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Escribe Natalia Morandeira [+]

Estandartes que hacen “peligrosos” a los carnavales

Algo tiene la murga

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Algo tiene la murga. Si no, no se explica que ese murguero que se desayunó con un Clarín para el que los corsos son noticia porque son cortes de calle, a la noche se vista de tres colores, se pinte la cara y salte como si sacara fuerzas del asfalto mismo. Y mucho menos se entiende que esos carnavales que fueron prohibidos tantas veces resurjan una y otra vez con más alegría que rencor, con más ganas de contagiar a todos de descontrol que de bronca. Será que es la fiesta popular que lleva las raíces porteñas, esa identidad que es difícil de explicar porque es una mezcla de un pasado con esclavos y pueblos originarios, con revoluciones que nos liberaron de los españoles pero nos ataron a otros, y de este presente de tiempos que pasan rápido, bondis que se van, inundaciones y cortes de luz, quejas y tristezas de tangos y milongas, fútbol, asado y mate y, como escenografía, los edificios, las casas bajas, el Riachuelo o el Río de la Plata. Algo tiene la murga para que cada febrero los carnavales convoquen a más de un millón y medio de vecinos, para que en las 105 murgas de la ciudad haya 15 mil artistas populares. Y de la mano de ese qué-se-yo de la murga, hay al menos tres razones que hacen que los carnavales sean prohibidos por unos y sostenidos como estandartes por otros.

La primera, aunque dicho así parezca una tontería: La murga es la esencia de una fiesta popular.El carnaval tiene esa cosa de borrar las fronteras que el resto del año están, la barrera de las edades, de las clases sociales, de lo público y lo privado, se transforma en una fiesta en donde se rompen todas esas barreras” [1]. Durante cuatro fines de semana en los más de 30 corsos se transgrede todo lo establecido. Las calles están tomadas por unos locos, el arte hecho baile, las canciones y las glosas se impregnan en todos, no hay jefes ni sometidos, gobernantes ni gobernados, todos por igual forman se mueven al ritmo del bombo y no hay pibe que no tenga derecho a tirarte nieve o una de las cada vez más raras bombuchas. Hay quien dice que las jerarquías no son suprimidas, sino invertidas: signo de ello son quizás los trajes de los murgueros, esas levitas brillantes que quieren recordar a los esclavos negros que le robaban la ropa a sus patrones y la daban vuelta para que no se manchara durante los festejos.

Como si el ser una fiesta no fuera una razón suficiente para que los “censores” se pongan manos a la obra, nos quedan dos cuestiones más. La segunda: La murga se organiza en torno de una identidad. Y en esta afirmación hay dos cosas que molestan a algunos, la identidad en sí misma y la organización como riesgo de algo que crece y toma forma. Un país se manifiesta como nación en tanto mantenga los valores que tenía su papá, su mamá, su abuelo. Mi papá tenía una murga y yo ahora tengo una murga. Mientras tengamos toda esa hilación de futuro a pasado, vamos a ser una nación. Unidos, ¿sabés? Si no, nos disgregamos en un imperialismo globalizante, nos deshacemos en el mar de la insensibilidad social” [2]. Por eso a lo largo de estos doscientos años de República, y más atrás también, una de las prioridades de las autoridades ha sido definir nuestra identidad: somos blancos, católicos, aquí no hubo pueblos originarios, en la Revolución de Mayo no hubo ningún argentino que planificara una verdadera libertad e independencia y redactara un Plan de Operaciones, y no somos tan incivilizados como para andar riéndonos de las autoridades y tirándonos agua por ahí. Si logran decirnos quiénes somos, logran moldearnos para que hagamos lo que quieren. Por eso es molesto que unos murgueros revuelvan en el arcón de la historia de Buenos Aires y mantengan viva parte de nuestra verdadera historia, de nuestros valores y cultura. Y es realmente peligroso que a partir de ahí surjan nuevas identidades, que la murga sea expresión de una profunda identidad barrial.El hecho de organizarse y estar en una murga te permite un lugar de pertenencia. Esto hace que también empiece a funcionar el hecho barrial, de lo territorial, donde una murga representa al barrio (…). Qué oportunidad que sería que en la Ciudad de Buenos Aires cada febrero sea una gran asamblea popular en donde 100 murgas hablaran de su temática barrial, de lo que pasa, lo que quiere, lo que sueña, lo que no está de acuerdo. “Yo qué te estoy queriendo decir con este baile”, desde mi barrio, qué te estoy queriendo representar con este baile que tiene como esencia la murga porteña. Estamos en momentos claves de empezar a rescatar esencias“. [3]. Por otro lado, el hecho de la organización. En cada murga participan decenas de personas, cada una con su rol y responsabilidad para crear ese arte colectivo. Cada murga representa a un barrio y a su vez recorre varios barrios en una noche de carnaval. Entonces, los corsos son una experiencia de trabajo colectivo y una posibilidad de integración barrial, de tejer redes sociales, de estar unidos para hacer cultura y disputar ideas. Y el pueblo organizándose e integrándose, más aún cuando tiene una identidad propia, siempre le metió miedo a las autoridades de todos los tiempos.

Y, como si no hubiera quedado claro en los párrafos anteriores, hay una tercera y última cuestión: La murga es política hecha carne. Por un lado, está eso que tienen bien en claro todos los murgueros, que recitan las glosas y cantan y bailan las canciones: “La gran mayoría de las murgas porteñas tiene un fuerte contenido de crítica social que implica un fuerte compromiso con el pueblo y con el contexto histórico en que la murga se desarrolla como expresión artística. Que es una de las diferencias por ahí con otros carnavales, ¿no?, la murga porteña está fuertemente arraigada a un contexto político, social, cultural, y se refleja a partir de sus letras” [4]. Por otro lado, hay algo que va más allá de lo discursivo. Las murgas, y los vecinos que van a los corsos, hacen una toma del espacio público que es transgresora aunque le intenten poner vallas. Es un mensaje fuerte y claro que toda la calle esté llena de gente y, a unos metros, la plaza del barrio esté enrejada y vacía. O también, que un millón y medio de vecinos desoya a los medios de comunicación que le dicen que hay mucha “sensación de inseguridad”, que debe desconfiar de todos y quedarse en la calle, que para divertirse está Tinelli y no una fiesta, que si quiere cultura que compre una entrada y vaya a encerrarse a algún otro lugar… Además, algunas murgas siguen haciendo política más allá del carnaval, yendo a movilizaciones (la marcha del 24 de marzo, la marcha de los Centros Clandestinos de Detención El Olimpo y Automotores Orletti, la plaza del 19 y 20 de diciembre del 2001), solidarizándose con fundaciones e instituciones, y luchando por los derechos y reinvidicaciones barriales. Una anécdota que da cuenta de cómo la murga se inmiscuye en las luchas populares es que “el primer bombo con platillo en una movilización en la calle salió el 17 de octubre de 1945: con la algarabía popular que representó aquella gesta histórica un murguero eufórico había partido del barrio de Palermo con su bombo y su platillo” [4]. Apropiarse del espacio público, en tiempos en que el límite entre lo privado y lo público es parte de la disputa cultural y política, es de por sí un acto peligroso. Y si se le suma un discurso repleto de protestas y de sueños, una identidad que desborda y se lleva de barrio a barrio, se tiene una combinación explosiva: esa sensación de que carnavalear es una necesidad y transgredir es una fiesta.


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Pasado y presente de prohibiciones

Por esas tres cuestiones, para los que vigilan y castigan cobra sentido tomar todas las medidas posibles para que el descontrol no se desborde, para que no sean subvertidos sus propios valores morales que han impuesto con leyes y hegemonía cultural. En época del Virreinato ya se prestaba atención al fenómeno y, ni lentos ni perezosos, los gobernantes escribían y reglamentaban: “El desorden que en tiempo de Carnavales se Experimenta ha tomado de pocos años a esta parte tal incremento en esta Ciudad, que (…) se haze fastidiosa su abitación; porque en ellos se apura la Grosería de echarse agua y afrecho, y aun muchas inmundicias, unos a otros, sin distinción de estados, ni sexos, lleganto a tanto el desenfreno que ni aun en su propia casa está el más recogido (…). Que no se permitan los bailes indecentes que acostumbran tener los negros, (…) se origina en los mismos una manifiesta ruina de almas con las muchas, y graves ofensas, que hazen a Dios” [5]. Es que durante los juegos de carnaval se mezclaban y tocaban personas de distinto género y etnia, lo que estaba prohibido durante el resto del año. Y si se trangredía la prohibición de carnavalear, la pena era una multa, trabajar en el empedrado de la ciudad o en las Malvinas para los españoles; y para mulatos, mestizos o indios, 200 azotes. Ya en época de la República Argentina, en 1844, Juan Manuel de Rosas volvía a prohibir los carnavales, con penas que alcanzaban la prisión. Y más cerca, ese estigma que aún duele en los murgueros de hoy en día: el decreto de la última dictadura militar que eliminó los feriados de lunes y martes del carnaval.
Recién hubo un primer e importante avance en el plano de la legislación con la Ordenanza la Ciudad de Buenos Aires que en 1997 declaró Patrimonio Cultural a la actividad que realizan las agrupaciones murgueras.El resurgir de todo el carnaval porteño era una movida completamente autogestionada de los barrios, no contaba con la legislación necesaria, ni con el presupuesto necesario, ni con los permisos, así que la recuperación fue una corriente contracultural que se instaló de hecho y luego vino la legislación y el presupuesto que fue acompañando eso; y año tras año las murgas fueron mejorando en calidad, en cantidad y en público” [4]. Con esa ley se creó una Comisión integrada por cuatro representantes de las agrupaciones murgueras (dos titulares y dos suplentes), uno de la Secretaría de Cultura de la Ciudad y otro del Consejo Deliberante. Entre otras cosas, esa Comisión se encarga de formar un Comité de Evaluación que año tras año califica las actuaciones de las murgas. El jurado tiene que ver con nivelar siempre hacia arriba y con poner un tope al circuito, porque no nos olvidemos que desde que hay un presupuesto la murga cobra de uno u otro modo un cachet artístico que en realidad no es que abunde o sobre, apenas alcanza para cubrir los elementos básicos, los traslados en micro, pero da lugar también a que muchas murgas se vayan partiendo sin haber pagado un derecho de piso o sin haber tenido un antecedente artístico ingresan al circuito, y sería imposible que en 40 corsos de 8 noches pudiesen entrar 500 murgas” [4]. Además, en el 2004 se crea el Programa Carnaval Porteño que intenta promover la actividad de las agrupaciones murgueras y en ese mismo año el lunes y martes de carnaval pasan a ser días no laborables en la Ciudad. Un primer paso para que, con la lucha del conjunto de las agrupaciones y el apoyo del resto de la sociedad, se recuperen los feriados nacionales que nos quitaron en el 76. “Después de la dictadura se fue cortando todo esto, la tradición de salir, la vecina salir disfrazada, pintada a tirar papel picado o la nieve” [6]. “Yo recuerdo la avenida de Mayo, no se podía caminar porque era un colchón, un colchón de papel picado y serpentina, una cosa de no creerse. Eso no lo volví a ver nunca más” [7].

La pregunta es cómo se expresa hoy en día esa decisión de cercenar a los carnavales. Entre las estrategias están los medios masivos de comunicación, que orientan el sentido común como en varias de las disputas que se dan en otros terrenos de la política. Tal es así, que Clarín escribe: “33 cortes de calle en la Ciudad” y esos cortes son justamente las direcciones de los corsos. “Si se sigue planteando que el carnaval en vez de una oportunidad de encuentro es un corte de calle, estamos coartando la fiesta y estamos casi dándole la razón a la dictadura que cortó esta fiesta, porque era peligroso que la gente se juntara en la calle, que se avispara” [3]. Y además, el mismo señor que presenta un Código de Convivencia en donde se pretende penalizar a los trapitos o a los que se movilizan con la cara tapada, se olvida de las reglas de la ciudad que gobierna: “Si bien hay una ley, que es la Ley del Programa Cultural Porteño, tenemos la ley que es de los días no laborables en la ciudad, este año Macri por ejemplo no autoriza los cortes de calle para los corsos que había lunes y martes” [8]. O bien, actúa dándole la espalda a los murgueros, por ejemplo el Ejecutivo de la Ciudad levantó los corsos de un fin de semana de 2010 sin consultarle a las agrupaciones, amenazando con sancionar a los que abran los corsos, y olvidándose del escenario y el sonido justo en un Corso Evaluador. Y, sobre todo, omitiendo dar difusión oficial a estos festejos, como si los afiches amarillos sólo sirvieran para darle aire a su gestión. Otro ejemplo es el descontento de los murgueros con el vallado de los corsos, dispuesto por la Ciudad: “Antiguamente los corsos no tenían vallas, la gente se separaba con cuerdas, entonces en algún momento nosotros invitábamos a todos a bailar, se armaba un gran baile. La única diferencia entre la gente que estaba mirando y nosotros era que nosotros nos animábamos a salir y saltar en frente, y a la gente que está atrás hay que darle un empujoncito nada más. Y lo de las vallas (…) te recorta, te pone una valla entre vos y el afecto de la gente, que te quiere dar un abrazo, que sale a bailar con vos” [2]. Claro que no es un hecho aislado, porque si del macrismo se puede decir que tapó baches, construyó millonarios boulevares e hizo desaparecer los adoquines de las calles, también es clara su política de intentar coartar las expresiones culturales de la ciudad. Por ejemplo, el cierre de los Talleres Culturales (una de las primeras medidas de Macri), tuvo también repercusiones en algunas agrupaciones murgueras, como es el caso de Los Descarrilados del Parque Avellaneda: “A todos nos afectó. Ya no podemos ensayar en el Parque, tenemos limitados los horarios, como muchos otros actores populares del Parque Avellaneda. Nos han sacado lugar para guardar los bombos, nos han sacado lugar para ensayar, nos van empujando, nos van recortando” [2].

De cientos de murgueros, cada uno con su personalidad e ideología, nace una murga con el sello de su barrio. De cientos de murgas, un carnaval que pisa todos los corsos de la ciudad. Y millones de personas saben que hay algo de resorte en todo eso: cuanto más sea acorralada la fiesta, más alto va a salir disparado el carnaval porteño.

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Referencias

[1] Rodrigo, Los Descontrolados de Barracas

[2] Gurí Salvarezza, Los Descarrilados del Parque Avellaneda

[3] Ricardo Talento, Los Descontrolados de Barracas

[4] Lorena Pokoik García, La Gloriosa de Boedo y Asociación Mutual Homero Manzi

[5] Gobernador Pedro de Cevallos (año 1778)

[6] Enviciados por Saavedra

[7] Juan Carlos Muralla, Atrevidos por Costumbre de Palermo

[8] Carlos, La Gloriosa de Boedo y Asociación Mutual Homero Manzi

Publicado el 10 Abril de 2010
Comentarios

Uff, me costó varios día terminar de leerla Natalia … pero te felicito valió la pena! en general cuesta organizar todas esas cosas en un sólo documento y lo hiciste muy bien! y me quedo pensando en esto de que “la murga es política hecha carne” qué cierto y que cargo que deberíamos hacernos de eso, en las calles, en el carnval

Escrito por Ariel | 24/4/2010 a las 11:15



vuelven los feriados carajooooo!!!
vamos la murga!

Escrito por Hugo | 13/9/2010 a las 21:41



Aguante El Carnaval

Escrito por Romi | 14/9/2010 a las 17:08



CARNAVAL TODA LA VIDAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!

Vamos carajo!!
viva la murga!

los mejores deseos de alegria y buenas vibras!

Centro Murga Los Mocosos de Bahia Blanca.
ARTISTAS DE CARNAVAL!

Escrito por laurita | 15/9/2010 a las 1:29



Queridos murgeros estoy buscando mucho asesoramiento…soy de bell ville Cordoba,es una ciudad pequeña sobre la ruta 9…hace tiempo que vengo leyendo mucho sobre las murgas y su historia y cada vez mas tengo ganas de organizar una en uno de los barrios de esta ciudad…no se por donde empezar ni como…si se que utilizarla como una herramienta social es lo que quiero ya que es un barrio carenciado y quiero que todo el mundo participe…desde ya toda ayuda sera agradecida…

Escrito por Alejandra | 23/9/2010 a las 23:42



Hola Alejandra, muchas gracias x contactarte! te mandé mail, suerte!

Escrito por Natalia | 26/9/2010 a las 2:11



Un millón de GRACIAS!!! Natalia…Esta es el principio…besos

Escrito por Alejandra | 27/9/2010 a las 14:27



Muy bueno el articulo,nosotros somosde mar del plata y aunque el tema de la organizacion esta verde ( cada murga lo hace ) se esta gestando un bloque de murgueros q quieren ir para adelante saludos de parte de la locura del carnaval DESORBITADOS MURGA ” La murga es esa cosa q no se explica ese q se yo, el sonido del bombo es el latido del corazon…”

Escrito por gaston | 28/9/2010 a las 13:40



muy bueno el comentario .necesito guias para organizar con chicos de distintas edades del secundario o letras de alguna cancion gracias

Escrito por leonarda diaz | 10/6/2011 a las 9:05



hola leonarda. te mando mail! saludos. natalia

Escrito por Natalia | 6/7/2011 a las 3:17



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