Algo se escapa
sobre carnavales y saberes del cuerpo

A los Mamarrachos de Almagro,
a Omar,
a José
Siempre hay algo que se escapa. Algo que no se deja atornillar por las palabras al concepto. Y, en general, eso que se escapa se parece mucho a la vida.
Pero va que uno insiste. Y escribe.
El del acordeón deja el instrumento en el piso del escenario, agarra el tono como puede, mira adelante y canta: “tristementeee…”; silencio; en ese segundo ve todo, ahí abajo nomás los bombos, un poco más atrás toda la murga, detenida, expectante, las manos en alto, el gesto congelado, miran al público, cientos de personas, forman un extraña ronda que los rodea, atrás más, más gente, atina a ver los árboles que se alzan al costado de la calle, los edificios, que parecen dormidos, ignorando la fiesta que hay ahí abajo, en la calle -tal vez sea la fiesta en la calle que ignora a los dormidos- el del acordeón en el piso mira a sus compañeros y termina la frase con ellos “…le anunciamos la partida..!”, los bombos, la murga, la gente, la calle, explota… eso que se escapa le acaba de atravesar el corazón.
Tal vez sea que estamos acostumbrados a armarnos estructuras, formas que andamos buscando aplicar al mundo, moldecitos mezquinos, sin darnos cuenta que pocas veces –bah…nunca- encajan.
Perdón que los meta en esto, me corrijo: estuve acostumbrado a aferrarme a moldecitos.
Lo que pasa es que a veces –bah… siempre- la vida sucede con tanta exuberancia que se nos hace inevitable no dejarnos atravesar por ella.
Y capaz que en esos momentos aprendemos algo que se nos escapa.
Tal vez porque aprendemos con lejanos rincones de nuestro ser.
Los bombos repican suave pero insistentemente, se arma la ronda, el pibito se va levantando con el ritmo insistente, de a poco va llegando al centro, también llegan otros más, a veces se suma uno del barrio, es su momento, sabe que va a dar todo, baila, suenan los tres silbatos del director, los bombos redoblan, el pibito salta, corte y matanza, patea, vuela… salen dos nenitas… chicas más grandes…. los varones… lo mismo, la misma entrega, vuelan, andá a saber qué bronca, qué tristeza, patean en los tres saltos, andá saber de qué está hecha esa calle en la que se vuelven a apoyar para saltar de nuevo, qué sueño alcanzan cuando vuelan, andá a saber de qué está hecha esa alegría.
Hay encuentro. Eso que se escapa sabe a encuentro. Extrañamente en esta sociedad injusta, desigual, discriminatoria, excluyente, hambreadora, maldita sociedad asesina de sueños y gente, que parece no querer cambiar, extrañamente una fiesta nos encuentra, nos suma, nos hace uno y todos en la alegría. Y no es poco, porque… ¡cómo se extraña la alegría en una sociedad injusta, desigual, discriminatoria, excluyente hambreadora y asesina!
Que no cambia, carajo.
Y cómo duele que no cambie.
Y el primer día salió todo mal; y el segundo mejoró; y otro día la gente miraba, se quedaba, pero ni aplaudía; y un día éramos 4, y el acordeón, y había 2 micrófonos; y otro día nos tuvimos que ir sin pasar porque se retrasó el corso; y en uno llegamos más que tarde; y en uno el corsero era super amable y solidario; y en otro no tenía ni idea de lo que pasaba: en uno ni estaba; y en otro había corridas y piñas; y siempre el más chiquito de los que toca el bombo sale al centro de la ronda, arroja el mazo al aire, se descuelga el bombo y baila, salta, vuela; y un día la murga nos pedía una canción que no habíamos ensayado; y en medio de todo eso uno de los chicos de los bombos descubrió cómo mirar al escenario para hacer el corte justo, esa mirada que es un gesto pequeño que no la aprendés en ningún conservatorio; y en uno habrían cincuenta personas pero parecían mil; y en otro eran como quinientas pero parecían dormidas; y en uno la presentadora nos elogió por la fuerza; y en muchos uno de los que baila viene con la moto del reparto, se pone la levita, sale, baila y vuelve a laburar; y en todos lados los mamarrachos crecían y crecían y creían
Lo que pasa es. Y no hay con que darle. Y si pasa hay que festejarlo, hay que sumarse a la alegría, aunque sea un ratito, aunque haya que esperar a febrero.
O habría que impedir que nos posterguen la alegría el resto del año y festejar de prepo.
O aprender a encontrarnos.
O bailar y cantar cuando queramos.
O salir corriendo enloquecidos detrás de aquello que se nos escapa.
Porque les juro que hoy eso que siempre se escapa andaba dando vueltas, bailando, en el medio de una murguita de almagro.
¿Qué pasa Pipo? me pregunta uno de los chiquitos de la murga, mientras me da la mano y me saluda, preocupado, porque todavía no arrancamos y no sabe si va a poder bailar, le explico y pienso en la alegría nueva que me da ser otro, sin documentos de identidad, libre, rebautizado por este chiquito que en un rato más va a salir al centro de la ronda a dar todo, bailando.
Final. Mientras apagan todo en el corso y empiezan a guardar y a abrir la calle para la circulación, a un costadito del micro los pibes arrancan de nuevo con los bombos, unas chicas cantan, saltando abrazadas, otros vuelve a bailar, el presentador y el director de la murga se abrazan, fuerte. Es que hicimos un largo viaje.
Pipo
(en la madrugada del lunes 25 de febrero de 2008)



