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Editorial - Tierra

Un grano en el culo del mundo

Editorial

Con la forma de una semilla suspendida en el espacio, recorre como una burbuja alrededor del sol la redondez de la tierra y su órbita, un conjunto definido mundo, una totalidad.
Ya los griegos sabían que la tierra era redonda, sin embargo se piensa comúnmente que fue Colón quien pretendió demostrarlo. La materia de la disputa era que los doctos de Salamanca habían hecho cálculos más precisos y consideraban que la tierra, redondísima, era más grande de lo que creía el genovés, y por ende, era absurdo ir en la dirección opuesta. Es obvio que ni Colón ni los doctos de Salamanca sospechaban que entre Europa y Asia había otro continente.
A sangre y fuego la conquista de América aplastó al aborigen, su cultura y su vida, condenándolo a la ruina más espantosa. La brutal servidumbre impuesta para hacerlos producir, la trata de esclavos arrancados de África y el exterminio sistemático (de diez millones que vivían en el Perú cuando anclaron los conquistadores, después de tres siglos, esa suma descendió a un millón) fue la carta de presentación de la cultura occidental.
El latifundio se consolidó sobre el despojo. Terratenientes, mineros y mercaderes formaron la burguesía de esta tierra; habían nacido cobrando impuestos, aferradas a un puerto que les daba valor, y como simple instrumento del capitalismo internacional, no se orientaron jamás al desarrollo económico interno, sino que sus intereses siempre estuvieron ligados a los negocios foráneos del intercambio.
“El pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno” había dicho Martí y repetía el Che Guevara en la conferencia de la OEA, en Punta del Este, 1961.

 

Se llevan la lana a precios irrisorios y nos venden casimires ingleses

La frontera, era el término que en el vocabulario nacional no indicaba el contacto con el extranjero, sino el umbral con el desierto. Civilización y barbarie (así lo expresaba en su “Facundo” Sarmiento, padre del aula sin gauchos ni indios adentro), era la tensión a desarrollarse sobre un doble proceso: el avance del territorio (requerido por los grandes terratenientes y ganaderos) y la conformación del “Estado-Nación” desde una concepción moderna y, por supuesto, con centralidad porteña.
Rosas conquistador del desierto, siempre tuvo en claro no hacerle la guerra al indio. Es más, el negro, el indio y el gaucho, por él puestos en superficie, fueron su gran apoyo y quienes finalmente lo volverían indeseable para las clases poderosas.
Será Alsina como ministro de guerra de Avellaneda el que avance ostensiblemente contra el indio desde una concepción civilizatoria. “Era hacerlos dar un paso más y convertirlos en indios civilizados. Era dar a cada uno, junto con la propiedad de un campo y una casa, el sentimiento de su independencia de hombre, y poco a poco, a través de la escuela y el ejemplo, el de su dignidad de ciudadano”, escribía Alfred Ébélot, ingeniero civil convocado para la construcción de la famosa Zanja de Alsina que intentara evitar el robo de ganado y los malones.
Con la muerte del doctor Alsina llega al ministerio un joven soldado. Es Roca, quien no pierde tiempo en preparar la conquista de La Pampa y presenta su plan de ofensiva militar sobre las tribus “hostiles” y sus tierras. Cuando finalizó la ocupación total del territorio que permitiría repartir las nuevas tierras entre los dueños de la floreciente nación argentina, Roca posicionó su figura como la del padre de la nación occidental y cristiana. Entonces, calmo y con la tranquilidad del deber cumplido, Roca pronunciaba: “Cuando la ola humana invada estos desolados campos, que ayer eran el escenario de correrías destructoras y sanguinarias (…) extinguiéndose estos nidos de piratas terrestres y tomando posesión real de la vasta región que los abriga, habéis abierto y dilatado los horizontes de la patria hacia las comarcas del sur; trazando, por decirlo así, con vuestras bayonetas, un radio inmenso para el desenvolvimiento y la grandeza futura”.

 

Directo al grano

No hay posibilidad de construir un ideal nacional en una colectividad de hombres cuyos lazos económicos no están trenzados en un destino común. El debate aún inconcluso de la apropiación de la renta extraordinaria de la tierra, así como la influencia que ejercen los precios internacionales sobre la consolidación de los monocultivos, han puesto en conflicto al gobierno con las cuatro entidades que representan a los dueños del campo.
La soja cubre casi 18 millones de hectáreas (cerca del 60% de la tierra cultivada del país). El aumento de los precios internacionales de los commodities y la alta rentabilidad de los agronegocios debido al paquete tecnológico que utilizan (glisofato), han hecho migrar a los productores de distintos cultivos y la ganadería para esta sola actividad con la tierra. Culturas enteras fueron exterminadas; las praderas se poblaron y se hicieron ciudades, se desmontaron bosques, selvas vírgenes y se perforó el suelo. La llamada civilización entró a sangre y fuego o en lentos empujones de control. El Indio fue  reemplazado por el inmigrante. Otra cultura del derrotado, otra cultura vieja que se disfraza de nueva.
“Este es el último eslabón de un modelo de producción intensiva que las multinacionales del norte venden a los países del sur. Monsanto se apropia de las semillas, después de la transformación de los granos, y finalmente controla toda la cadena. Quien controla la semillas controla la comida, y por lo tanto a los seres humanos”.
 Es falsa la historia que nos enseñaron, falsas las creencias económicas con que nos dominan, también los órganos mundiales con que nos regulan. Los medios de comunicación, “paladines de la justicia”, inventan descaradamente: “Hay que abrirse al mundo”. No. No es verdad la idea de que América está aislada, rechacemos de cuajo esa posición. America es de un solo color amasado por millones de brazos humanos que nos hermanan. No sólo habla nuestra historia, larga y llena de señales. Lo hace nuestro presente: lo hacen la resistencia del pueblo hondureño a la dictadura y la presión de los presidentes a la OEA para que se ponga al frente del rechazo, como lo hace el repudio generalizado desde UNASUR a las bases militares en Colombia. También nos une el petróleo venezolano, el gas de Bolivia, los alimentos de Argentina, el agua del Paraguay, la amazona del Brasil. Es hora de romper el molde, es hora de que los pueblos vuelvan a ser dueños de sus tierras y, así, de su futuro.

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