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Escribe César Morielli [+]

¿La fiesta es acá?

¿Gente civil de traje y corbata?
Un grupo de individuos al que la evolución biológica aún no distingue como seres humanos, suelta gritos y vocifera sonidos que miles de años más tarde serán idioma. A los saltos y golpeándose unos a otros festejan la muerte del animal salvaje que proveerá alimento y abrigo. Con las disculpas por la falta de rigor científico, el ejemplo expresa la importancia de la celebración. Desde antes que el hombre sea hombre, la fiesta era el mecanismo de congregación más esperado.

Trazar una línea temporal destacando a las expresiones festivas más relevantes es insostenible para un mero texto. Pero la intención puede cumplir un rol reflexivo y descriptivo si ponemos la lupa en la contemporaneidad. Así, inesperadamente, la fiesta se transforma en un espejo de lo que somos, de las cosas que nos causan risa, de las personas con las que nos congregamos. La fiesta es un mapa genético de la sociedad.

La Secretaría de Cultura de la Nación acaba de difundir un relevamiento nacional de fiestas y festivales populares, el cual arrojó el impresionante resultado de más de 2.700 celebraciones al año, con un promedio de siete por día. Ya sea para homenajear a un santo católico, figuras paganas, hechos históricos, una actividad económica, una expresión cultural o frutos de la tierra, lo cierto es que en Argentina se festeja y mucho.

La investigación muestra que Córdoba es la provincia con mayor cantidad de fiestas: suma cerca de 700. Detrás se ubican Salta, Buenos Aires, Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Formosa y Jujuy.
carnaval-baja
En la extensa lista figuran grandes acontecimientos colectivos como el Festival de Cosquín, la Fiesta de la Vendimia o los Carnavales en Gualeguaychú. Pero también incluye otras no tan conocidas como la Fiesta Nacional de la Gallina Hervida, el Festival Nacional del Novillo Gordo o la Fiesta Provincial del Perro del Trabajador Rural.
Carnaval de Humahuaca
El 36% de los eventos populares tiene una motivación religiosa, el 32% corresponde a celebraciones cívicas, el 16% homenajea a actividades productivas, el 9% son artísticas y el 7%, folclóricas. Estos porcentajes, por su parte, tienen cierta correspondencia geográfica: en el norte y centro del país predominan las festividades religiosas, mientras que en la Patagonia son más los festejos cívicos. En tanto, en Cuyo se observa una distribución más proporcionada.

Las fiestas también pueden ubicarse de acuerdo a su época de realización: casi el 60% se lleva a cabo entre diciembre y febrero, cuando el clima es más benévolo. En otoño, por su parte, se registra la menor cantidad de festejos, cuando casi no hay períodos de descanso. Un amigo me lo dijo el otro día: el invierno es de derecha. Puede ser cierto. Cualquier cosa que aleje a las masas de la congregación pública tiene tinte conservador.

Hablando de lo popular, el asado no tenía celebración. No había una fiesta nacional, una reina, ni siquiera un día especial para homenajear a la ceremonia que desde hace años se celebra en el anonimato de las parrillas. Pero la Coordinadora de Turismo de Cholila, provincia de Chubut, remedió la injusticia y celebró durante los pasados 5, 6 y 7 de febrero la “I Fiesta Nacional del Asado”.
fiesta del asado

LA FIESTA URBANA

Isidoro Cañones
Saliendo de las celebraciones populares, nacionales, folclóricas, religiosas, etc., no hay que pasar por alto el concepto más llano de “fiesta”. Licores, música y una gran cantidad de gente intentando divertirse sin pensar en la resaca próxima. Hoy la fiesta se transformó en una vía de escape noble. Hay que reventarse, si o sí, y se monta una gigantesca maquinaria para el propósito. La fiesta, la celebración, la unión entre personas que intercambian afecto, se transformó en un mercado de valor para el sistema. Iluso el que pensaba de otra manera.

Existen varios fenómenos para analizar. Todos con estilo propio. La Creamfields, fiestas de música electrónica, estaba reservada para las clases altas pudientes. Abundan vehículos de alta gama y drogas químicas que no cualquiera puede pagar. Además, la presencia de DJ´s internacionales daba la excusa perfecta para un precio de entrada exorbitante. Sin embargo, algo pasó. Esos sectores que tan bien se recluyen abrieron el espectro y el encuentro permitió que clases bajas hagan llegar el porro y la birra a la circunvalación del festival. Incluso la oferta musical cambió. Extrañadamente, se llegó a una convivencia impensada en un ámbito inesperado.

Algo parecido pasó con la cumbia y sus centros neurálgicos, donde suelen presentarse más de 5 grupos musicales por noche. Muchos “chicos bien” se le animaron a la cosa y salieron con la excusa de la aventura, de conocer cosas nuevas. Las encontraron y en los ambientes de música popular aparecieron personas que permitieron un intercambio distinto.

También está la moda Retro. Son muchas las fiestas que se organizan actualmente en Buenos Aires con narrativa melanco. Aquí también hay lugar para lo bizarro. Lo vergonzante que dejó de ser paria para ser una herramienta fundamental del entretenimiento. ¿Reírse de otros o reírse de todos nosotros? Artistas que supieron tener su cuarto de hora de fama hacen delirar a jóvenes y no tanto. En la década menemista, mostrarse en discos top era lo más habitual. Hoy esa costumbre quedó relegado, y se apuesta a lo descontracturado e informal.

Además aparecieron las fiestas autogestivas. Personas ignotas que se pusieron a organizar encuentros temáticos que se desbordaron. El público encontró allí una oferta original de diversión.

Como sea, las fiestas muestran algo en común con cualquier otra industria. Los consumidores aparecen como seres pasivos dispuestos a consumir cualquier opción de la oferta de turno. Hoy día, nadie festejaría si otro no serviría el plato. Nadie parece dispuesto a la diversión si la misma no dependiera de otros. ¿Dónde quedó el espíritu festivo? ¿Existe la chance de reírse sin unas copas de más? Al parecer, la noche porteña se transformó en el cliché de un chiste malo. Pero las ofertas abundan.

Publicado el 1 Abril de 2010
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