la “barbarie”, lleva en el ímpetu homogenizador la terrible tarea de suprimir las diferencias. ¿De qué hablamos cuando hablamos de igualdad? ¿De un piso de derechos básicos? De qué manera igualar es no aceptar la diversidad cultural: homogenizar en términos de ir por un solo camino. Nos dijeron que éramos todos iguales, pero somos diferentes y esta bien que así sea (aunque cada vez más todos quieran ser rubios y esbeltos como Shakira). Sarmiento siempre miró hacia fuera, hacia Norteamérica, declarándose autodidacta, o sea sin reconocer los saberes que le trasmitió la familia y la comunidad, diferenciándose de su origen, construyendo en el imaginario social la idea de desierto para hablar de territorios que estaban habitados y repletos de historia, habilitando así al genocidio.
Los derechos humanos, otro pilar de los discursos políticos, son interdependientes. Si uno de ellos se cae, por efecto dominó, todos los demás se ven afectados: si no comés bien, no vas a poder pensar bien ni estar saludable. Tener vivienda no es lo mismo que tener vivienda digna. Por acción u omisión el Estado es el único que puede garantizar o violar un derecho. Sucede con la gente en situación de calle; sucede con la deserción escolar, cuando es el chico el que fracasa en la escuela y no la institución la que no lo contiene. Y el Estado no es un fetiche, sino gente concreta que ejerce hegemonía.
Incluir. Cuando educar sea habilitar hacia los derechos, recién cuando democratizar sea dar más de una posibilidad, cuando aquello que nos enseñan en la escuela de que hay un lugar en la sociedad para cada uno sea cierto (cuando no existan lugares de mierda), podremos hablar de una educación emancipadora.
En Santiago del Estero, el MOCASE (movimiento campesino) enseña a sus niños desde el jardín de infantes a plantar semillas. “Que los alimentos vuelvan a ser públicos”. Así plantean la soberanía alimentaria e impregnan sus prácticas educativas de subjetividad, integradas a la comunidad, al oficio. La idea de pertenecer a la tierra y no al revés. En épocas de industrialización, el gobierno peronista (1945-1955) hace aparecer la escuela técnica para integrar economía y educación. La escuela, los saberes que circulan en ella, siempre tienen que ver con su contexto histórico: somos herederos de las crisis del fordismo-keynesianismo, de la flexibilización laboral de los 90 (de la dictadura militar ni hablemos) y de las resistencias históricas para sostener una educación pública, laica y gratuita. Nos dijeron que Colón nos descubrió, nos juzgamos desde afuera, con el ojo de otro continente, renegando del lugar de donde venimos. De la era de la globalización, donde circula la información y se rompen los límites, donde la mano invisible del mercado vuelve a organizar todo, estrategia del capital para superar sus crisis. Banda ancha hay en todos lados, pero su uso es promovido para ver a Silvina Luna garchando con un ex en alguna región de Mendoza. La inseguridad, el individualismo, el creer que un pobre es pobre porque quiere, que un delincuente elige serlo, que todos tenemos las mismas posibilidades de elegir, son los paradigmas de hoy.
Que alguien me diga qué mierda hacía un ángel en la revolución de mayo. Y por qué toda la primaria miré al “indio” como se mira a un plumero. O por qué Cris Morena se encargó de hacernos creer que soñar es mirar por una ventana y que luchar por nuestros sueños es vestir a una adolescente de mini short y llenar el teatro Gran Rex. Cómo dice Violencia Rivas, “culo para salir en televisión, culo para vender tapa de empanadas”. En esta sociedad somos lindos, feos, gordos, flacos, ricos o pobres, todo eso antes que personas. La dicotomía es la forma de pensarnos, como en “civilización o barbarie”. Martí, en cambio, tenía una filosofía relacional, cultura y educación, trabajo y educación. Mejor ir notando que hacer bandera de más educación sólo nos invita a pensar lo otro: qué tipo de educación queremos.
Los espacios educan: el aula, la plaza enrejada, el acto del 25 de mayo, las caras de orto en el colectivo y en el subte, los trabajos donde cada vez menos trabajadores sienten las injusticias como propias. El vocabulario educa: hablar de desaparecidos en lugar de secuestrados, torturados y asesinados, hablar de delincuentes y de narcos cuando la policía persigue a los pibitos paqueros en lugar de ir a las cocinas de cocaína y pasta base, que todos saben en dónde quedan; hablar de la libertad de género y asistir a la impunidad de la trata de cada vez más mujeres, tener una calle que se llame Ramón Falcón, una que se llame EE.UU. y un monumento a Roca.
Naturalizamos todo aquello que en realidad es cultural. Miramos a la política como algo ajeno que nos cae desde arriba. Ni siquiera entendemos nuestra democracia, a quién votamos y cuánto poder ejerce. Meter las manos un poco en la mierda no nos vendría mal. Generar políticas asistenciales a veces urge, pero “la mano que da esta siempre arriba de la que recibe”, y la caridad sólo sirve para suplir las deficiencias del sistema. Pensemos en deconstruir de a poco lo que somos (¡un ángel en la Revolución de Mayo!), en tener una participación más activa en la producción y la crítica de los contenidos que se trasmiten no sólo en las instituciones, sino también en lugares de mayor alcance como en los medios, que invisibilizan lo que quieren y nos llenan la cabeza de prejuicios. Pensemos en una educación que se base en nosotros mismos y no en los de afuera. Dejemos de vanagloriar el afuera (¿dónde queda afuera?), de echar las culpas al inmigrante de que nos quita el trabajo; toda la vida hubo inmigración, pero claro, para decir que descendemos de Europa sí sacamos a pasear la sonrisa, para reconocernos en nuestros países limítrofes se nos frunce el culo y la nariz. Las tradiciones cada vez se conservan menos, tener un culto es ser supersticioso. Lo nuevo siempre es mejor que lo de antes y así tiramos a la basura el bagaje cultural histórico de toda América.
Vayamos hacia una educación que libere, que habilite hacia los derechos, que nos haga resistir con alegría y no bajar la cabeza con resignación y gastarnos el sueldo en boludeces para apagarla. Dejemos de apagar la cabeza y encender la educación. Hagamos un sinónimo de lo contrario, deconstruyendo para volver a construir. Todo Estado trasmite y las clases dominantes deciden qué. Hagamos como hace Evo Morales: “yo mando obedeciendo”. Tomemos en nuestras manos la tarea de que nos escuchen, de que nos representen, y sobre todo, de saber qué queremos decir. No se puede educar sin repetir, pero no hay que perder la dialéctica, el ojo transformador que hace dinámicos los dogmas en lugar de hacer de ellos algo así como un grano que no se puede extirpar.












