Escribe Eduardo M. Laens Aguiar [+]
Eduardo M. Laens Aguiar
A falta de pan
El sol se rendía, agónico, otra vez. Ricardo había escuchado en algún lado que los productores de cine le decían a ese momento del día “la hora mágica”, donde el cielo desplegaba a bocajarro todo su armamento de colores. Quizás por eso Ricardo se sentía especialmente motivado, con energía, incluso inquieto, eufórico. Y en consecuencia, hablaba. Disfrutaba preparar y disparar sus pensamientos y opiniones, sin la cortedad a la que la soledad lo obligaba. Estaba feliz y rebosaba elocuencia.
—Ojo —continuó con un gesto de fingida humildad—, esto ya lo había predicho Malthus hace un montón de años. Iba a pasar: la gente se iba a comer entre ella. Y te juro que si bien me costó acostumbrarme, con el paso del tiempo me fui dando cuenta que la cosa marchaba —acompañó la frase con un movimiento circular de los dedos índices—; qué sé yo, era una forma de salir del quilombo que teníamos. Porque claro, ahora ya no se podía hablar más de escasez, bloqueo o limitaciones, pasamos de ser el más golpeado país tercermundista a volver a ser el país bananero que siempre fuimos, si lo que nos sobraba era gente.
Fritz escuchaba en silencio y observaba, aunque soltaba breves preguntas a fin de comprender mejor el discurso que le estaban impartiendo. Tal vez fuera un vicio adquirido por los años de periodismo, tal vez fuera porque se veía sobrepasado por la situación. Sea como sea, ponía absoluta concentración, incluso leyendo entre líneas o buscando un doble sentido a la perorata. Afuera la luz menguaba y la oscuridad que la noche prometía le hizo un nudo el estómago. Era, sin duda, incertidumbre mezclada con un poco de miedo y otro tanto de ansiedad. Era estar en un solo en un país desconocido y alejado de la civilización.
—¿Sabés —explicaba Ricardo— qué lindo era los domingos comerse un buen tipo a la parrilla? Y el Ñato chocho, porque los huesos eran enormes.
—¿Ñato?
—¿Qué? —soltó Ricardo por instinto, pero de inmediato comprendió la pregunta—. Ah, si, mi perro. Pará que te lo llamo. ¡Ñato! ¡Tomá! ¡Ñato!
Ante ellos se apareció, a paso lento, un simpático ejemplar de beagle, un poco gordo y con la trompa encanecida. Los miró a ambos con ausente interés y luego de olfatear el aire un par de veces dio medio giro para acostarse a los pies del alemán.
—¿Pero ustedes no comieron sus perros? —preguntó Fritz, algo sorprendido, en su imperfecto español.
—¿Cómo me voy a comer al perro? —dijo Ricardo ofendido, mientras miraba alternativamente a ambos—. No ves que ustedes los europeos son unos enfermos.
El periodista contuvo su lengua. Al fin y al cabo, no tenía sentido discutir.
—Pero pará, ¿de qué te estaba hablando? —Ricardo achinó los ojos para recordar—. Ah, sí. Pasamos el 2012 sin pena ni gloria. Vos viste, ni fue lo que Hollywood predijo, ni lo que se hablaba en Internet. Pasó lo de California —hizo una pausa para pensar— y lo de Nueva Zelanda; pero comparado con lo que había venido pasando, medio como que no te sorprendía.
Fritz recordaba algunos desastres más ocurridos en la fatídica fecha, pero tal como su interlocutor decía, el mundo no se había conmocionado ni mucho menos.
—Es lo que pasa, ¿no te parece? —prosiguió—. Yo siempre decía: estamos perdiendo capacidad de asombro. Después que ya viste atentados en vivo, porno de todos los colores y mil videos de bloopers y accidentes, todo te parece una boludez. Para mí, el apocalipsis en serio fue cuando la Internet tomó consciencia de sí misma y nos empezó putear. A ustedes les hizo mierda la economía; a nosotros, que la habíamos hecha mierda solitos, se dedicó a forrearnos de arriba a abajo.
El alemán se acordaba la crisis agrícola ganadera que había destruido la economía del país, el vaciamiento de 2010, la contaminación de las napas y el caos social de los años siguientes. Recordó que el mundo se había preguntado cómo era posible que una nación con tantos recursos hubiera quedado sumida en el más absoluto pauperismo. Lo de internet, a medio mundo de distancia, le había parecido una nimiedad. Pero el discurso de su interlocutor continuaba y eso lo sacó de sus pensamientos.
—Y ahí se enquilombó todo más, nadie chequeaba su correo porque te caían quinientos mails donde internet te decía lo estúpido que eras. Y si querías ver otra cosa, Internet te mostraba una página donde te trataba imbécil, de subdesarrollado, de inadaptado mental, de cornudo. Una hija de puta la Internet.
—¿Pero no mejor dejar de navegar? —la pregunta se caía de madura, pero a veces es lógico preguntar obviedades.
—¡Claro! Pero entonces, como no daba para salir, porque capaz que te caía alguno que te quería morfar, mirabas tele. Y ahí te agarraba un hambre que ni te cuento. Eso de ver gente y gente te mataba. Ni te cuento si aparecían minas en bolas. Tenías que salir a buscar algo de comer sí o sí. Un círculo vicioso: Salías, te bajabas a alguien y volvías. Mirabas tele, te daba hambre, y otra vez a la calle. Mirá, ¿ves esta cicatriz? Un tipo en plaza San Martin que tenía una veintidós. Y esta de acá, feita ¿no?, una mina que tenía un tramontina en la cartera y me costó un huevo, no sabés cómo se movía la hija de puta.
—Qué sé yo, era lindo, tenía su mística. Bah, yo te digo eso porque siempre fui medio solitario. Era salir con cuidado, elegir bien, prestando atención a los detalles y ¡PAM!, pegar el zarpazo. La que se deprimió de toque fue la gente que tenía mucha vida social. Porque claro, se dejaron de hacer recitales, de ir a la cancha. Ni hablar de una reunión de amigos, donde todos se miraban de reojo. Igual al poquito tiempo ya no quedaba tanta gente, porque el que no se escapó, se escondió o se lo comieron. Entonces salir a buscar morfi era cada vez mas complicado. Había que rebuscársela bastante, el yeite estaba en conseguir un gordo, porque te rendía para varios días y la carne era más blandita.
Afuera se escuchó un murmullo, probablemente a causa del viento de la tarde, pero los sobresaltó, por distintas razones, a ambos. El perro, en cambio, se limitó a alzar las cejas, durante medio minuto, y luego volver a cerrar los ojos. Eso pareció dirimir la cuestión.
—¿Usted nunca sentir culpa? —la pregunta brotó sola, como un espasmo involuntario de moral.
—¿Cómo? No sé. O sí, me parece que una vez me dio culpa, con una vieja. No me acuerdo mucho. Pasa que cuando la panza te hace ruido mucho no te importa ¿me entendés? Lo que nunca soporté era el mal aliento que te quedaba, porque eso de comer siempre carne no te hace bien. No sabés lo que extraño una buena ensalada. La última que comimos con el Ñato era de hojas de ombú, un asco.
La representación mental de las ensaladas –la última y la ideal- llenó el espíritu de Ricardo de sensaciones encontradas. Al punto de perder el hilo de sus ideas.
—¿A que iba? —intentó recapitular— ¡Ah! Vos llegaste preguntando por el cartel. Si, lo hice con la piel de los que me morfaba. Me di cuenta que la estaba tirando al pedo, que para algo tenía que servir. ¿Quedó lindo, no? El nombre se me ocurrió a mí solito: Iglesia del Nuevo Cuerpo Encarnado. Tiene su gracia. No sabés la de gente que venía a preguntar al principio y caían en la volteada. Después medio como que se corrió la bola y ya no venía nadie, pero igual cada tanto algún boludo cae… sin ofender.
—Igual, me imagino que todo tiene un final. Hasta a mí, que me la rebusco bastante, me está llegando la época de las vacas flacas.
—¿Época de vacas flacas?
—Una frase típica de mi mujer. Te mostraría una foto de ella, pero no me quedó ninguna.
—¿También comer a sus esposas? —Fritz creía que ya nada podía sorprenderlo.
—¡No! ¿Cómo se te ocurre que nos comíamos a nuestras esposas? Hay códigos. Bueno, yo me comí a la mía, pero eso fue bastante después. Es que no sabés cómo me rompía las bolas. Medio que se lo buscó.
Fritz pensó en su Anna y sintió como las sienes se le llenaban de indignación. En el fondo, el hecho de que se haya comido a la mujer no le importaba tanto, pero fue la gota que derramó el vaso. Todo le parecía increíble, pero al mismo tiempo terrible, morboso e inmoral. Una ciudad convertida en averno, una cacería donde cada persona es al mismo tiempo cazador y potencial presa. Y todo sazonado por un imbécil que con total naturalidad avalaba esta monstruosidad.
Esto, junto a la situación en la que se encontraba, fue suficiente como para hacerlo explotar. Apretó los puños y un horrible hormigueo recorrió sus brazos. En su pecho sentía furia y odio. En parte se sentía un idiota, pero el núcleo de su ira era que odiaba a ese tipo y a su patético país. Le fue imposible controlarse más. Las palabras salieron solas, sin importar las consecuencias.
—¡Arschloch! ¡Verdammter Hurenbock! ¡Du bist ein Stück Scheiße! —dijo Fritz, sintiéndose absolutamente desbordado.
—¡Pará un poco, eh! —reaccionó Ricardo sorprendido— No sabré idiomas pero me doy cuenta cuando me putean. ¿Quién carajo te creés que sos para hablarme así? Periodista de mierda. Ustedes serán todo lo avanzados, imparciales y superiores que se te cante, pero ¿quién es el pelotudo que está atado? ¿Eh? ¡Eh! ¡EH! Gil.




