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Escribe Eduardo M. Laens Aguiar [+]

El hombre exterior

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Deseo moverme. Veo estos apéndices inútiles, que aún llamamos piernas, colgar debajo de mí y una angustia crece en mi pecho hasta florecer en furia. En cambio, en la pantalla veo reproducciones digitales de la vida -porque eso sí era vivir-, en siglos pasados donde la gente caminaba, bailaba, hacía deportes, y sólo puedo envidiarlos. Y no es una envidia sana, ni hacia ellos ni hacia mí.
En increíble cuanto puede uno odiar lo que anhela, cuando el deseo se sabe imposible. Del mismo modo, odio a la humanidad por haberse convertido en lo que soy.
Malditos los hábitos costumbristas de comodidad. Maldita evolución. Detesto vivir en estos cubículos sin ventanas, conectados al sistema de abastecimiento alimentario. ¡No quiero un goteo sostenido de nutrientes! A veces me gustaría saber como se sentía comer, o incluso pecar de gula.
Me repugna que mi reposador, esta litera absoluta que es el trono de mi existencia,  esté conectado a la línea cloacal. También odio que el fruto de mi trabajo sea tan intangible como mi deseo de salir a caminar. Soy horas de programación, un obrero virtual y remoto que trabaja en componentes de un todo que desconoce.
También sentiría aversión por el ordenador, cuyo monitor ilumina mis horas de vigilia, si no fuera lo único que me conecta con los demás, lo que me deja descargarme en las letras.
A esta altura de mi vida estoy convencido que la madre naturaleza nos juzgó por nuestra pasividad. El proceso fue expeditivo y la condena nos resecó las piernas y nos fortaleció las manos.
Sin embargo la humanidad le plantó cara la evolución y luchó. Décadas de esfuerzos tecnológicos lograron que aun podamos cumplir con nuestras obligaciones naturales. Los gloriosos científicos lograron que aún podamos nacer, crecer, reproducirnos y, claro está, morir. Eso sí, todo se hace a distancia: nacemos en granjas de incubación, crecemos en cubículos, nos reproducimos in-vitro y morimos en soledad.
Un hecho que me quita el sueño es que ninguno de mis centenares de contactos virtuales sabe como es el mundo fuera de su caja. Lo asombroso es que nadie le interesa. Hay suficiente contenido en la red como para mantenernos entretenidos por varios siglos más. Películas, música, videos, literatura, foros, juegos, incluso personas.
No puedo entender que a ninguno le moleste no poder estirar los brazos sin tocar las paredes o el techo. Que nadie desee tocar la piel de sus padres, su esposa, sus hijos o sus amigos.
¿No aspiran otra cosa además de la impresión digital de una pantalla?
Estoy cansado de “Besos”, “Saludos” y “Abrazos” por escrito.
Durante años busqué sitios y foros disidentes, pero el control en la red es milimétrico.
La duda existencial suele ser si el precio a pagar vale el esfuerzo. Yo creo que sí, por lo que voy a apostar mi vida por conocer cómo es el exterior.
El algoritmo de encriptación de la escotilla es muy fácil de descifrar, probablemente el estado bajó la guardia en ese sentido.
He hecho los cálculos y creo que mis hombros pueden pasar por la pequeña abertura lateral del cubículo.
Mi último registro en la red será cambiarme el apodo a “El hombre exterior”.
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El esfuerzo que debió hacer para salir fue tremendo. Tenía manos fuertes pero brazos débiles. Si embargo su espíritu alimentó los músculos. Con la frente perlada de sudor abrió la escotilla y salió.
Afuera, no pudo ver el sol. El cielo eran nubes marrones y negras que se alimentaban de incesantes columnas de humo. El aire era irrespirable y supo que moriría en pocos segundos. Si el cubículo era una pesadilla, el exterior era el infierno. Alineados hasta el horizonte, los receptáculos eran la monotonía del paisaje.
Pero murió feliz.
En sus últimos momentos vio que, a ciertos intervalos, varios cubículos estaban abiertos, con los cadáveres de los antiguos moradores asomando como lenguas secas de bocas inanimadas.
Y antes de perder el conocimiento vio como muchos más se seguían abriendo.

Publicado el 23 Julio de 2009
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