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Escribe Natalia Morandeira [+]
Foto: Valeria Dranovski

El perro que tirás en la ruta

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“Desde hoy me llamo Yesi”, se dijo Mariana mientras apagaba el cigarrillo contra el paredón y se acercaba a la ruta. Yesi, igual que la planta de marihuana que Paulo y ella tenían en el fondo. De ese lado del puente, San Miguel siempre estaba oscuro. A Mariana le gustaba eso, la noche le silbaba al oído una canción y por un instante parecía como si Paulo fuera a volver, su mano que apretaba un aerosol y llenaba las paredes de graffitis. El paredón que Mariana había dejado unos metros atrás tenía el nombre de un gobernador, en celeste y blanco. Pero en otras paredes aún quedaban las frases de Paulo, cada letra con dos o tres trazos, más o menos superpuestos, más o menos prolijos. Su frase preferida era “Hijo de puta el que abandona”, aunque cada tanto inventaba algo más rebuscado. “Cobarde, el perro que tirás en la ruta termina aplastado”, escribió una vez (y la frase duraba, bajando por la ruta hacia el desagüe, los pies ampollados, la pollera de ella dejando al descubierto tanta pierna hasta llegar a las polainas, Paulo riéndose de las polainas, la lana que se confundía con su barba y la pintura que le había manchado la espalda). La noche era la única manera de no olvidar lo poco que quedaba de Paulo.

Un auto se detuvo. Mariana se tomó el pelo con las dos manos y se lo acomodó delante de un hombro. Era un Peugeot azul. El cliente abrió la puerta del acompañante y Mariana se acercó. Por un momento tuvo la sensación de que iba a salir un perro. Ese cliente podría ser uno de los tipos que Paulo decía que viajaban a Mar del Plata todos los eneros y abrían la puerta en cualquier ruta para que un cachorro quedara ahí, sólo unos segundos, hasta que el próximo auto llegara y le hiciera salir las tripas por la boca. “Me llamo Yesi”, pensó Mariana, pero el cliente no se lo había preguntado. El cliente, en cambio, le había preguntado cuánto cobraba, no a Mariana ni a Yesi sino a las tetas de Mariana, chicas y duras entre las manos del tipo que dijo que sí, que se iban, mientras sacaba unos billetes de la guantera.

Mariana le indicó al cliente cómo llegar a un hotel, el único que ella conocía por entonces. Una vez, justo en la puerta de ese hotel, Paulo había encontrado un cuzquito muerto. Lo levantó como pudo (parte de los pelos y del cuero habían quedado pegados al asfalto) y lo enterró en la banquina. “Hijos de puta, hijos de puta”, había gritado Paulo. “Como mamá”, le había dicho ella. Y Paulo se había enojado, él no quería que ella odiase a su mamá, le pedía que la entendiera, tan joven, con el marido trabajando en la Capital,  cualquiera haría lo que ella, decía Paulo. Y Mariana apretaba los labios y decía que sí con la cabeza, pero pensaba en Yesi, la planta, las ganas de Yesi y de tirarse en la tierra para ver el cielo, sin madres ni hijos de puta que tiraran perros en la ruta. El cielo lleno de graffitis que dijeran “Princesa”, Paulo agitando el aerosol cada vez que las estrellas borraran alguna palabra.

Les dieron una habitación en el primer piso, por escalera. El cliente le pidió que se desvistiera y después que lo desvistiera a él. Entonces sí le preguntó el nombre, y cuando lo supo repitió “Yesi” tres veces mientras le apretaba el culo, y ella pensó en la verdadera Yesi, muerta, hecha pedacitos en su maceta. Le puso un preservativo mientras se acordaba de lo secos que se veían los ojos de Paulo aquel día que dijo que sólo les quedaba algo de mayonesa y que así no aguantaba un día más. Mariana había acariciado la nariz de Paulo con un dedo y luego había cambiado el agua de los potus. Juntos iban a salir de esa, le había dicho ella entonces. Y el cliente la dio vuelta y la puso en cuatro. Casi no hacía ruido, pero goteaba un olor ácido. Le pidió que gritase y Yesi gritó. El cliente le rodeó la panza con una mano y Mariana sintió una palmada en el culo. Yesi gemía y Mariana, las tetas aplastadas contra las sábanas, trataba de recordar a Paulo. Paulo había robado nafta con una manguera. Había manejado hasta la ruta, la había hecho bajar a Mariana y se había alejado hacia las vías del tren. Sobre las vías había estacionado el auto. Debajo del cliente, Yesi gritaba. Y aquella noche, cuando el tren pasó, el viento del verano había llevado el ruido de las bocinas hasta Mariana y ella había gritado. Cobarde. El cliente salió de adentro de ella, se sacó el preservativo y le acabó en la espalda. Cobarde. El cliente cayó con todo su peso sobre ella y resopló un aire caliente. Paulo la había dejado en la ruta y se había ido solo a las vías. De esa iban a salir juntos, pero a él no le había importado. Cobarde, gritó. El cuerpo se le iba durmiendo contra la cama. Cobarde, el perro que tirás en la ruta termina aplastado.

Publicado el 20 Noviembre de 2009
Comentarios

Veo que te gusta jugar con el desorden, la forma a-lineal que le diste a los últimos escritos es notable, pero para personas lentas como yo… mmmm … seguramente hemos perdido algo de ti, algo de lo que quisiste decirnos y posiblemente no hayamos visto.
Si tuviera que escribir algo, que supla las felicitaciones, creo que sería… ¨logras ponerme en situación¨

Escrito por anonimo | 2/1/2010 a las 20:21



¿Volvió el Sr. Anónimo? Gracias, “loquito”…! Sus criticas siempre ayudan.

Escrito por Natalia | 3/1/2010 a las 22:51



Natalia, alucinante el cuento !!
Perturbador/conmovedor, como deberia ser cualquier construccion artistica!!
salud

Escrito por Marcos | 20/1/2010 a las 14:53



Gracias Marcos!! Besos

Escrito por Natalia | 20/1/2010 a las 21:52



Ojalá nadie tuviera que hacer nada tan bueno como este cuento sobre cosas tan tristes… Hermoso Nati, gracias por mandar el link. Besos y felicitaciones a todxs en Hamartia!

Escrito por Jose | 27/1/2010 a las 18:42



gracias Ana y Jose!! un beso grande!

Escrito por Natalia | 8/2/2010 a las 12:02



Hola Naty! como estas? me encanto tu cuento, hacia mucho que no leia nada tuyo, pero todavia no olvide como comprender tus relatos. te mando un beso grande!

Escrito por Analia | 28/1/2010 a las 13:52



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