El capitalismo ante la crisis más grande de su historia

Editorial 1: Los lugares que no ocupamos, los ocupan otros

Texto: , y
Ilustración: Veronique Pestoni


Mi vieja desde chico siempre me dijo que los lugares que uno no ocupa, los ocupan otros. Lo que no dijo y entendí después, es que no ocupar el espacio, esa misma parálisis, es también ocupar un lugar.
Los vecinos del Parque Avellaneda se mostraron unidos cuando el gobierno de la ciudad comenzó a enrejar todos los parques. La respuesta fue contundente: demuéstrennos que es inseguro el parque sin rejas y nosotros mismos lo cerramos. Hoy el parque es dirigido por un espacio con participación de vecinos y por supuesto: no tiene rejas.
Un linyera debajo de la autopista, un empresario desde su oficina, un desocupado revolviendo la basura o un activista en una plaza conforman claramente distintas espacialidades, distintas formas de ocupar el espacio. Sus cuerpos y las acciones de sus cuerpos (sus prácticas) condicionan y producen realidad. Y todos, al mismo tiempo, todos, presionan sobre un mismo lugar, la sociedad. Lo público siempre fue la política, el campo en donde las distintas decisiones disputan el sentido de la vida.

imagen-editorial
En la edad media, lo público era del Rey. Se entendía desde un fundamento sobrenatural todo el conjunto de relaciones vigentes. A nadie se le ocurría cuestionar esta realidad, y si se lo hacía, sólo era en el ámbito de lo privado. Con el desarrollo de las riquezas una nueva clase surgía, la palanca para forzar su emancipación fue el dinero. Desde fines del siglo X al XI la burguesía comenzó a constituirse, su ámbito natural fue la ciudad. Allí, plasmó su ideal de civilización: la libre circulación de la riqueza. La plaza fue el escenario en donde se puso en funcionamiento el mercado: espacio libre que congrega vendedores y compradores. El dinero impuso nuevas relaciones, y paulatinamente el intercambio de mercancías se convirtió en un foro, en el que los miembros de la nueva sociedad comenzaron dialogar, a cambiar opiniones, a uniformar actitudes a partir de la critica del comportamiento ajeno, a elaborar normas e ideas, a delinear proyectos. La opinión individual, lo privado, encontraba espacio para hacer de lo público, la política, una herramienta para el individuo.
Ya para la “…sociedad del siglo XVII, el cuerpo del rey no era una metáfora, sino una realidad política: su presencia física era necesaria para el funcionamiento de la monarquía”. Los cuestionadores; los burgueses entonces revolucionarios, proclamaron “Libertad, igualdad, fraternidad”, de la plaza a los cafés, de la prensa a la escritura, de la casa al poder. Los hombres opinaban, querían gobernar. La esfera social surgía de un doble movimiento: la transformación del interés privado por la propiedad privada en un interés público y la conversión de lo público en una función de los procesos de creación de riqueza. Los ideales de la revolución ponían al descubierto una necesidad política y filosófica: el hombre en el centro de la historia.
La burguesía tenia la conciencia exacta de que todas las armas forjadas por ella, contra el feudalismo, se volvían contra ella misma. Comprendía que todas las llamadas libertades civiles y los organismos de progreso atacaban y amenazaban, al mismo tiempo, en la base social y en la cúspide política su dominación de clase.
La propiedad privada, si bien ya existía desde los romanos, se universaliza como única idea de apropiación. “el propietario es el único dueño de su bien, lo usa y abusa de él, plegándose al mismo tiempo al conjunto de leyes que fundamentan su propiedad”. La clase de los productores quedaba por fuera, la traición se hace evidente. Ellos privan a los productores de los medios con los cuales se produce. Los fines y los medios se divorcian, a lo largo de los siglos, por el mismo sistema de poder que divorcia a la mano humana del fruto de su trabajo y obliga al perpetuo desencuentro de la palabra y el acto, vacía a la realidad de su memoria, y hace a cada persona competidora y enemiga de las demás.
Al mismo tiempo se identifica esta necesidad de participación con una nueva concepción de propiedad
Cuando el mundo termina por hacerse mundial y cuando el hombre termina por hacerse humano parece haberse encerrado en una oscura individualidad que no le permite pensar al otro, sino como algo ajeno, como parte de otra realidad. La más extrema individualidad encorsetada en una práctica esquizofrénica de consumo retrata nuestra realidad. “La soledad es la única libertad”…
La participación que no se registra en los sucesos sociales, se vincula directamente con la apropiación cotidiana que hacemos del espacio.
En capital ya existen más de 21 kilómetros de rejas en torno a los espacios verdes, un tercio del perímetro de la ciudad. Esta cantidad alcanzaría para cerrar toda la general paz.
¿Quién ocupa los lugares que nosotros simplemente no ocupamos, o que decidimos no ocupar? Discutir sobre el espacio público, su historia, su desarrollo, sin pensar quién lo ocupa y cómo se ocupa, es mirar un solo lado de la moneda.
El presidente Obama presentó su plan anticrisis. Dos ejes: un paquete de estímulo de 800 mil millones de dólares y otro paquete de rescate de un billón de dólares para el sector financiero. El capitalismo ante la crisis más grande de su historia, contrariamente a lo que profesó siempre, propone que la economía de los privados se sostenga con los fondos de lo público. Paul Krugman Nóbel de economía y oposición desde adentro plantea, en cambio, que los banco en peor estado deberían ser nacionalizados y canalizar los fondos federales a los desempleados o a proyectos de infraestructura, que garantice o creen puestos de trabajo.
Lo privado pertenece a la categoría de individuo
De la cama al living seguimos comprando el discurso pantalla plana 49 pulgadas que no dice nada de que han cercado el verde. Lo han cerrado y le pusieron horario. Así la reja separa la plaza de la calle y seguimos comiendo el verso: lo público es de todos, pero peligroso, corrupto, vago, costoso, ineficiente, decadente, pasado. No queremos hacer de esto un llanto melancólico de plazas. Que se entienda bien: Las rejas tendrán que caerse, pero será necesario más que bellas palabras para tamaña proeza. Aunque hallan roto el lenguaje hasta el punto de que asociemos la publicidad, que es por definición el discurso de lo público, con la venta, el marqueting, el estandarte de su berreta pedantería. (Convertir algo trivial en necesidad impostergable).
En una reciente entrevista a Andrés Rivera se le pregunto sobre las consecuencias que tiene el rechazo tan drástico hacia la política por parte de la sociedad. Él contestó: “piense en aquellos que vivieron la década del 70. Por esos años se suponía que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. Pero eso fue arrasado. Ahí tiene de donde emerge “la política es una mierda”. Están aquellos que lo dicen convencidos tras haber atravesado un momento de euforia, de éxtasis le diría, de participación activa en la militancia política, que luego devino en los años de la dictadura en las persecuciones, los exilios, o el silencio. Y se empezó a escuchar al vecino, que siempre miró para otro lado, decir que “ahora estamos bien”…
Se trata tal vez, de un giro de época en el que el corazón de la política, que sigue siendo el ámbito de lo público, vuelva a ser no sólo un espacio de disputas palaciegas o de impúdicos lenguajes importados de las gramáticas empresariales, sino el lugar en el que se cruzan los lenguajes de la crítica y los modos, otros y nuevos, de la participación política.

  • Facebook
  • Google Plus