Escribe Eduardo M. Laens Aguiar [+]Eduardo Laens Aguiar

Lobectomías

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—Una sentencia por asalto a mano armada y privación ilegítima de la libertad…
El juez leía los delitos cometidos por O. Knut con el frío discurso de la ley, sin inflexiones en el tono ni sentimentalismos que le quiebren la voz. Pero de pronto se detuvo y miró al fiscal del caso. Lo llamó para que se acerque al estrado.
—¿Esto es una broma? —preguntó el juez, algo molesto.
El fiscal del estado miró la línea que el juez marcaba en el legajo y le respondió tímido:
—Eh, no. Simplemente queríamos que figuren todos sus delitos.
El juez lo miró un segundo y luego meneó la cabeza. Le hizo un gesto con la mano para que se retire, orden que el abogado cumplió solícito.
El magistrado aclaró su garganta y prosiguió:
—… dos cargos por violencia presentados por la Asociación Protectora de Animales y un Acta Contravencional por ebriedad y conducta impropia.
Un murmullo recorrió la sala, atestada como nunca, que el Juez obligó a silenciar a golpes de martillo contra el estrado.
Centenares de periodistas captaban en vivo el momento histórico en dónde el último preso de los Países Latinos Unidos abandonaba el sistema carcelario.
El juez se sentía más cómodo en casos de presos con decenas de condenas por violación seguida de muerte. O por asesinatos en primer grado, agravado por alevosía y vínculo familiar. Pero la ley aplicaba para todos del mismo modo.
—Por el poder que me reviste, yo, Juez Pedro Ismael Bértolo, lo condeno, a los dieciséis días del mes de Agosto del año dos mil ochenta y cinco, a recibir como castigo una lobectomía prefrontal, según dicta la ley 84.621 en sus incisos cuatro, cinco y diez.
El murmullo trepó hasta ser un alboroto y los flashes atacaron la sala como si fueran parte de una tormenta eléctrica artificial. En simultáneo para todo el planeta, los Países Latinos Unidos habían logrado lo que en otros lugares del globo aun era una utopía: llevar a cero la tasa de inseguridad de la población. Gracias a la ley de reforma penal, los delitos graves habían desaparecido. Sólo existían, en los últimos tres años, denuncias administrativas que el código de convivencia solucionaba vía mediación de partes.
Si bien en un principio la iniciativa había tenido mucha oposición, la ley fue impuesta a la fuerza por la mayoría del congreso. Con el tiempo las aguas se calmaron, debido a algunos casos de resonancia, como asesinos en serie o personalidades acusadas de crímenes de lesa humanidad.
La ley imponía, para determinado tipo de condenas, la imposición de lobectomías prefrontales. El proceso, si bien irreversible pero de extrema sencillez, implicaba la extirpación quirúrgica de una parte del lóbulo cerebral. Estudios científicos demostraban que esta intervención convertía al paciente en un ser extremadamente pacífico, exento de malas intenciones y dominable por completo. Los reclusos sometidos a esta técnica eran alojados en granjas donde realizaban tareas manuales de diversa índole, aportando a la sociedad su torpe mano de obra hasta el último de sus días.
Las decisiones políticas y el aumento de casos en donde se aplicaba la ley sentaron jurisprudencia suficiente para bajar cada vez más el límite de delitos suficientes para justificar la ejecución de las lobectomías.
Con posterioridad, muchas condenas se replantearon, en busca de poder liberar las cárceles, por aquel entonces abarrotadas; logrando hoy festejar el cierre de la última en funcionamiento. En la ceremonia de clausura, propuesta para el día siguiente, estarían presentes los directivos de un grupo empresario que tomaba la concesión de los edificios para su usufructo como paseos de compras temáticos.
El pensamiento, tanta veces negado, de que un aumento en la dureza de las penas disminuiría el delito, se había cumplido y con creces. Un legión de jueces de mano dura, apoyados por el gobierno, se habían encargado de sembrar temor entre la población delictiva. Los potenciales criminales intentaron acoplarse al nuevo sistema o eligieron el exilio.
El mundo miraba con ojos alertas este fenómeno. Algunos países estaban deseosos de adoptar el modelo, otros tantos, lo rechazaban y condenaban. Imágenes de las granjas o fabricas, que el Estado regenteaba, donde ejércitos de imbéciles sin libre albedrío acataban órdenes como autómatas, acaparaban las primeras páginas de importantes diarios e inundaban la red; sobretodo en casos donde estaba en tela de juicio la verdadera culpabilidad del condenado.
Pero los Países Latinos Unidos hacían oídos sordos a las quejas del resto del globo, no sólo por dedición del gobierno de turno, sino por consenso popular. La gente era feliz en esta paz lograda a fuerza de bisturí. Las familias disfrutaban de los espacios de paseo a toda hora, los niños salían a jugar sin que los mayores se preocuparan y la policía cumplía su rol social con absoluta tranquilidad.
O. Knut se encontraba atado a la mesa de operaciones. Si bien ya estaba anestesiado, una lágrima rodaba por su cara. Sentía que se desvanecía, y antes de perder la conciencia preguntó:
—Doctor, al despertar ¿recordaré mi vida pasada?
—No lo sabemos, y lamentablemente, tampoco nos lo podrás decir.

Publicado el 21 Mayo de 2009
Comentarios

Muy bueno Edu…. realmente muy bueno.. un abrazo

Escrito por Daniel | 29/6/2009 a las 12:14



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