Escribe Natalia Morandeira
Natalia Soledad Morandeira
Los pibes bandera

Nico viajaba con las piernas separadas para que el vaivén no lo tumbase. Cuando el camión bajó la velocidad y frenó, pudo escuchar la respiración del Piru. Al Piru también debía picarle la nariz, con ese olor pegajoso que salía de las bolsas que los rodeaban. Las puertas del camión se abrieron. El sol pegó de lleno sobre la cara del Piru y recién después se esparció sobre Nico y las bolsas. El Piru se había hecho un bollo sobre unos cartones y abrazaba sus piernas con los dos brazos, como si el pomberito le estuviera dando escalofríos. Hasta parecía otro el Piru, así, callado y quieto. Nico se le acercó y le dio una patada suave.
–Dejame –le dijo el Piru sin mirarlo.
El piso se sacudió y dos hombres subieron al acoplado. El de los labios gruesos lo tomó a Nico de la muñeca y lo bajó a la ruta. El otro, un flacucho que parecía que se rompía, sacó de un tirón los cartones que había debajo del Piru y lo miró entrecerrando los ojos. El Piru bajó solito. Se refregó los ojos con el puño y se paró al lado de Nico. Nico arrastró un pie sobre el asfalto, hasta que la suela de su alpargata chocó con la de su hermano.
–Vamos –dijo el flacucho, y salió de la ruta para meterse en una picada que se adentraba en el monte.
El otro hombre cerró las puertas del camión. Luego separó a los hermanos como si se hiciera camino entre dos yuyos y los agarró a cada uno de un brazo. Nico y el Piru trataban de seguirle el paso, pero el tipo daba zancadas largas y de a ratos ellos quedaban atrás y el brazo les tironeaba y les hacía doler. Los árboles del monte eran quebrachos, iguales a los que rodeaban a su casa. Sonrió y vio que el Piru, que coleteaba detrás del tipo de los labios gruesos, también sonreía. Si había quebrachos seguro que de algún lado iba a salir su papá, que siempre andaba hacha en mano, dele que dele buscando leña para vender en el pueblo. Pero el flacucho avanzaba y el monte se iba raleando. Los árboles se hicieron tan finos como las patas del hombre y el suelo se abrió y dejó ver un pasto gastado.
El flacucho llegó a un boyero eléctrico y los esperó. Cuando estuvieron cerca, tomó un tronco del piso y bajó el alambre para que los demás lo pasaran sin que les diera corriente. El boyero separaba al monte ya pelado de un campo verde y largo hasta el horizonte. El de los labios gruesos había soltado a Nico y al Piru. A ellos no se les ocurrió salir corriendo, ni siquiera sabían para qué lado quedaba el pueblo. Levantaron la vista y miraron a los hombres. Las chicharras cantaban, señal de que la piel se les iba a achicharrar en cuanto terminara de subir el sol.
–El trabajo es fácil –dijo el flacucho. –Jorge les va a indicar su lugar. Y hasta que pase el mosquito se quedan ahí.
Jorge, que así parecía llamarse el de los labios gruesos, asintió.
–Se quedan ahí –dijo, con una voz que parecía que salía de adentro de un embudo.
Nico se corrió un mechón de pelo de la cara y lo miró al Piru de reojo. El Piru se mordía la parte de adentro del cachete y parecía mucho más chico. “Si papá lo viera…”, se dijo Nico, y no terminó la frase porque se puso a temblar de sólo pensar en su papá llamándolo cagón al Piru. Después de todo, a Nico tampoco le gustaba estar ahí. Ese verde inmenso le daba dolor de panza justo debajo de las costillas.
–Cuando el mosquito se va, dan cuatro pasos largos –dijo el flacucho–, y esperan a que vuelva a pasar.
–Y esperan –dijo Jorge.
–Después dan cuatro pasos, y de nuevo. Así hasta que Jorge los pase a buscar. ¿Se entiende?
Nico y el Piru dijeron que sí con la cabeza. El mosquito era una avioneta, una mancha blanca que a veces sobrevolaba el pueblo.
–¿Hace mucho ruido? –dijo Nico, pero enseguida se arrepintió y se llevó la mano a la boca.
El flacucho hizo un gesto con la mano y pateó una piedra.
–Llevalos –le ordenó a Jorge.
Jorge los volvió a tomar de los brazos. La picada ya había terminado así que ahora se tenían que meter entre las plantas. No eran muy altas, se podía caminar bien. Jorge marcaba su paso diciendo “Un, dos, tres, cuá; un, dos, tres, cuá”, como si quisiera asegurarse de que los hermanos se aprendieran el número de pasos entre mosquito y mosquito. Enseguida llegaron al primer puesto.
–Te quedás acá –le dijo Jorge al Piru.
El Piru, libre de la mano tosca de Jorge, parecía más asustado que antes. Se abrazó. Tenía eso, el Piru. Cuando le daba miedo escondía la vista y se encogía, igual que el mataco bola. Nico, en cambio, miró fuerte a los labios de Jorge y eso lo hizo sentirse mejor. “Todo un hombre”, pensó que le diría su papá si lo viera. Jorge arrancó de nuevo la caminata, con Nico de un brazo que miraba para atrás para no perder de vista a su hermano.
–Y vos acá –le dijo Jorge cuando llegaron al puesto de Nico.
Jorge lo soltó, dio media vuelta y enfiló hacia el borde del campo, donde debía estar esperándolo el flacucho. Nico no lo vio irse, porque no quiso sacar la vista de su hermano. Tantas plantas iguales lo desorientaban fácil, y en cuanto mirara para otro lado podía perderlo de vista. Había que esperar nomás. Esperar el primer mosquito, y dar pasos, y esperar el segundo mosquito, y todos los mosquitos hasta que los llevaran de vuelta al camión. Y ahí iba a abrazar al Piru, y cuando llegaran al pueblo iban a armar una pelota de trapo.
El mosquito tardó en aparecer, pero en cuanto se vio la mancha blanca sobre el horizonte, justo detrás del Piru, el ruido se hizo cada vez más fuerte. Nico pensó que desde el mosquito sólo se debía ver la parte de arriba de su cabeza y con suerte su flequillo negro. Entonces dejó de mirar al Piru: estiró el cuello y tiró la cabeza para atrás. El mosquito era un monstruo blanco. Hacía tanto ruido que no se escuchaban ni las chicharras ni los pájaros del monte, pero eso no era lo peor. Lo peor era ese pis amargo que desparramaba por el campo. El mosquito descargó su pis y dobló en el aire. Nico no intentó abrir los ojos. Dio los cuatro pasos. La piel le ardía. A oscuras, y quieto en su puesto, tenía que esperar que volviera el mosquito. El mosquito y ese pis que lo haría doblarse. Igual que al Piru, igual que al mataco bola.








excelente !! una mirada muy original
ey! muchas gracias Soni! besote
Me encanto el cuento aunque al final sentí un poco de ardor en la piel! Muy lindo!!
Gracias Lu!
Para los q preguntaron… Sí, estas cosas pasan. Aquí hay un informe que lo documenta.
Y el mataco bola… es una especie de mulita, quirquincho o armadillo, que puede curvarse como si fuera un bicho bolita.
Hola Naty, mis saludos y felicitaciones por ésta forma de expresar la realidad. Ojala sigas haciendolo.
Besos
¡Genial!
Gracias Jesús y Mariano!! Besos
El cuento es bueno, creo que alcanza su mejor momento cuando Ntalia en la piel de los niños, expone la lógica infantil del seguro encuentro con el padre. Espero seguir leyendo cosas tuyas.
Un cálido abrazo
Gracias Anónimo x la crítica! Me intriga su identidad, pero acepto el silencio
Otros cuentos… En Sección Ingredientes de Hamartia (visite números anteriores!). Saludos!
Leí tu cuento de la edición 2… deje mi comentario ahi…
Tb leí el de la edición 1 no le hice comentario pero tb es muy bueno.
Mis humildes felicitaciones.
Bueno, muchísimas gracias Sr. Anónimo!!