Escribe Silvana Jáuregui [+]
Hartos del olvido
El nombre de las cosas
Cuando decimos ciertas cosas, utilizando frases o palabras, quizás no reparemos en el sentido de las mismas. Tal vez tiene que ver con situaciones poco pensadas o simplemente porque creemos haber obtenido la autoridad para decirlas, o porque quizás nuestro interno saber jugó como realmente sentimos. Estar harto, supone que no quiero ni por asomo que me hablen de aquello que ya tengo resuelto, elaborado, decidido o asumido. No estoy predispuesto, estoy literalmente harto, repleto, lleno. Tal vez un pensamiento más, una palabra más que ingrese a mi conciencia, cree en mí la sensación de que puedo explotar, romperme en mil pedazos, no hay lugar para saberes ni para reflexiones, quiero vivir intoxicado de mí mismo, con eso me basta para no ver, para no verme, seguramente tenga miedo de lo que encuentre, de lo que soy. Porque cuando generalizo es más fácil conceptualizar mis sentimientos, o hablar de mis nostalgias sobre lo que entiendo ya aprendido, o mejor dicho vivido, es indudable que si estoy en ese lugar docto de conocimiento y vivencias supremas, quién tendrá la autoridad para ser contestatario de mis afirmaciones.
Pero, ¿qué sucede cuando le doy nombre a esas cosas que digo? Es en ese momento cuando soy responsable de mis afirmaciones y sentencias, es ahí donde no habrá doble lectura de lo dicho, porque esas cosas tendrán nombre pero también tendrán historia, una historia construida por ese otro que ahora se hace visible, corpóreo, historias que tal vez no he vivenciado, pero que he leído o escuchado. Este es el punto, este es el quiebre que quienes tienen la responsabilidad de informar deberían realizar internamente, para que sus palabras no caigan en la sumisión, el abandono, el desprecio o el olvido.
Es en estos últimos tiempos que volvemos a escuchar algunas afirmaciones que hablan de la dictadura como un hito de nuestro pasado, como si el sólo hecho de hablar de ella bastaría para comprenderla, sacar conclusiones o enterrarla dentro de un pasado que recién nos animamos a conocer o desentrañar. Será el miedo que produce el conocimiento de saber que el horizonte está mucho más lejos del ámbito militar, sino que se extiende a lo civil a lo eclesiástico, a lo político y a cada uno de nosotros, que por no saber o no querer saber, calló, omitió, disimuló y olvidó. Allí están los que se esgrimen sabelotodo de los hechos acaecidos, los que por encima de las Madres y Abuelas, entienden, comprenden, sacan conclusiones y sentencian que todo está entendido y que es aburrido hablar de lo que ya pasó. Son los que pueden abstraerse del pasado para pensar un futuro, los que están por encima del debate que recién hoy se instala en la sociedad, son los que marcan y te dicen qué sentir ahora y qué olvidar también. Justamente, son los que no aceptan críticas ni puntos de vista disímiles, los que usan el poder que les da la palabra escrita, para responder con saña y vehemencia, utilizando una autoridad que suponen le dio la gente, para llevarse puesto a cualquiera que se atreva a discutirlo. Aún peor: no sólo responden a quienes de una u otra manera opinan sobre sus dichos con frases descalificantes, sino que solapadamente amenazan, sentencian y dan su veredicto final a quienes decidieron tomar otro camino u otra visión de los hechos y del pasado, dejándoles un mensaje aleccionador respecto a su futuro.
Es indudable que pensamientos disímiles nos enriquecen, completan aquellos vacíos que no supimos o no entendimos, pero la ira, el desborde, el olvido, la amenaza, sólo se relacionan con seres que no aprehendieron vivencias, que no gestionaron la lucha del día a día, sino que la deslindaron en otros y se apropiaron de sus frutos, que fueron medidos y supieron patear el tablero a tiempo sin importar de quien ni de quienes, que sustentaron y utilizaron el poder sólo en su beneficio, es así que nos damos cuenta que ya no basta con tener una mente brillante, sólo bastan los que entienden los procesos, los que escuchan, los que alientan, los bienintencionados, los que al ponerle nombre a las cosas se hacen cargo de lo que dicen, porque justamente se hacen cargo de los Nombres, de aquellos que aún hoy laten , repiten, dicen y alientan, porque es con ellos que caminaremos, con su historia, nuestra historia, porque no nos provocan hartazgo, sino alegría y fortaleza, porque tendrán siempre un lugar, porque son las abuelas y madres de sus hijos y nietos, los hijos de sus padres, los hijos de esos hijos, el fruto de la semilla, unos sobre otros, construyendo nuevos nombres y sueños.
* Pinturas y dibujos de Franco Venturi




















