Escribe Ignacio Joaquin [+]

Basado en un hecho real

Me dormí en el bondi


Me dormi en el bondi

Abrí los ojos y lo primero que vi fue la nuca del chofer y después su cara por uno de los espejitos redondos. El bondi estaba vacío y el aire de la noche olía a metal. Me hizo una seña que no entendí bien pero su mirada de “Flaco, bajate” era indiscutible. Había llegado al final del recorrido en Retiro. Me bajé tambaleando sobre el escalón, caminé algunos metros medio dormido aún, y me alejé desconcertado. No hacía frío pero yo estaba en bermudas y ojotas, porque es una de las cosas que más disfruto de la primavera. Poder exhibir mis pies como si fuesen dos tetas apretadísimas en un escote blanco y azul. La noche ya era madrugada. Miré la hora en el celular y eran las cinco. El bondi llegó rápido así que el recorrido Flores-Retiro lo había hecho en cuarenta minutos, pero… ¿estaba en Retiro?

Miré a mi alrededor y no encontré ningún punto de referencia, ya no estaba pisando la vereda ni el asfalto. Di un paso más hacia delante y tuve que admitir que sin saber bien cómo me había metido en la Villa 31. Lo primero que me llamó la atención son las construcciones. Completamente inauditas, casi surrealistas cuando se descubren puertas en los segundos pisos por los que se accede por fuera subiendo unas escaleras irregulares y que nada pueden envidarle a las de Escher en complejidad y funcionalidad. Pero eran las cinco de la matina, no me sorprendían las puertas en los segundos pisos. Me sorprendían las puertas en los terceros, en los quintos, que la villa siga la tendencia del valor del metro cuadrado y se vaya para arriba, aunque seguro que el afán no es económico sino casi espiritual, tener un pedazo de aire que los acerque más al cielo y tenga una parabólica para el cable satelital.

Seguí caminando, asumiendo que si quería volver a mi casa iba a tener que preguntarle a alguien por la salida, a la vez que buscaba a alguna persona. Cada paso que daba deshacía los prejuicios y me demostraba a mí mismo una vez más que el miedo se mide sólo por la percepción del riesgo o la amenaza y en determinadas condiciones uno mismo termina fortaleciendo ese miedo sólo por hacerse cargo de la pesadilla que nos venden los medios o la ignorancia propia. El miedo real sería lo no decible, eso que subyace en cualquier emoción como la sombra en el lado oscuro de la luna o ese pedacito de territorio debajo de nuestros pies al cual nunca le llega el sol sólo por eso, porque ahí estamos parados pisando y tapando algo más real. En la villa viven chorros, viven vendedores de paco y cocaína, viven hombres que le pegan a sus mujeres y mujeres que mandan a sus hijos a pedir plata en el subte. Pero también viven trabajadores, estudiantes, músicos, poetas, inmigrantes y argentinos, jugadores de futbol y chicas fanáticas del rock-pop inglés. Vive gente igual que en Palermo, Caballito o Paternal.

Así que seguí mi camino y de lejos escuché música alta, una canción de Rafaela Carrá que siempre la asocié a la fiesta. Me apuré para llegar al lugar y había dos en una puerta tomando cerveza en vasos de plástico. Sabían que yo no era del barrio, pero imaginaron que era un invitado a la fiesta que transcurría adentro. Se hicieron a un lado y les expliqué que no, que estaba perdido, que quería llegar a la parada del 5, porque me dormí en el bondi (se rieron) y bueno, hace rato andaba dando vueltas por la villa, me miraron nuevamente de arriba abajo y ahí se quedaron, en mis ojotas (volvieron a reírse) y luego uno se metió para adentro y el otro que bueno, que camine hasta el final de esa calle, después a la izquierda, hasta un descampado que era una canchita, qué groso que tienen canchita, ah sí, claro, cómo no va a haber canchita. Seguir derecho hasta el kiosco en una esquina, en esa esquina doblar y caminar hasta el fondo, ahí estaba afuera. Caminé dos cuadras más y ahí estaba la estación de ómnibus, el resto fue fácil.

En el bondi no me dormí y me fui pensando en que es más factible que la física cuántica nos explique mejor la ansiedad y el miedo antes que la psicología encuentre en la vida otra justificación existencial más honesta que la del entorno de la crianza. ¿Es todo un mecanismo condicionado por el nido del que volamos? Entiéndase por nido la casa materna, el remís donde nos quedamos dormidos sobre el regazo de la abuela o el mate que nos cebó alguien y no nos quemó la lengua si no el alma. Hasta dónde volar depende de la actitud de cada uno, hasta dónde dejar que el miedo te paralice y te deje encerrado y eso entonces te alcanza para comprarte un auto, una casa. Quizá no. Podés querer ser el tipo que desde un transbordador mira el planeta y mientras se le pianta un lagrimón le vienen los deseos de volver a la Tierra con su humanidad y las ganas de cagar al mismo tiempo. ¿Acaso no hay otra posibilidad que la de ser hombre y repetir estúpidamente el miedo de todos los hombres? No lo sé, pero espero que ese tipo en el baño del transbordador esté leyendo Hamartia y diga: –Carajo, a la mierda con el miedo, yo pongo un tema de Rafaela Carrá e invito a mis vecinos a la luna.

zapatillas


Publicado el 23 Noviembre de 2011
Comentarios

Podés ingresar una foto para tus comentarios en Globally Recognized Avatars (http://gravatar.com) con tu misma dirección de e-mail y también podés comentar la nota en nuestro Facebook.

Escribe tu comentario
Nombre *
Website
Comentario

Aviso: Su comentario pasará por moderación. Por favor, no lo reenvie. Gracias.