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Por Rodolfo Kusch

LAS CALLES DEL CUZCO

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En el Cuzco el paseante es golpeado a cada instante por el pasado. De buenas a primeras, en un pasadizo, o a lo largo de una calle, se topa con antiguos muros, que datan de 700 a 1.000 años atrás. Algunos están formados por grandes e irregulares piedras, otros por cubos también de piedra, perfectamente pulidos y dispuestos con maravillosa precisión.
Y todo esto se da repentinamente con esa firmeza espléndida y sobria que tienen las cosas antiguas del altiplano andino.
Encima de estos muros se yerguen las blancas paredes levantadas por los españoles y coronadas arriba por los tejados rojos. Esta superposición de construcciones, convierten a las calles del Cuzco en corredores bordeados por recintos amurallados.
Pero apenas alcanza el tiempo para admirar todo esto, porque repentinamente nos rodea una banda de chiquillos. Estos no hablan castellano sino quechua, pero conocen indefectiblemente dos palabras claves del inglés: “Money, mister”. Los queremos convencer de que podríamos ser más pobres que ellos, pero es inútil. Se ríen y nos persiguen a través de largas cuadras. Ser rubio significa para ellos tener dinero y hablar inglés.
Pero eso no es todo. Una vez al descender por la calle Melo, que es muy empinada, nos vimos en figurillas para no caer.
Había llovido y las piedras estaban sumamente resbalosas.
Detrás nuestro se había reunido otra banda de chiquilines, que apostaban entre sí a que nos caíamos. Por supuesto que no les dimos el gusto.
Había entonces una evidente contradicción entre esas antiquísimas calles del Cuzco y estos episodios que protagonizan los actuales habitantes. Porque una calle como la de Loreto, la cual a lo largo de cien metros está bordeada por una rígida y espléndida muralla incaica, debió responder a otro criterio de vida. Y reconstruir a éste requiere un gran esfuerzo.
El Cuzco había sido una ciudad sagrada. Antiguamente todos los senderos de las cuatro zonas del imperio concurrían hacia esta ciudad. En el centro neurálgico de la cultura quechua, concebido como un “ombligo” en el cual se encontraba la divinidad y el mundo. El imperio mismo era una especie de inmensa masa mágica que se iba concentrando desde sus confines hasta convertirse, en el Cuzco, en murallas imponentes. La piedra concretaba el poder de la magia. No por nada corre aún hoy la leyenda de que los incas habían descubierto cierta planta con la cual amasaban la piedra. Esta no debió ser Otra cosa que un fluido mágico extraordinariamente concentrado. Piedra y magia tienen su punto de unión para un quechua.
Una prueba de este sostén mágico estaba dada por las cuarenta y un hileras que agrupaban más de trescientos adoratorios, y que convergían hacia el templo del sol, actualmente convertido en el templo de Santo Domingo. Todas esas hileras eran recorridas en distintas épocas del año y motivaban determinados ritos. La magia y la religión convertían entonces a una calle en otra cosa, que difiere de lo que entendemos hoy por tal.
Ante todo el espacio que vivía el quechua no estaba vacío, sino que estaba contaminado por la divinidad. Cuando un quechua salía de su casa no entraba en la calle como si estuviera vacía, sino que ingresaba a un lugar que era aún más sagrado que su propio hogar. Era en parte el hogar del inca, quien como representante de la divinidad disponía de todo el imperio y también de la calle. Siempre había en la calle un símbolo mágico: una puerta, un paredón, alguna piedra, alguna fuente que debían ser adoradas. Por todos los lados espiaba la divinidad.
Indudablemente en el Cuzco antiguo la calle era más importante que el hogar de cada uno.
Entre aquel entonces y hoy mediaron mil años. Las cosas han cambiado. En el siglo xx la calle es otra cosa. Por ejemplo, ¿qué significa aquí en Buenos Aires una calle? Ante todo la calle se antepone al hogar y éste es el refugio de uno mismo, donde están nuestros familiares encerrados entre muros amables. Y en cambio la calle es lo antagónico, porque en ella todas estas cosas de nuestra pequeña y buena vida se dispersan y pierden su sostén. En la calle, a diferencia del hogar, estamos expuestos a los peligros. Si en ella no está el vigilante, nos pueden asaltar, nos puede ocurrir algún accidente, y, si nos desmayamos, en vez de ser llevados a casa, vamos a parar al hospital, en donde perdemos totalmente nuestra intimidad. La calle para nosotros es, en suma, la tierra de nadie.
Dios ha creado el mundo para vencer el caos, nosotros en cambio hacemos el camino al revés. Desde nuestro pequeño hogar, creado por nosotros, retorn amos al caos. Dios progresaba, nosotros en cambio regresamos.
Por eso tenemos otro sentido de la calle que el que tenían los quechuas. Estos estaban más cerca de la creación que nosotros.
Los antiguos trataban de que la salida a la calle significara la persistencia de la creación divina. Pero nosotros restablecimos en el siglo XX el caos.
La calle indudablemente no nos gusta. Nunca advertimos lo que ocurre en ella. La usamos en Buenos Aires, pensando siempre en otra cosa, y la recorremos totalmente distraídos.
Nuestra calle tiene algo de convencional y teórico, y pensamos que en el fondo nos fueron impuestas con un trazado en el cual nunca intervenimos y que, por eso mismo, nunca sabemos adónde nos llevan. Andar por nuestras calles significa no saber nunca qué rumbo tomar. Apenas si podemos usar la variante de doblar una esquina en noventa grados, suponiendo que algo [ ocurrirá, pero Siempre volvemos a toparnos con el infinito, con todo ese Sabor matemático e inhumano que le es propio.
De ahí el sentido de nuestros cafés y pizzerías. Son refugios levantados a un costado de la tierra de nadie. Ahí respiramos.
Vamos al café en determinados días de la semana para encontrarnos con los amigos, como para restablecernos de la indiferencia de la calle. Y cuando nos toca pasear entramos desesperados en una pizzería. Ahí, en un rito masticatorio buscamos inútilmente de reojo la humanidad de los otros, hasta que tiramos el papel grasiento, y salimos como caballeros, y con mucho disimulo, a la calle, para caminar unas cuadras más.
Pero el rumbo sigue faltando. Y al fin tomamos algún vehículo, casi a modo de fuga, y nos refugiamos otra vez en el hogar donde nos encerramos.
También se advierte todo esto en el Cuzco. Sus calles pertenecen al Siglo XX. Parecen servir sólo para asaltar al turista y pedirle con insistencia una moneda. ¿Y eso es todo? ¿Pero dejaron realmente de ser las antiguas calles del imperio para convertirse en la tierra de nadie del Siglo XX? Me pareció que no.
Es difícil que el hombre, cuando invade la calle, no la convierta en algo más amable. Eso lo comprobé cuando cierta vez entramos en un almacén del Cuzco. Ahí entablamos conversación con un hombre que hablaba un castellano muy duro. Le expresé mi deseo de quedarme en la ciudad y él tuvo una extraña respuesta en la cual se advertía una rara urgencia: “Quédate pues, señor”, me dijo. Cuánta solidaridad había en su frase. Hasta pensé que los episodios callejeros en el Cuzco se debían quizá a que el cuzqueño, en general, asalta al turista como si apelara con violencia a una solidaridad de la cual todos están despojados.
En lo más íntimo no quiere aceptar esa tierra de nadie que es la calle y obra a su manera.
¿Hacemos nosotros lo mismo? Sobre esa calle municipal, que es la tierra de nadie, ponemos una segunda calle creada por nosotros. Es la que elaboramos desde la niñez, con nuestros juegos en la vereda, la historia de cada puerta con el recuerdo del potrero que batíamos heroicamente, con la conversación primera en el zaguán de la novia. ¿Qué es todo eso? Es nada menos que el mito que superponemos a la piedra y al asfalto.
¿No hace lo mismo un buen hombre de barrio, que lleva su silla a la vereda y convierte a la calle en una prolongación del fondo de su casa? ¿Y qué decir de ese otro mito mucho más armado que se vincula al tango? Cuando queremos simbolizar nuestra danza gráficamente dibujamos un callejón, en el cual danza una pareja de malevos y detrás, un hombre con un bandoneón a quien nunca se le ve la cara. ¿No es ésta la calle mítica y mágica que superponemos a la calle real? Más aún, la vinculamos con un momento determinado de nuestra historia, su música y su famoso baile. A esa época y a sus símbolos atribuimos una serie de dotes humanas que ya no creemos encontrar hoy en día.
Qué sospechoso llamado a la solidaridad expresamos en todo esto y qué deseo de restituir un mundo mágico y simbólico. Se diría que queremos restituir el imperio incaico en Buenos Aires. Pero Si fuera así qué tímido es el mito del tango comparado con la tremenda empresa mágica que habían levantado los quechuas en el Cuzco hace mil años, cuando las calles eran todas sagradas.
Sin embargo, a las dos de la mañana pasa una patota por la calle de nuestro barrio, y uno de sus integrantes lanza un grito destemplado y agresivo. Algunos de sus amigos lo festejan, aunque a nosotros nos parece salvaje y torpe.
Pero todo lo humano tiene un sentido. ¿No será que aquel muchachón quería poblar ese caos de la calle, esa tierra de nadie, con su brutal humanidad, siquiera en forma de grito? ¿No será también que no le hemos dado aún el gesto que convierta a su grito en una frase? Más aún, quizá esté diciendo como aquel cuzqueño: “Quédate pues, señor”, sólo que no sabe a qué señor debe referirse. Por eso grita. No quiere confesar su indigencia.

Publicado el 28 Abril de 2009
Comentarios

quiero desir te q lo mucho q te quiero

Escrito por melania | 13/4/2010 a las 18:47



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