Escribe Natalia Morandeira [+]
Un descuento importante
Desperté. La mañana estaba atravesada por un ruido áspero. Un graznido, el primero de los que desde entonces son el fondo de mis pensamientos. Di media vuelta hasta quedar de espaldas al placard y lo vi: había un pato sobre mi cama. El pico abierto, la lengua afuera y unos ojos como perlas que parecían mirar a través de mí. El pato se acercó e hizo un chasquido en mi oreja. Entendí. Si decidía darme un picotazo podía perforarme el tímpano. Sin destaparme, abrí el cajón de la mesita de luz, tomé las tres barritas de cereal que tenía y estiré el brazo para ofrecérselas. El pato me pegó un aletazo y sólo entonces tomó las barritas con su pico y salió volando. Desde la cama, lo vi unirse a una bandada que se alejaba hacia el parque. Cuando el cielo quedó vacío, bajé la vista. Sobre el acolchado, demasiado limpia, había quedado una pluma negra.
Salí de casa y caminé con pasos torpes. La pluma brillaba en uno de los bolsillos del pantalón que usaba de pijama. Di vuelta a la esquina y entré a la comisaría. Un pasillo largo, adornado con malvones, llevaba hasta un oficial con bigotes. Detrás de él había una jaula llena de patos. No eran muchos, entre siete y diez, pero ocupaban tanto lugar… Algunos estaban descoloridos y uno tenía una costra en la cabeza, quizás hasta era tuerto. El oficial me hizo pasar a una sala minúscula. Sobre la mesa de madera, había una televisión prendida con el volumen bajo. La pared cambiaba de color de acuerdo a las luces de las propagandas. En cuanto me senté, el oficial cerró la puerta y se sentó al otro lado de la mesa, frente a una máquina de escribir con teclas de metal.
–¿Motivo de la denuncia? –preguntó. Metí la mano en el bolsillo y saqué la pluma. –Pato –dijo. Asentí.
–¿Primera vez? –me preguntó.
–No, pero nunca habían entrado a casa.
–¿Cómo fue su primera vez?
–¿Con los patos?
–Sí, señorita. Necesitamos registrar todo: recuerdos, sensaciones, todo lo que sienta sobre su primera vez.
–Discúlpeme oficial, pero no creo que tenga relación con…
–Chito. Los por qués no le incumben.
Alcé los hombros. Una vez, cinco patos entraron a la panadería de doña Rosa. Yo tenía diez años. El pato más viejo me hizo sentar en el piso y vi todo desde abajo. Dos patos caminaban sobre el mostrador y otros dos sostenían la bolsa que Rosa llenaba con facturas. No les interesaban los churros ni los cañoncitos, pero al ver que Rosa escondió una lengüita de crema pastelera se enojaron tanto que rompieron uno de los vidrios que daba a la calle. Rosa se fundió al mes. Se jubiló y se fue del barrio. Nunca más la vi.
El oficial me dio un pañuelo de tela y terminó de tipear las últimas palabras de mi historia.
–Y esta vez, ¿cuántos eran? –preguntó.
–Uno –dije mientras me sonaba los mocos.
–¿Sexo?
–No sé, oficial.
–¿Edad?
Me quedé callada. El oficial alzó la pluma y la miró a contraluz.
–Un masculino de tres años –determinó. Me clavó la vista y, como si hubiera leído en mi cara lo que yo estaba pensando, agregó: –Sí, señorita, cada vez son más jóvenes.
–¿Pero entonces…?
–Entonces nada, se va a su casa –dijo él. Hizo avanzar el carril de la máquina de escribir, sacó el acta y la rompió primero en dos, después en cuatro y luego en muchísimos pedazos. –Las leyes son así. Nada.
–No entiendo…
–Disculpe, ¿usted no ve televisión?
–No, oficial, no tengo.
–Por eso, señorita.
–¿Por eso qué?
–Con todo respeto, usted está afuera del mundo.
Abrí la boca para quejarme pero no salió ni una palabra. Se ataca o se cede, esa es la realidad del diálogo. Suspiré resignada. El oficial sacó de un cajón un sobre de papel madera. Lo abrió y extendió su contenido sobre la mesa: algunos papeles y una birome. Tomó un cartoncito y le estampó un sello redondo. Luego arrastró al cartoncito hasta que tocó mis manos.
–Tome. Con esto le van a hacer un descuento importante –dijo. Movía rápido las manos y no me miraba. –La de 14 pulgadas le sale casi monedas, pero si me permite el consejo ponga unos pesitos y se saca un plasma.
–Es que no me gusta ver tele.
–A ver si nos entendemos… Así como están las cosas, nuestra única arma contra los patos es estar bien informados. Unidos. Seguro que usted duerme con las ventanas abiertas.
–Estamos en verano.
–¡Error! Si estuviese informada sabría que lo de los patos ñatos y los patos feos es historia, señorita, ahora no se conforman con pequeñeces.
–La verdad, no sabía.
–Por eso. Se compra un aire y cierra la ventana, ¿me escuchó?
–¿Usted dice?
–No, no. No lo digo yo, lo dice gente como usted todos los días, en la tele. Lo que pasa es que usted vive aislada. Enciérrese y prenda la tele, ya va a ver.
El oficial subió el volumen de la tele. Se llevó un dedo a la boca, lo mojó con su lengua y luego se peinó los bigotes con su dedo húmedo. “Fue primicia, Urgente, Lo dijimos primero”, apareció impreso en la pantalla. Era un canal de esos que pasan noticias todo el día. Un pato había entrado a la casa de una señorita caucásica, joven, empleada en una farmacia. Era yo. La periodista describió a la perfección mi caso y repitió dos o tres veces la edad del pato. Dijo también que yo había pedido leyes más duras para todos los patos. No recordaba cuándo lo había dicho, pero ya no importaba. Enseguida salieron otros casos. Uno, muy similar al de mi primer encuentro con los patos en la panadería de doña Rosa, le había ocurrido a un muchacho en una fábrica de pastas. Los patos debían repetir las técnicas. Comencé a prestar más atención. El oficial subió un poco más el volumen. Señores cuyos dedos eran arrancados de un picotazo, kioskeros que habían sido saqueados decenas de veces por el mismo pato, nenas que eran encontradas desnudas, con el culito lleno de plumas. Todo eso en la tele. Y más. Los patos se habían puesto violentos. Atacaban cada vez más seguido. Sin códigos.
El oficial bajó el volumen y me dio una planilla que había sacado del sobre. “Los patos, Paté de Foie”, decía el título. Era un petitorio. El oficial cortó la punta de la pluma con una tijerita china y me la alcanzó junto con un frasco de tinta.
–Que Dios la bendiga –me dijo.
–A usted –dije. Me levanté, mojé la pluma en la tinta y firmé.




Genial!!! hoy fui al centenario y me acordaba del cuento, esto me obligo a descargarlo, imprimirlo, y entonces aprovecho y hago un comentario. ¿la gente es tan densamente ignorante como para creerse todo lo que dicen en la tele? Chauchis !muy buena la revista, voy a difundirla como loca
Este es el segundo cuento que leo tuyo (me permito tutearte) es realmente muy bueno; la ironía del mismo, el sacar de contexto algunas cosas, pero que igual sepamos de que hablamos, es tan fuerte, que sólo puedo felicitarte.
Creo que, decime si me equivoco, te cuesta más escribir con dinamismo, los principios, que el medio o el final del cuento… tal vez puedas reempezar a escribir el cuento una vez que terminaste… se entiende? Reitero mis humildes felicitaciones. Simplemente excelente.
Sr. Anónimo: muchísimas gracias por las críticas y la lectura tan atenta. Sí, acertó, lo que más me cuestan son los principios. Trato de aprender a corregir desde el final hacia el principio, como dice y repite un tal Ramos, pero cuesta. Corregir es lo más difícil. Seguiré en eso… y comentarios como el suyo impulsan a escribir y a tratar de mejorar. Así q gracias. Saludos!
increíble, este cuentito no sabía que existía. Me cagué de risa, todas las imágenes se hicieron presentes. Por alguna razón las aves me atraen en demasía. Un beso, gracias por escribir.
(no quiero analizar tus notas con la profundidad intelectualoide, que nos hace creer que desarmando las palabras tendremos un inolvidabe y supremo goce literario)
mil gracias Marian…! espero entonces ser parte de -como decís- el lado activo del infinito! ja ja beso