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Vos, corderito, multiplicaste la crueldad durante milenios.

La mosca esta en la sopa

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El tipito tiene el enojo del prisionero con el culo domado a bastonazos, y parece condenado a la violencia por falta de placer. Ha alborotado bajo la suela de una bota, frenéticamente, hasta quedar quieto, sin aliento, inerte como una bolsa.

 
Allí donde los vahos se acuestan con sus sombras empieza la función. Un enjambre de esclavos ocupa las butacas y los primeros aplausos nos pueblan de silencio. Espectadores de lengua atrapada, de palabras a medio morir, de asistencia puntual por donde se filtran los buenos usos de la jornada. Y esos tipos van llegando, mierda.
Un leve lamento brilla sobre la cruz del Sur. Se acrecienta, se hace rueda que gira, braza que ensordece.

Tribus sobrevivientes se estrellan en las entrañas de esta Cruz. Buscando refugio, se cobijan en su oscuridad. ¿Les habremos de ofrendar nuestro pellejo? ¿alucinar de espejitos de colores?

Nutrido de esta lava que anochece nuestros días, un volcán se nos cae de los labios y nos amarra al desencuentro.

La mosca está en la sopa. Aceptémoslo.

Sentados a la mesa servida están nuestros héroes. Esos tres bombones que creen que arman un gran cacao. Esos que han ganado reputación gracias a los papeles duros y son muñecos vudú de esta sociedad- espectáculo.

Mientras tanto, lenta, muy lentamente, se les mete la muerte por donde los monos se meten la manzana.

Queridos amigos, la franela no es como la gamuza. Puede que algunas de estas noches no nos encontremos aquí ya. Puede ser cualquiera de nosotros el que se va al pasado. Allí, un chimpacé viejito atiza el fogón. Se llama Adán y es tan gran papito, es mono que ríe, despacito, en la oscuridad. Allí y para siempre, aprendimos que ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos.

Muy lentamente, amigos, la lengua se nos traba, se nos congela la mueca, nuevos rostros van surgiendo ametrallados, cachetadas los encienden. Hogueras de alcohol y humo.
El grito sagrado se te viene a incrustar en el asfalto. Oíd mortales. Vomitamos nuestra salud. La comedia ha vuelto a comenzar, mientras el mono se rasca la cabeza en esta vieja bicicleta que apodamos ciudad. La libertad, vieja torcaza que nos impulsa al derrumbe, con su pico afilado.
Un nuevo grito nace ahogado. Nos agrieta este desierto. El tipito se lleva a la boca espejos deshilachados. Mastica vidrios. Trabaja y trabaja. Mastica y mastica. Una virgencita se posa en sus labios; danza con la fluidez de una mosca. El tipo acepta esa cereza cruel. Se nutre del licor que emanan sus heridas.
¡Libertad! La rueda de la fortuna ha vuelto a girar. Cojamos con nuestra suerte. Se agota la muy puta, se adelgaza, se convierte en condena. Solo espasmos de futuro al acecho. Rabioso y prometedor. El mismo perro que nos desvela con sus colmillos afilados.

Querido corderito…a partir de ahora perderás tu inocencia, pero no temas, la pérdida de la inocencia traerá belleza a tus ojos. Recién ahora podrás mirar la naturaleza con melancolía.

 

La escena destila los más variados licores, sabios callejones de sagrada herejía. Etílicos ríos donde transpira la más bendita de las aguas, abierta y desgarrada, sangrante promesa de placer. Vuelta a mojar tus labios en sus labios, a derramarse el profano clavel, la suerte de la espina (las flores siguen cayendo, el vendaval de febrero ha amontonado los versos, con hojas que se tiemblan, remos del todavía, cablerío de nuestras venas abriéndose al desamparo de la cordura).
El reino de la fogata golpea la puerta, aprieta la copa de vicios donde se sonríen las perdidas almas. Nigromantes callejones encienden la hechicería y se descubren sus miradas, cae el telón. La luz ilumina esta noche de lobos, gemidos que se apuestan la dicha en las veredas.

Vos, corderito, multiplicaste la crueldad durante milenios. No tuviste compasión. No hiciste uso del movimiento del alma que nos hace sensibles al mal que padecen los demás.

Unas tremendas manos vacías van descubriendo lo que queda por fuera del espacio. Y un alarido ronco patina en la avenida. Con miedo a desbarrancar, sabiendo que la calle se hace angosta, se encoge, se choca, como nuestras vidas.
El hilo de la noche se nos pierde en las mejillas, unos músculos de lata aprietan nuestro pecho, hasta vaciarlo de promesas (se descosen a besos por las calles hasta atar el torbellino, una brisa de Aire en la ventana).
La autopista del Sur suelta un trueno que sacude esta ruleta de negro al colorado. Ruta que nos conduce y bebemos hasta llenarnos de sobriedad.
Este lobo hechicero que soy, subirá al cielo consumido por tus palabras. Te dejaré las sobras, y aunque es verdad que hay un mundo en ellas, ascenderé con la esperanza de que no te pruebes la piel que yo gasté. Porque…querido corderito… ¡aquí es el más allá!

Nadies caminan por las espaldas de cristal que reflejan este río de cemento. De almas vagabundas. Se retuercen,  se cuelgan, se adaptan al fluir, preñadas de silencio. Siempre más allá, se agita nuestro acá más cercano, donde Julio recuesta su siesta de futuro y Paco cabalga hacia las horas idas.
Preguntas al acecho que nos devuelven nuestras voces ajadas. Empedrados de este reino que revienta el llanto de tanta risa, silueta de la rabia, tanta cosquilla en nuestras narices resfriadas

–la niña se desviste de muerte, jocosa nos tiende nuevas pieles
-caminaremos nuestros hogares algún día.
-Nos coseremos sonrisas en la boca

-Y vendrán las noches sonando sus cascabeles
-recuéstate, aún es hora de olvidar estos minutos de mujeres que aparcan su cuerpo en las esquinas
-el niño perfuma la luna de morena mirada
-fulgor de los que no duermen
-Sin embargo, vendrán, sorteando las migajas de este cielo

Publicado el 20 Junio de 2008
Comentarios

Patricio Rey: OLOR A LEYENDA VA A TENER

Escrito por motor_alma_y_sangre | 22/7/2010 a las 10:31



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