La ignorancia de la clase media
Drogas e inseguridad

Fotografìa:Gastòn Vera
La clase política se desgasta atacando a la sociedad por el lado más sensible. Es la forma más directa y sencilla de conquistar sus corazones. Y el instrumento más efectivo para la faena es enrostrarles el flagelo de la inseguridad en la cotidianeidad de sus vidas. Aquellos con afán de tomar el mango de la sartén saben que aquí encuentran un resquicio para sus aspiraciones. En este contexto, deben también buscar razones para explicar la tragedia. La explicación sería cruel y poco divertida si estuviese en la existencia de la desigualdad y la marginalidad absoluta. Además, implicaría tomar como punto de partida que existen tales inequidades y exclusiones sociales. Entonces, ya que nadie pondría en tela de juicio que las drogas son malas, ¿por qué no culparlas de ser la fuente de todos los males?
El discurso apuesta a la ignorancia de la clase media. Aquel que no conozca el tema no sabrá diferenciar los efectos de la marihuana, la cocaína, la heroína, el paco, el queso, la pepa, el popper, o la nueva droga que aparezca mientras se escriben estas líneas. Así como tampoco conocerá las distintas circunstancias de la abstinencia. Lo que sí se sabe, rápido y sin chistar, es que un hijo de clase alta que sale empastillado de una rave no es un potencial victimario en un robo callejero. Pero el ciudadano de un barrio populoso que fumó un paraguayo trucho en la cumbia cerca de la estación puede ser el que nos arruine la jornada laboral cuando sacamos el auto del garage a las 7 de la mañana.
A lo que se apunta es al prejuicio, algo que abunda en el sentido común de muchísima gente. Sin embargo el discurso no tiene asidero para el que ejercite sus más de dos dedos de frente. En esta lógica todo aquel que se droga es un posible desencadenador de un episodio de inseguridad. En la alta gama que va del cheto pasado de rosca que atropella y mata a un chico para dejarlo tirado en el asfalto, hasta el pibe chorro que se toma un pase para reventar el mercado de la esquina, las posibilidades son infinitas; pero lo que no deberían funcionar son los reduccionismos.
En este escenario, la estrategia se basa en el temor y la desinformación. Así como no se habla de las verdaderas causas de la inseguridad, que se relacionan directamente con responsabilidades políticas, tampoco se informa que el flagelo que hace pie en el conurbano es enfrentado desde hace 22 años por el mismo color político y los mismos actores. A esta altura, los que se resguardan con el argumento de que la droga es la raíz del delito están cerca de ser cómplices del problema. Entonces, ese discurso empieza a sonar obsceno y perverso.


