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Escribe: Pablo Delgado (pabloldelgado@hotmail.com)

Claves para acercarse a Samanta Schweblin

La exactitud fundamental de lo ambiguo

Al principio uno se confía, como siempre. Encuentra el tiempo y el lugar; se sienta, toma el libro y se adentra en una historia que a simple vista no presenta más que una realidad. Hay tensión, sin embargo, y por eso avanza. Pero entonces, mucho antes de cualquier final, algo sucede. Una fisura mínima, un quiebre, un detalle inconcluso lo paraliza. El lector siente que algo le recorre la espalda. No está seguro de haber leído bien. Va hacia atrás, relee: las palabras son las mismas. De ahí en más sigue leyendo, pero esta vez con voracidad: ya no quiere hacer otra cosa.

El hechizo tiene el sello de Samanta Schweblin. Con dos libros de cuentos publicados y algunos premios en su haber, la riqueza de su literatura tal vez radique en la plena y efectiva ambigüedad, en ese lugar que no alcanza a ser oscuro, que no es decididamente cruel y que al mismo tiempo rehúye toda posibilidad de encasillamiento. Los cuentos de “El núcleo del disturbio” y de “Pájaros en la boca” se resuelven subterráneamente y en sintonía con aquella declaración de Abelardo Castillo cuando decía que “un buen cuento es una historia contada de la única manera posible”. Claro que la única manera posible no será siempre la más tranquilizadora para al lector; nadie va a explicarle los detalles, no habrá una voz serena lista a resolver su afán de comodidad. Porque estos relatos, en todo caso, no confirman otra cosa que la sinceridad de los personajes, sinceridad que es a un tiempo su propia complejidad. Les creemos en su dolor y en su más pleno amor. Son personajes que están frente a lo que tienen, pueden o deben hacer, pero son personajes que, más allá de eso, finalmente hacen algo.

Si la profundidad más furtiva de una persona es intransferible, los relatos de Samanta Schweblin desafían esa declaración con una valentía que sorprende. El lector concluye la lectura y cierra el libro. Algo, no sabe qué, le sigue recorriendo la espalda. Ha descendido, lo sabe, a una profundidad perturbadora. Perturbadora, sí, pero sencillamente deslumbrante.

Claves para acercarse a una de las escritoras más interesantes de su generación.


Samanta

¿Cuándo y por qué empezaste a escribir?

No recuerdo un momento ni una razón precisa. Sí que cuando era chica —digamos a los doce, trece años— empecé a anotar líneas, una debajo de otra. Visualmente parecía tratarse de poesías, pero detrás siempre había una historia. Tenía la certeza de que, si todos los personajes morían o eran lo suficientemente infelices para arruinar el resto de sus vidas, no había duda de que estaba escribiendo algo muy pero muy bueno.

Se dice que el verdadero trabajo literario comienza a partir del segundo borrador. ¿Qué lugar ocupa la corrección y la reescritura en tu trabajo?

La corrección es también escritura. A medida que escribo necesito avanzar sobre cierto estado aceptable de estilo, quizá no muy puntilloso, pero lo suficientemente delineado para constituir ya un tono y un ritmo particular. Para esto reescribo y escribo casi al mismo tiempo. Me detengo mucho en los inicios. Me ha pasado que escribiendo y reescribiendo el inicio de un cuento que todavía no veo del todo claro, finalmente lo encuentro y todo se dibuja en mi cabeza (de otra forma, sin saber exactamente hacia donde voy, sería raro que avance mucho más en la historia). Así todo, una vez terminados los cuentos sigo corrigiendo. Si termino un cuento de diez páginas sé que, como mucho, sólo quedarán siete. Me es útil dejar los textos a un lado, dejarlos descansar un tiempo con la cabeza trabajando en otra cosa, para releerlos más tarde lo más objetivamente posible.

Sé que participaste del taller literario de Liliana Heker. ¿Por qué quisiste hacer taller y qué pasó con tu escritura durante ese proceso?, ¿cuáles son los pro y los contra de los talleres, existe algún riesgo?

Sí, asistí al taller de Liliana Heker durante varios años. Es una gran maestra, para mí fue un período de aprendizaje fundamental, muy recomendable. Pero hay que elegir ese espacio con cuidado. No hay buenos ni malos talleres, un buen taller es el que mejor cuadra con el perfil de cada uno, y el gran problema entonces sería que a veces, cuando uno es muy joven y recién empieza, puede caer en un taller que lo aleje o lo distraiga de los caminos que uno hubiera optado genuinamente. Pero siempre algo se aprende. Se amplían lecturas, surgen amistades con otra gente que también escribe y puede aportarte visiones muy distintas sobre la literatura. Quizá el taller acelere los tiempos, y eso, sumado al hecho maravilloso de comprobar, tanto en el propio trabajo como en el de los compañeros, que un excelente cuento no siempre es, en sus primeras versiones, un buen cuento, es un gran alivio para el alma de un incipiente escritor.

¿Cómo elegís los temas de tus cuentos, cómo “se te aparecen” y qué criterio usás para decidir que ése es un cuento que debe contarse?

No hay una “elección de temas”, lo que hay en el principio es siempre una historia, una imagen fuerte de la que decanta todo el cuento. No creo que haya, al menos en mi caso, ninguna intencionalidad temática, ni moral. Quizá sí un sentimiento primario, bastante abstracto diría yo —miedo, tristeza, odio, nostalgia por algo—, es el motor inicial, y la intención de comunicar ese sentimiento puede acercarnos poco a poco a determinada disciplina, la literatura por ejemplo. Pero creo que lo que pone en marcha el deseo de escribir es siempre una historia. La historia es entonces la excusa, el puente entre, por dar un ejemplo, los miedos del que escribe y los miedos del que lee.

¿Le tenés miedo a algo?

A veces tengo miedo de que las ideas se acaben, eso me angustia. Quizá por eso cada nuevo cuento me llena de una alegría casi infantil, es como si el crupier de la mesa me hiciera una seña para confirmarme que todo está bien, que sigo jugando…

Después de leer tus libros uno tiene la sensación de haber presenciado algo particular y a la vez ambiguo, algo que puede ser muy íntimo y exacto pero que sin embargo no sabría cómo definir. Algunas personas dicen que tus cuentos pertenecen al género fantástico, pero yo creo que la veta humana —lo terrenal, por decirlo de alguna manera— termina imponiéndose con más fuerza que cualquier otra cosa. Abelardo Castillo dijo que si la historia subterránea no es en cierto modo la esencial no hay obra de ficción”. Entonces, ¿tus cuentos son fantásticos, o lo fantástico es algo así como el accidente más o menos inevitable para traslucir la verdadera aventura física, el verdadero dolor de los personajes?

Todos los cuentos que integran “Pájaros en la boca” podrían suceder; por tanto, podríamos decir que son realistas. No estoy renegando con esto del género fantástico; de hecho, el fantástico es el género que más me interesa. Pero cuanto más delgada se vuelve la brecha entre ambos géneros, más interesante me parece lo que sucede. La ambigüedad y la duda sobre lo que realmente podría estar pasando, la sospecha de estar frente a una situación que no termina de confirmarse del todo, ahí es donde “lo fantástico” amenaza con más fuerza a “la normalidad”. Todo esto, por supuesto, es de todas formas una gran hipocresía: “la normalidad”, es por definición uno de los géneros más fantásticos en los que vivimos. ¡La normalidad!, por favor…

¿A qué te dedicás además de escribir?

No vivo de la literatura, por supuesto. E intuyo que vivir de actividades relacionadas con la escritura —el periodismo, la crítica literaria, la docencia—, no sería una buena opción para mí, creo que sería un poco desgastante, y son actividades muy mal remuneradas. Argentina es uno de los países latinoamericanos donde más caro sale comprar una hora de tiempo libre. Y sin tiempo libre no se puede escribir. Por lo tanto, si el tiempo libre se compra con dinero, necesito dinero para poder escribir. Cuando terminé la carrera de cine monté una agencia de diseño de websites y desarrollos multimedia. Empecé sola, desde el living de casa, con la computadora de mis papás. Pero me fue muy bien, fue una muy buena experiencia. Llegué a tener bastante gente trabajando para mí, hicimos trabajos para el gobierno, y para empresas grandes del exterior. El problema es que la empresa crecía y crecía, y terminé trabajando unas doce, trece horas por día, con todo un equipo sobre mis espaldas. Así que el año pasado tomé una decisión de la que no me arrepiento: cuando gané una beca del gobierno mexicano para escribir en Oaxaca durante cuatro meses, cerré la empresa. Bajé las persianas, y no volví a subirlas nunca más. Ahora tomo trabajos esporádicos, y trato de vivir con eso lo más económicamente posible. Por ahora funciona.

¿Cuáles son tus influencias a la hora de escribir? ¿Tu familia?, ¿los libros que leés?, ¿tu trabajo?

En primer lugar, mi manera confusa y equívoca de entender las cosas. Soy muy distraída, me disperso con facilidad, vivo en un estado de enajenación a veces peligrosamente cercano a la estupidez, pero que a pesar de sus vicisitudes genera situaciones muy disparadoras. También las lecturas, por supuesto, literarias y no tan literarias, las películas, la fotografía…

Cuando a Juan Carlos Onetti le preguntaron cuál era su compromiso como escritor, él respondió, entre otras cosas, que su único compromiso era tratar de escribir cada vez mejor. Incluso Haroldo Conti, de fuerte compromiso social, dijo una vez que “a veces se habla de compromiso únicamente en términos políticos, como si el escritor debiera ser solamente el portaestandarte de una causa política. Uno se puede comprometer con un sistema político, pero también con un drama individual, por ejemplo el de un hombre que padece un cáncer o un drama amoroso”. ¿Sentís que tenés algún compromiso como escritora?

Sí, por supuesto, pero es un compromiso con el trabajo de escritor, y de ningún modo como intelectual. Siento un compromiso civil, y un compromiso profesional. Pero no como intelectual, simplemente porque no lo soy. Creo que los escritores están un poco sobrevaluados en este aspecto. Hay escritores con perfiles políticos definidos, activos en su pensar, y eso está muy bien, pero los hay como también los hay médicos, escultores y maestros.

¿Qué fue lo último que leíste?

Lo último que leí y me gustó mucho, fue la novela “La ciudad en invierno”, de Elvira Navarro, que es una española de mi generación. El libro me lo regaló su editor el año pasado, y la verdad es que quedó sobre el pilón de lecturas pendientes un buen tiempo, hasta que al fin llegó su turno, y lo leí de un tirón. Si además tuviera que recomendar un “librazo”, el elegido del top ten de las lecturas de este año, diría que fue “El tercer policía”, de Flann O’Brian. La mala noticia es que no se consigue en Argentina, la buena es que tengo entendido que su edición está en camino… ¡Va a hacer pedacitos sus cabezas!

¿Qué estás escribiendo actualmente?

Otro libro de cuentos, por supuesto.

Publicado el 27 Noviembre de 2009
Comentarios

Hermosa manera de contestar y hermosa manera de interrogar!!!!!!.

Escrito por celia | 19/12/2009 a las 12:41



Samanta es sin lugar a dudas una escritora profunda y comprometida con su arte. Me pareció muy clara su respuesta respecto al supuesto “compromiso social innato” de los escritores. Y me siento muy identificada con ese despiste que ella tan bien describió como ese “estado de enajenación a veces peligrosamente cercano a la estupidez”. Quizás esa enajenación no es solo inspiración sino también necesidad, porque a veces vivir en ese limbo es hacerse uno con los personajes y las historias que están en la cabeza (a destiempo del tiempo real), y que rigen el comportamiento del que escribe… Saludos!

Escrito por Nat | 19/1/2010 a las 3:33



Sin duda, el mejor cuentista (así, sin género) vivo de la Argentina. Samanta expresa un aire nuevo en el cuento.

Escrito por sebastian | 20/3/2010 a las 21:10



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